jueves, marzo 16, 2017

Miguel Hernández-Josefina Manresa



Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.




El poeta Miguel Hernández había nacido en Orihuela y apenas pasó tres meses en Jaén, en 1937, destinado al frente como comisario de Cultura para dirigir el periódico Altavoz. Se hospedó en una calle de la capital, junto a Josefina, conocida como Llana, en una casa del marqués de Villalta y luego de Blancohermoso. “Una casa inmensa con un primoroso patio acristalado, majestuosa escalera ennoblecida por la cruz procesional de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que allí se guardaba durante el año, y un delicioso jardín aterrazado que volcaba sobre las calles linderas una catarata de rosas de pitiminí”. Así la describe, en “El viejo Jaén”, Manuel López Pérez. Precisamente justo enfrente de otra donde unos quince años después irían mis abuelos a vivir.



Por su parte, Josefina Manresa, la mujer, nació en Quesada, donde permaneció hasta los once años y sólo volvió a visitar su pueblo en 1964, gracias al alcalde y otros señores que procuraron el viaje. Josefina, en sus memorias, se lamentaba de no haber visitado Quesada cuando Miguel y ella estuvieron en Jaén, por la lejanía del pueblo de la capital.

Quesada en un hermoso pueblo. Parte de su término forma parte del Parque Natural de la Sierra de Cazorla, Segura y Las Villas, y en él tiene su nacimiento el río Guadalquivir. Cuevas con arte rupestre, restos de la edad del bronce y de la época romana, y su rica gastronomía, hacen de este lugar un pequeño paraíso natural donde se enseñorean los olivos, como en toda la provincia.



Pese al corto espacio de tiempo que el matrimonio Hernández-Manresa permaneció en Jaén, a él, grandísimo poeta, le dio tiempo para componer “Aceituneros”, convertido en himno de la provincia desde 2012. Debió quedar profundamente impresionado cuando vio los campos plenos de olivos. Le dio tiempo también para acudir por las tardes hasta Jabalcuz y bañarse en las termas.
A partir del año 1942, cuando muere Miguel sin haber cumplido los 32 años, en el hospital penitenciario de Alicante, la vida de Josefina Manresa no iba a ser un camino de rosas, como se ha recogido en todas las publicaciones sobre ellos. A su padre, guardia civil, le habían matado unos milicianos cuando salía del cuartel. Su madre murió a edad temprana y ella se hizo cargo de los hermanos pequeños. Trabajó como modista durante toda su vida y creo recordar haber leído hace ya años, que el Ayuntamiento de Alicante, o Elche, le había concedido un puesto en el mercado municipal para la venta de fruta y verdura.




Además de ver morir, con un año, a su primer hijo mientras su marido estaba en las cárceles franquistas y después a su marido, hubo de pasar por el trance de ver fallecer a su único hijo tres años antes de su propia muerte. Como escribiera Miguel Hernández sobre él mismo, también Josefina había nacido para el luto y el dolor. Pese a ello, y al menos hasta el fallecimiento en 1984 de su hijo, Josefina reía recordando su vida, como puede verse en una corta entrevista publicada en las redes. En ella se puede apreciar que, como dejaría escrito Hernández, “te me mueres de casta y de sencilla”.

En 1986, Josefina Manresa cedió el legado de su marido, que guardaba en un baúl heredado de su madre, al Ayuntamiento de Elche a cambio de que éste se hiciera cargo de los estudios de sus nietos y una pensión de 50.000 pts. mensuales para ella que disfrutaría poco tiempo ya que, unos meses después, fallecería a causa de un cáncer.
+
Cuando la familia de Miguel Hernández, nuera y dos nietos, cedieron el legado a la Diputación Provincial de Jaén, para su posterior ubicación en Quesada, al no llegar a acuerdos con algunos pueblos de Alicante, muchos pusieron el grito en el cielo por los tres millones de euros (de los cuales buen bocado se llevaría Hacienda) pagados a la familia. Todavía no era el momento, para ellos, de que la familia de Miguel y Josefina accediera a un bienestar ganado con la vida y el sufrimiento por el poeta, y con el sufrimiento por su mujer.



Hoy me siento orgullosa y emocionada de que ese legado esté en mi tierra. De que la Diputación de Jaén haya construido, en un anexo al museo del pintor Rafael Zabaleta, un hermoso espacio donde pueden contemplarse manuscritos, cartas, dibujos, fotografías y hasta la maleta con la que el poeta hizo el primer viaje a Madrid, la máquina de escribir donde enseñó a Josefina, el carrito de juguete que hizo en la cárcel para su hijo, y hasta la lechera en la que le llevaban alimentos a la prisión. Un espacio donde puede escucharse el himno de Jaén, “Aceituneros”, cantando por distintos intérpretes. Además de la digitalización de su legado, llevado a cabo por la Diputación de Jaén, cinco mil seiscientos registros.






domingo, marzo 12, 2017

Hacia la memoria



En una bifurcación una señal de color rosa fucsia indica dos direcciones: Poblado de Santa Cristina una, Castillo Otíñar otra. La del poblado, al que no se podrá acceder algo más arriba, muestra las siluetas de la torre de una iglesia y de algunos edificios. Se trata de una señal estándar que no debe llevar a confusión. Nada ha resistido a la piqueta demoledora salvo unos cuantos cascotes, casi todos de la casa de los señores, los amos, tal vez por aquello del respeto.

Se trataba de disfrutar la excursión, de situar la vida de nuestros mayores en el lugar que se produjo, por lo que obviaré, de momento, la frustración que supone el lugar arrasado. Y esa salida comenzó con un café en el Puente de la Sierra en compañía de Juan Carlos, Mari, Félix, Conchi y yo, descendientes de otiñeros, unidos por parentescos lejanos y por afectos recientes. Traté de convertirme en mi madre, en mis abuelos, en la bisabuela Juliana, la cosaria, quien, con su borriquillo, recorría el camino de Otíñar a Jaén portando encargos. Pero mis ojos veían parajes impresionantes, que ya había visto en otra ocasión con Leonor, mi hija, aunque entonces, al no ser nombrados sólo podían ser recordados en su totalidad, como un conjunto. Ahora nos los iban describiendo: “El Vítor”, “El Calar del Vítor”, “La Bríncola”, “Peñón Colorao”, “Collado de los Bastianes”, “Pico del Fraile”, “Las Alcandoras”, “La Bríncola”, “Las vegas bajas”... Los nombres me sonaban a madre, a partir de ese día podré distinguirlos.



El camino, bordeado de una vegetación que en marzo ya florece, mezcla de exuberancia andaluza y hondura serrana, nos iba mostrando el torvizcón o torovico para la construcción de chozas, oxicedros para la techumbre de las casas, ailagas o ginesta, espárragos silvestres..., todo nos lo iba descubriendo Juan Carlos. Pisábamos sobre los cascotes de las pobres casas derruidas, triturados para hacer camino.



Cuando la majestad del paisaje dejó paso al entorno familiar, recordé a la abuela Juliana y sus numerosos hijos, tíos-abuelos nuestros, a la abuela Carmencica la Requena y su hija, la abuela Rafaela, y las ramas de pobladores que hace dos siglos se instalaron en aquel espacio magnífico que tal vez tardarían años en poder abarcar. Y allí, los cinco, chocamos con la realidad de un cartel donde se leía “Prohibido el paso”, o algo similar. Juan Carlos, Mari y Félix ya lo conocían, Conchi y yo, no, aunque me sonaba de aquel viaje diez años atrás. Algunos se volvieron pero yo quería seguir y seguí. No fue un acto de rebeldía, lo fue de querencia, de necesidad de acercarme a aquellas piedras, a aquellas paredes, pocas, que ha dejado la piqueta, en su inmisericorde intento de borrar cualquier huella de ocupación humana reciente. Sentí que también me pertenecían, no materialmente, pero sí por un sentimiento que va mucho más allá de los intereses materiales. Porque allí, en algún lugar, entre las piedras caídas, fui concebida, y porque todo aquello formó parte a lo largo de mi vida de las conversaciones con mi madre, del imaginario familiar que va desde el café de puchero de las bisabuelas, hasta los albérchigos de las huertas recogidos del mismo árbol que unos días después se cogerían los que se llevaban a la casa de la calle de la Espiga, como primicias, a los “amos”.



Después, dejé mis sentimientos entre aquellas ruinas, que ya junto con los de mis antepasados, formarán un todo para que algún día mis hijos y mis nietos recuerden que su madre y abuela también, además de ser concebida, forma parte de lo que por entonces será sólo solar, como diría Quevedo, polvo, mas polvo enamorado. Salimos hacia el Covarrón, impresionante pared rocosa por donde el agua cae y mancha, dejando en ella las impurezas, si las hubiera, y pasa a formar arroyo y cazoletas donde las otiñeras acudían a lavar, a dejar la ropa más blanca que la nieve, con el jabón hecho en casa, el sol y el azulete. 

 

Fue en el cementerio, pequeño, donde la rabia y la frustración casi me ahogaban. No soy creyente, pero sí que, con seguridad, lo serían la mayoría de los otiñeros. Borrar también la memoria de los huesos que yacían allí, es algo ruin y miserable. No sé quién o quiénes han sido los culpables, pero cuando en media España se lucha por abrir las fosas de la Guerra Civil y darles sepultura digna, un espacio donde los familiares puedan llevar unas flores o una lágrima, en el cementerio de Otiña, donde yacían varias generaciones, los hacen desaparecer. Sería tan delito lo uno como lo otro, si en algún momento se llegara a saber el nombre o los nombres de los malnacidos que han cometido ese crimen. Se alzaban unas cruces, humildes, me contaba la madre, tampoco están. Los enterramientos de los señores sí los han conservado. Han convertido el pequeño cementerio en un mausoleo particular. Ni los huesos de los colonos deben estar cerca de los de los señores. Miseria espiritual. Alguien, en un rincón, depositó la urna con cenizas y la rodeó de flores, fue en el 2007. Sintió que a sus restos les correspondía también ese espacio.

Siguió la excursión, hasta el abrigo del Toril, pero el volver a recordar el expolio del cementerio, me ha dejado sin palabras. Otra vez será.

domingo, febrero 12, 2017

Alejandro Muñoz Fernández



Cuesta escribir esto. Siento mucho tener que escribir que Alejandro Muñoz, el buen trashumante, el buen amigo, ya no está entre nosotros. Para mí, Oncala no será el mismo pueblo sin él. Cuando Leonor y yo nos propusimos escribir “La vida entre veredas” quisimos, además de homenajear a los trashumantes, enlazar Oncala con Jaén, mi lugar de nacimiento. Alejandro había hecho alguna vez ese trayecto, concretamente al cortijo Ateril de los cuernos, en Navas de San Juan, en el camino de Sierra Morena. Ahora mismo acabo de entrar en una página web que muestra una foto del cortijo. Hacen referencia a un ejemplar de la novela que Leonor y yo enviamos a Navas de San Juan y por una fracción de segundo, sin darme cuenta del porqué miraba esa página, he pensado, la imprimiré y se la llevaré a Alejandro.

Alejandro fue durante años trashumante, hijo de trashumante, y para aquellos que no les conocen, puedo decir que la mayoría de ellos son personas especiales y entre ellos, Alejandro, especial por excelencia. Se han forjado en ese ir y venir por cañadas, cordeles y veredas, portando la responsabilidad de cientos de cabezas de merinas, vidas en definitiva, su patrimonio andante. Están acostumbrados a ayudar y a ser ayudados, ese toma y daca que imprime el carácter de la generosidad de por vida. Así era Alejandro, generoso como María Jesús, su mujer, sufridora por las largas ausencias y después feliz, entre Oncala y Soria, con Alejandro a su lado.

Le recuerdo cuando presentamos la novela en Oncala. No la había leído y al hojearla se mostró muy contento por el nombre del protagonista, que no era otro que él mismo, aunque lo hubiéramos escondido tras el nombre de Pedro. Le gustó, porque era el nombre de su padre, de un hermano, de un sobrino... Todos los oncaleses se volcaron en la presentación, cocinaron migas, Alejandro el primero, pero también Fidel, Martín, todos. Hijos y nietos de trashumantes, y aunque ellos ya no lo sean, están impregnados de aquello que sus antepasados le transmitieron. Dureza y aventura. Dureza y responsabilidad.

Le recuerdo todas las veces que subíamos a Oncala, colaborando para que la llegada del rebaño, esa escenificación anual, fuera igual que cuando de verdad bajaban por las cañadas, o en tren desde San Francisco o el Cañuelo más tarde. Incansable, reviviendo todo aquello con ilusión. Y a María Jesús, embutiendo chorizos como hacía mientras Alejandro pasaba el invierno en el Sur.

Me parece que fue el año pasado cuando Alejandro y María Jesús hicieron un viaje a Extremadura, donde él había ido con sus ovejas durante muchos años. Me contaba ella que él reconocía todos los parajes, las tierras, las dehesas, el nombre, la extensión, la propiedad. Fue el último viaje, antes del definitivo, ese que todos hemos de recorrer.

Despedimos a Alejandro en Oncala, entre flores, niebla y nieve propias de febrero. Pese a ello, la hermosa iglesia de San Millán no pudo albergar a toda la buena gente de Tierras Altas que acudió a darle el último adiós. Llegaron desde Soria, de los pueblos de alrededor, todos conocían a Alejandro, todos se conocen entre ellos, como una gran familia. Los herederos de los caballeros trashumantes.

Ahora se abre un largo camino ante María Jesús, Pili, José Alejandro y Marta, es como una vereda llena de recuerdos que transmitirán al pequeño Rodrigo, el único nieto del matrimonio.

viernes, enero 06, 2017

Los signos del tiempo. El Abrigo del Toril


Una siempre ha pensado en la aldea de sus antepasados como ese espacio donde, de abuelos para atrás, los hombres cultivaban la tierra, las mujeres lavaban en la fuente del Covarrón y mantenían los huertos, y los muchachos dirigían los rebaños (grandes o pequeños) hacia los pastos. Nos habían contado, también, que los otiñeros llevaban a los amos las primicias que el buen valle producía tras largos meses de duro trabajo. Los diezmos, es de suponer, serían recibidos por la Iglesia, en este caso por el Sagrario, a donde pertenecía Otíñar. Esto me trae a la memoria un trabajo sobre el condado de Fernán Núñez y su vinculación con Soria. Eran señores, o tenían propiedades, en el hoy despoblado de Azapiedra, en la comarca de El Valle, famoso por su mantequilla, porque abundaba el ganado bovino. Pues hasta bien entrado el siglo XIX, las mujeres se desplazaban hasta la residencia de los condes, en Madrid, para llevarles “las natas” de la leche y, supongo, que también mantequilla. Cosas de la nobleza y la Edad Media que, en algunas comunidades, se ha alargado en el tiempo más de la cuenta.

Foto: Emilio Arroyo
 

Conforme me fui haciendo mayor, la nostalgia de la patria, que desde mi punto de vista no es otro lugar que la infancia, me hizo adentrarme algo más en la Otiña de los relatos de mi madre y llegué a soñar (literalmente) durante mucho tiempo con ese lugar y la visión que de él tenía, sólo desde el Vítor. Hasta que fui, como ya relaté hace años, salté el cordón higiénico en forma de alambre, paseé la vista, la detuve, y comprendí que todo aquello era mucho más de lo que mi madre me contaba. Ella se quedaba en la tienda-bar del tío Juan el Cojo, en la panadería de otras tías abuelas, en los albérchigos (como los que un buen día recibí del huerto de Juan Carlos Roldán), y poco más. En los años que existió la aldea del siglo XIX, los otiñeros estaban ocupados en sus propias vidas y, aquello que hoy despierta la atención, era visto por ellos como las sierras escarpadas, los manantiales, los bosques y las cuevas que les servían para tener agua, leña, pasto y cobijo para los animales.

Gracias a la Plataforma por Otíñar y su Entorno y, de nuevo, a Juan Carlos Roldán, me he ido adentrando en ese espacio, hoy Zona Patrimonial de Andalucía. Me ha remitido un enlace sobre una mesa redonda titulada “Los signos del tiempo”, interpretación y observación de los petroglifos de la Cueva del Toril y su relación con el solsticio de invierno. Fue moderada por Marina Heredia, presidenta de Iniciativa para las Ideas. Está dentro de la Convocatoria de Proyectos Culturales, a petición, de nuevo, de Juan Carlos Roldán, y tuvo lugar en el vicerrectorado de la Universidad de Jaén, apoyado por la Diputación. Narciso Zafra de la Torre, arqueólogo y licenciado en Prehistoria, y Francisco Gómez Cabeza, doctor en Arqueología, fueron los ponentes. Días después, el descubridor de los petroglifos, Manuel Serrano Araqui, arqueólogo y licenciado en Humanidades, sería quien dirigiría la excursión a la Cueva del Toril. Aunque, como apuntaría Francisco Gómez, ya en la década de los ochenta, el escritor jiennense de Arjona, Juan Eslava Galán, hizo unos primeros dibujos sobre los petroglifos del Toril.

Foto: Miguel Merino Laguna


El caso es que, la cueva o abrigo del Toril, situada en un cauce seco, podría ser un calendario solar único en el mundo, o único conocido hasta la fecha, con más de cuatro mil años de antigüedad. Se hace necesario, como apuntó Francisco Gómez, un estudio arqueológico.

Habitación desde el Neolítico, dolmen, poblado del cobre, villa romana, castillo, población medieval, aldea del siglo XIX..., y ahora calendario solar único. Como se ha comprobado en los últimos años, todas las instituciones, la Plataforma por Otíñar y su entorno, y particulares, reman en la misma dirección, algo poco frecuente. Y me parece que, si se lo proponen, van a conseguir, si quieren, que Otíñar y todo lo que lo rodea sea declarado Patrimonio de la Humanidad. Pocas zonas tienen tantos méritos.

























sábado, diciembre 24, 2016

“El problema de la despoblación no es de dinero”

Manzanares

“El problema de la despoblación no es de dinero”, y continúa “... si no de cómo se invierte ese dinero”. Son palabras dichas en una rueda de prensa por Miguel Martínez Tomey, y hace mucho tiempo que no escuchaba algo tan sensato. Y me quedo sólo con la primera parte, no es problema de dinero. Efectivamente.

Uno de los principales problemas para poder hacer frente a la despoblación es la escasa población. Podría parecer una perogrullada, pero quiero decir que es una buena parte de esa escasa población la que pone palos en las ruedas. Desde Soria capital, donde residen la mayor parte de todos los sorianos de la provincia, al menos nueve meses al año, el problema no se percibe en su justa dimensión. Desde los despachos, tampoco. Es necesario recorrerse los más de diez mil kilómetros cuadrados, salpicados de caseríos arracimados alrededor de las iglesias; adivinar los caminos cubiertos de maleza que se dirigían hacia decenas de pueblos que ya no lo son; y, sobre todo, es necesario palpar el sentir de las personas que todavía resisten. Porque, no nos engañemos, son los dueños de las tierras, de las casas y de las ruinas, quienes tienen en sus manos el solucionar el tema de la despoblación, al menos en la mayor proporción. El no considerarlo así es engañarse.

Verguizas

Resiste un sector, el más anciano, que ya le da un poco igual todo. Es, en la provincia, muy numeroso. Han cumplido con la vida y sólo quieren paz, tranquilidad, sol y, en su defecto, lumbre, aunque pueblen las residencias de ancianos. La hacienda, grande, mediana o pequeña (“...dueño de mediana hacienda, que en otras tierras se dice bienestar y aquí, opulencia...”) ya la han repartido entre los hijos, y ellos, los ancianos, pueblan las residencias.

Otro sector, el mayor, lo componen los hijos de los anteriores, sesentones o setentones, quienes tienen la sartén por el mango. En esa sartén caben las tierras, el monte, el derecho a la caza, el ganado, las tainas y las parideras, la vivienda familiar, en algunos casos los pisos en la capital, las casas arruinadas heredadas de abuelos o bisabuelos. Salvo las tierras, la casa familiar y los pisos en la capital, lo demás tiene poco valor, pero en muchos casos viven con la creencia de que el valor es muy superior. Muchas de las personas de este grupo tienen un pensamiento fijo (lo he escuchado más de una vez): cuántos menos seamos a más tocamos.


La Cuesta

Con este panorama, todos aquellos que desde los despachos se rompen la cabeza buscando soluciones, lo tienen muy difícil. He leído en esas mismas declaraciones que hay que dotar al medio rural de servicios, colegios, líneas de banda ancha, y buenas comunicaciones. Algo que hasta el día de hoy se sigue destruyendo, precisamente.

Les diría que intenten comprar una casa medio en ruinas en cualquier pueblo semi- deshabitado, a ver si cualquiera puede pagar lo que el vendedor solicita, y no lo que realmente vale. Les diría que se instalen sin practicar aquello de “allá donde fueres haz lo que vieres”, que, aunque sabio, no deja de ser un chantaje. Les diría que intenten instalarse con un rebaño de ovejas, por ejemplo, y solicitar ayudas. O hacer mermeladas caseras, y le dirán que los frutos silvestres son para los animales salvajes. O...

Esto, desde mi punto de vista, quiere decir que sin generosidad no hay solución. Tampoco la hay sin escuchar las ideas, por peregrinas que nos parezcan, de los pocos jóvenes que todavía residen en Soria, evitar que se contaminen del grupo de los que frenan las ruedas, y darles, directamente, el timón. Ellos son el presente y el futuro. Es necesario que ellos, los jóvenes con ideas, den un golpe de mano y hagan huir al grupo que se encuentra tan a gusto con poca población, por que les toca a más. Ya sabrán los jóvenes buscar apoyos y consejos en quienes quieran que Soria tenga futuro aunque toquemos a menos.

Cañicera

+Sin generosidad por parte de todos, poco efecto va a tener el dinero que llegue. Más rendimiento tendría si contrataran a sicólogos, sociólogos, antropólogos, y todas las disciplinas relacionadas con la conducta humana, para ver de modificar la de varias generaciones y tratar de meterles en la mollera que se el más rico del cementerio tiene muy poco encanto.

miércoles, octubre 26, 2016

Agost y Macorina

El matrimonio Castelló, Mary y Manuel

Con motivo del estreno de la obra de Manuel Castelló, Macorina (La Virgen de la Sierra), me desplacé a Agost (Alicante), a casa del matrimonio Castelló, para poder asistir al evento el sábado, 23 de octubre, en Alicante, comentado en la web www.soria-goig.com

En mi blog personal quiero escribir aquello que no parece muy ortodoxo hacer en una crónica más o menos encorsetada. Y lo primero es dar las gracias a todos los alicantinos que han hecho posible que un modesto, pequeño e intimista relato mío haya llegado a sus oídos convertido en una suite sinfónica, y ha llegado porque más de mil personas acudieron a escucharlo. Me viene a la memoria aquel poema de Lope de Vega que comenzaba “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?”





 Las cúpulas de la Iglesia de Agosto y abajo el altar de la Virgen de la Paz


En primer lugar dar las gracias al maestro Castelló, compositor y querido amigo, por haber trabajado en ese texto durante tantas horas hasta llegar a convertirlo en algo suyo, que ya lo es. Desde luego a esa joven y espléndida soprano, Teresa Albero, y a la Voz, Ángel Luis Prieto de Paula, que leyó Macorina como si él mismo la hubiera parido. Por supuesto, al director de todo esto, José Manuel Castelló Sánchez. Y a Mary, “la condesa”, como la llama José del Campo, por su apellido, que es Gómara, soriana de Salduero, mujer de Manuel Castelló, que me ofreció, y yo acepté, su casa.

 Manuel Castelló en el Canalís

Alicante era una de las cuatro capitales de provincia que no conocía. La magnífica luz del Mediterráneo me cautivó, como sucede en otros lugares donde la misma luz, el mismo brillo, el mismo mar hace lo propio con ellas: embellecerlas. Bajo esa luz, bajo ese calor, se estrenó Macorina. La pobre, que nunca había visto el mar y soñaba con el de Finisterre, se hubiera sentido allí, no sé, tal vez poderosa, o tal vez, fuera de su Sierra, pequeña. Me inclino por lo segundo.

 Desde el Canalís

El viaje a Alicante, más concretamente a Agost, fue mucho más que el estreno de Macorina, con ser éste el motivo. Por ejemplo, la comida comunitaria por invitación de Manuel y José Castelló, donde (hay que darle el toque gastronómico) degustamos exquisiteces como un contundente arroz agostense con conejo, por ejemplo. Se prolongó hasta las siete de la tarde, y en ella estábamos todos los protagonistas de esa Macorina ya más alicantina que serrana. Hay que decir que los Castelló son, casi todos, músicos. En Agost todo el mundo está loco por la música. 


 Manuel Castelló y sus uvas del Canalís

Visité la zona antigua, morisca, el carrer Cantereríes, donde en muchas casas, hoy muy deterioradas, se ubicaban alfarerías. En la fachada de ellas se lee quienes fueron los alfareros que dieron vida a este pueblo mediterráneo. Desde la parte alta del pueblo, donde la ermita recién restaurada tal vez fuera mezquita, se ven las cúpulas de la iglesia, que da cobijo a la venerada Virgen de la Paz. De la tradición principal de Agost queda el alfar de Emili Boix y su mujer, Empar. El alfarero antropólogo trabaja la arcilla cual dios mitológico y graba los platos como los sumerios las tablillas cuneiformes.

 Emili Boix en su alfar de Agost

Faltaba el Canalís, “el campo” de Manuel. Un mas entre la rambla de la Zarza y la del Fontanar, rodeado de sierras: Maigmó, del Caballo, del Cid, de la Venta, Grossa, els Castellans, de los Moros, Ventós y, al fondo, el Mediterráneo. Un maravilloso espacio sembrado y trabajado por las mismas manos que trabajan y organizan los acordes. De allí salen membrillos, manzanas, granadas, uvas, aceitunas, hierbas de toda clase y aroma, hortalizas, en fin, un pequeño paraíso.

Todo Agost, todo Alicante, bulle de gente, de mar, de cálida temperatura, de calidez humana, de palmeras, de olor a especias. Han sido pocos días pero intensos, y volveré.











lunes, septiembre 26, 2016

Otíñar-Sarnago: dos ejemplos


Fotos: Félix Hidalgo


Son, a qué negarlo, mis dos lugares vitales, aunque no resida ni en ellos, ni demasiado cerca, especialmente de Otíñar. Es Otíñar, lo he dicho ya muchas veces, la aldea de mis antepasados. Llegaron como colonos a mediados del siglo XIX desde Almería. Tiempos difíciles -como casi todos para quienes sólo tienen donde caerse muertos- en los que era necesario buscar un trozo de tierra y un lugar cubierto. Fue de señorío cuando los señoríos ya habían desaparecido o estaban a punto de hacerlo.

Sarnago es otra historia. Fue de señorío, pero sólo le pagaban los impuestos y cuando desaparecieron pagaban a la Hacienda Pública. Ese era el único vínculo. Cuando voy a Sarnago, con frecuencia, subo el camino empinado pensando en Otíñar y lamentando lo alejada que aquella aldea está de mí. Quizá por eso me siento tan ligada a este pueblo de Soria, donde tan bien acogida soy entre los habitantes que se reúnen para hacerlo todo en común.

Otíñar y Sarnago están unidos por el esfuerzo, el trabajo y el entusiasmo. No hace muchos días leí una entrevista que le hacían a Sánchez Ferlosio en la que se lamentaba de que lo que primara fuera el ocio. Todo se programa para el ocio. Desde las instituciones y desde ámbitos privados. Y claro, lo que se publicita, aquello con lo que nos bombardean, es ocio y más ocio, a veces revestido de Cultura, sólo revestido. Un amigo mío muy querido, que está pero ya no está, también se lamentaba del poco esfuerzo exigido a niños y jóvenes, de los premios que les dan a cambio de nada. En Otíñar y Sarnago prima el esfuerzo. En el primero para recuperar una aldea, su entorno, sus caminos. En el segundo..., también, entre todos, con las manos juntas, como los castellers catalanes. La sustancial diferencia es que en Sarnago las casas, aunque algunas en ruinas, se conservan, en Otíñar cada cual sitúa el humilde hogar de sus antepasados tal y como la imaginación lo recuerda. Hasta eso les quitaron.


El sábado, 24 de septiembre, festividad de la Merced, la Plataforma por la recuperación de Otíñar celebró por segundo año consecutivo su verbena reivindicativa en el Puente de la Sierra, otro mítico lugar de Jaén, a medio camino entre la capital y la aldea. Allí se dieron cita los descendientes de las tres o cuatro ramas que llegaron desde Almería, Sur de Jaén y Granada a repoblar Otíñar, un lugar que combina huertas -como la de Juan Carlos Roldán y sus patatas azules-, olivares, agua, cuevas, pinturas rupestres, petroglifos..., todo ello amparado por el viejo castillo de Otíñar, que vigilaba el paso de la carretera vieja a Granada en época de las guerras entre la cruz y la media luna.

Pero, en contra de lo que pueda parecer en la convivencia de la Merced, todavía está casi todo por hacer. Toca seguir luchando casi con lo imposible: el abuso de quienes todavía se creen dueños y señores, si no ya de vidas, al menos de haciendas. Toca reponer, una y otra vez, las señales indicativas. Toca evitar que los caminos públicos se hoyen para plantar olivos y lo que siga viniendo. Sirven, pues, esas entrañables convivencias para, además de saludarse y reconocerse, tomar fuerzas para seguir luchando.

Felicidades otiñeros.

domingo, agosto 07, 2016

Criados cuesta arriba: Otíñar

Castillo de Otíñar. Foto Facebook

Juan Carlos Roldán, portavoz de la Plataforma “Por Otíñar y su entorno”, me telefoneó un día del comienzo de este caluroso verano, para recomendarme que viera tres reportajes sobre Otíñar. Se trata de “Criados cuesta arriba: Historia y vida de Otíñar, I-II-y III”. Los vi, los miré y los interioricé varias veces. Los de Otíñar y todos aquellos colgados en Youtube referentes a Jaén, a la tierra de mi infancia y mis mayores, esa que dicen es la auténtica patria de cada cual. Lugares todos que en mis doce años residiendo allí de manera continuada, recorrí una y otra vez, las casas donde viví, las de mis abuelos, mis tíos... En fin, un baño de recuerdos y también un mucho de nostalgia.

Volvamos a Otíñar. En algo más de setenta minutos que suman las tres partes, y a través de las personas que hablan, se puede conocer la historia reciente de ese lugar y también la pasada. Otíñar (rebautizada como Santa Cristina), se ubica en la Sierra Sur de Jaén. Llegó a tener 350 habitantes repartidos en casas y chozas. Es, en cuanto a paisaje, restos arqueológicos, naturaleza e historia medieval, un espacio idílico, y cuando estuvo habitado, una aldea donde, a decir de Juan Carlos Roldán, “no se pasaron necesidades”. Difícil hubiera sido lo contrario, teniendo a mano buena tierra y abundante agua.

Pero, tras la guerra civil (cuando había sido colectivizada esa tierra), se fue, poco a poco, expulsando a los arrendatarios, quitándoles los derechos de explotación y viviendas en un proceso que duró quince años. Empezó tras finalizar la guerra, cuando los amos reclaman los alquileres que, naturalmente, los habitantes no podían pagar. Otíñar pasa de colonia a latifundio y los colonos a jornaleros, sin otra vinculación ni posibilidad de reclamar su pasado y el de sus padres, abuelos y bisabuelos. Y, “valiéndose de las tretas de las que se valen los ricos”, los huertos se convierten en cultivo de alfalfa para una vaquería que instalan, y los otiñeros van yéndose a Jaén, en general al barrio de La Alcantarilla, es decir, los más cerca posible de la que había sido su tierra y su vida.

La aldea. Foto Facebook.

Aparecen nombres y fotos. En uno de esos otiñeros que hablan, Félix Hidalgo, creo reconocer al nieto de mi tío-abuelo Félix, hermano de mi abuela materna Rafaela Sutil Requena. Le conocí, al tío Félix, era el alcalde pedáneo de Otíñar, y a sus hijas, primas hermanas de mi madre. ¿Será hijo de Dulce, de Mercedes?

Y van apareciendo, de lo particular, datos universales. Juan Carlos Roldán habla de unos bandoleros de Sierra Morena, los Botija, de Torredelcampo, de quienes dice que el primer señor de Otíñar blanqueaba su dinero. Estoy a la espera de recibir una novela histórica sobre el tema que he pedido. Más suerte he tenido con “Viaje por las escuelas de Andalucía”, de Luis Bello, que también refiere Roldán en “Criados cuesta arriba”, y cuyo capítulo, dedicado a la aldea familiar, he leído varias veces.

Y escribo datos universales porque el periodista y pedagogo, además abogado en el bufete de José Canalejas, Luis Bello Trompeta ((Alba de Tormes, 1872-Madrid,1935), que recorrió España visitando las escuelas, estuvo también en Soria, y el soriano José Tudela de la Orden, desde las páginas del periódico La Voz de Soria, le dedicó sentidas y agradecidas palabras y apoyó el homenaje que el periódico El Sol iba a dedicarle. Tambíén Tudela le dedicó un artículo, publicado en La Voz el 30-10-1928, reproducido del periódico El Sol, con el título “Segoviela, un pueblo ejemplar”. Segoviela es una aldeíta de Soria, parecida a Otíñar, pero sin amo. Escribe Luis Bello de Otíñar:

“La maestra, en su capillita, nos enseña unos trabajos, unos cuadernos, unas labores... ¡Como en todas partes! Cantan las muchachas, alegremente, mientras lavan en el manantial del Covarrón, y su cántico nos suena a desafío, a burla y reclamo. Todo ello tiene gracia, simpatía. Otíñar sería como cualquier otra aldea, si no mandase en ella un dueño, un señor. No es concejo; es propiedad particular. Cuando los de Otíñar hablan de ese dueño, dicen: 'El amo'...”.

El largo artículo que Luis Bello publicó en El Sol, recibió un comentario del entonces 'amo' de Otíñar (mejor dicho, del marido de doña María, que era realmente la titular por herencia), José Rodríguez de Cueto. No le gustó que a Bello le disgustara lo del amo y respondía diciendo que su mayor logro sería propiciar “cuanta dicha me sea posible para aquel puñado de campesinos”, hasta que pocos años después la guerra y la lucha de esos campesinos por sus derechos vinieran a torcer los buenos deseos del amo, convirtiéndolos en pura venganza. Cosas de los ricos. 

 

Bello le responde que, en efecto, hay escuela y carretera (como escribía Rodríguez de Cueto), pero pagadas, ambas, por el Estado, y añade:
“La clase es pobre, poco más que un garaje. Sin buen deseo y sin hacerse cargo de la realidad no la autorizaría ningún inspector. Unas ventanitas muy altas están clavadas, y la ventilación se asegura por los cristales rotos. (…). Al propietario de hoy, bondadoso y patriarcal, sucederá mañana un loco, un usurero, un explotador”.

Ya estaba en estos artículos el germen de lo que sucedería nada menos que casi noventa años más tarde, cuando los otiñeros reclamaran caminos usurpados, aunque no puedan reclamar la propiedad de la escuela, por ejemplo, porque todo lo han arrasado.

Dentro de poco más de un mes, los otiñeros volverán a reunirse en el Puente de la Sierra para conmemorar a la patrona de Otíñar. Se trata del segundo encuentro, este año con la felicidad de haber conseguido lo que se propusieron, recuperar lo que todavía es recuperable de aquella aldea, poder acceder sin vallas, y recorrer un espacio que les pertenece.


Criados cuesta arriba: Historia y vida de Otíñar, I-II-y III
Onda Jaén RTV. Creación, dirección y montaje Rafael Rus. Infografía Manuel Escribano.
Producción SOMUCISA. Ondajaén.
Fotografías de Francisco Javier González Sánchez “Macario”, del Dr. Eduardo Arroyo (años 20) y otiñeros.
Intervienen: Juan Carlos Roldán (portavoz de la Plataforma “Por Otíñar y su entorno”); Félix Hidalgo; Pedro Pérez Morales; y Cándido Zafra.
Al principio de la tercera parte se ve una exposición fotográfica en el Museo Provincial, en 2016, junio. Fotos de Blas Prieto, Manuel Carrasco, Ángel Cabrera y Francisco J. González.



domingo, julio 24, 2016

¡¡Qué tristeza de izquierdas!!


Con la que está cayendo por el mundo, el teatro en el que actúan los políticos españoles tendría que tomarse como una ópera bufa. Pero con todo el respeto a las cientos de miles de personas que están sufriendo lo que difícilmente podremos imaginar por mucha empatía que tengamos (el que la tenga), con toda la pena por tantas muertes y tanto dolor, aquí y ahora, esa ópera bufa está impregnando tontamente nuestras conciencias, dejándonos incapaces para cualquier otra reivindicación que no sea la de reclamarles que hagan algo de una puñetera vez. Si no fuera por esa invalidez que provocan, es hasta bueno vivir sin el gobierno de estos incapaces, pero es peor el remedio que la enfermedad, puesto que estas comedias de Pergolesi ocupan más espacio en los medios, en todos los medios, que los consejos de ministros, las leyes que votan y revotan, para que muchas de ellas acaben muriendo sin haber empezado a cumplirse.

Dejó dicho el asesinado presidente de la Generalitat, Lluis Companys, que “lo malo de las izquierdas es que sólo estamos unidos mientras ustedes nos tienen en la cárcel”. Ustedes eran los fascistas rebeldes que le juzgaron o los nazis que le detuvieron en Francia, en fin, esa gentuza.

No será necesario que acudamos a los currículos de los señores diputados nacionales y demás, para saber que la mayoría de los miembros de partidos de derechas son abogados o economistas o abogados-economistas. Los de izquierdas, poetas, licenciados en Humanidades, y así. Eso quiere decir muchas cosas, pero a simple vista unas formaciones sirven para rozar la legalidad en asuntos de chanchullos y las otras para elevar el pensamiento, desmenuzarlo y analizarlo hasta la extenuación. Habrá que reconocer, desde un punto de vista pragmático, que la formación de los derechistas es mucho más eficaz a la hora de, monolíticos ellos, unidos por sentimientos que van más allá de la Poesía y la Literatura, llegar hacia donde quieren y hacerlo en auténtica manada.

Mientras las izquierdas, como ya apuntó Companys, se pierden en disquisiciones filosóficas, la derecha no tiene nada más que hacer que frotarse las manos y esperar. O sea, no es que Rajoy sea un político vago, es que está esperando que los otros se vayan tirando a la cabeza divagaciones, constituciones, separatismos, digresiones y demás, y ya, agotados, hagan lo que mejor saben hacer, mostrarse incapaces para llegar a acuerdos. Dicen que las matemáticas no mienten, y si se suman los votos de izquierdistas y gente que parece ser progresista, podría haber un gobierno de ese cariz. Pero no, la izquierda ha demostrado ser absolutamente ineficaz para llegar a acuerdos. Y en esa izquierda tengo en cuenta, naturalmente, a un partido que fue respetado durante muchos años, como el PSOE, y que ha llegado a día de hoy a una incapacidad nacional tal, que merece, o un cambio radical, o su desaparición. Dirigido por un Pedro Sánchez de metro noventa, sólo eso, sabedor de su altura, sin más carisma ni empatía que la otorgada por la vara de medir, que se pasea balanceándose como si fuera el rey del mambo, si nada lo cambia (y espero y deseo que sí), va a quedar como reducto de abuelos cebolletas tipo Felipe González, el rey de las puertas giratorias.

Haced el puñetero favor de uniros para que haya un gobierno de izquierdas. Utopía donde las haya, no hay que olvidar que hasta la guerra civil se perdió por esa incapacidad de las izquierdas para llegar a pactos y vencer a los otros. Ni en aquellos trágicos momentos que todavía colean, fueron capaces de ponerse de acuerdo. ¡¡Qué tristeza!!