jueves, agosto 10, 2017

Las “veladas” en Jaén


Recibo correos de Alfonso Infantes y de Carmen, unos mensajes que me transportan a mi tierra y que no referenciamos en la web por ser esta sólo sobre Soria. Como son quienes organizan los Encuentros en Urex, es entonces cuando podemos atender sus envíos. En marzo, cuando estuve en Jaén, fui una tarde a la calle Hurtado donde Carmen tenía una exposición de fotos que encontré cerrada, ya que se celebraba el Día de la Mujer y, naturalmente, se hallaban en la manifestación. Pero este es mi blog personal y en él me voy a referir al anuncio de una veladas que están celebrando en Jaén, donde nací y pasé mi infancia.

En Castilla existen -existieron- también este tipo de reuniones que llaman veladas, filandones o trasnochos, pero se daban en invierno, en las comarcas de El Valle o Tierras Altas, cuando los hombres bajaban a Extremadura, La Mancha o Andalucía en trashumancia. Esa costumbre se ha perdido porque casi no quedan ni vecinos ni ovejas merinas, y sólo los escritores los tenemos como referencia casi poética.

En Jaén, ciudad y provincia repleta de niños, hombres y mujeres de todas las edades, estas veladas veraniegas que organiza Jaén En Común me recuerda mi infancia, aunque poca relación tengan estas reuniones con aquellas otras familiares en las puertas de las casas, con las sillas de enea apoyadas en la pared, inclinadas, con las patas delanteras levantadas, a veces balanceándolas, manejadas con maestría para no acabar en el suelo. Se hablaba, como en los trasnochos, de acontecimientos cercanos, y aún en plena noche, era necesario seguir utilizando el abanico para soportar el calor. “No corre un pelo de aire”, decían. Recuerdo a una de mis abuelas, con un cestillo de jazmines en el suelo, armar moñas albas como luceros que una vez hechas, muy apretadas, colocaba en mi pelo. Pero ya desde pequeña me molestaba cualquier adorno y duraba poco en mi cabeza.

En Jaén, como en Córdoba y en Sevilla, se vivía de noche. Durante el día se vegetaba como se podía, cumpliendo con las obligaciones a golpe de botijo, o en el interior de la casa cerrada a cal y canto, oscura, para impedir la entrada del más mínimo rayo de sol o soplo de aire ardiente. Cincuenta o sesenta años atrás el aire acondicionado no se contemplaba. Otra manera de vivir la noche, además de las veladas, era acudir al cine de verano. Especialmente recuerdo el Rosales.

Jaén En Común utiliza también el cine, los documentales, para animar las reuniones. “La alegría que pasa” ha sido uno de los proyectados en la zona peatonal. Precisamente el director es Lorenzo Soler, valenciano de nacimiento, pero muy relacionado con Soria, donde pasa muchas temporadas en su casa del precioso pueblo medieval de Calatañazor. Ahora tenemos a Lorenzo entre nosotros y, con motivo de la Feria del Libro que se está celebrando estos días en la ciudad machadiana, ha presentado otro de sus documentales, “Max Aub”.

En fin, envidia que me dais, paisanos, de no poder acudir a esas veladas veraniegas que anunciáis con un montaje de playa y la hermosa catedral jiennense al fondo.








1 comentario:

Anónimo dijo...

Jaén y Soria tienen más en común de lo que, a primera vista, pudiera parecer. Antiguos cagarraches aparte, a Soria llegaron a mediados del pasado siglo bastantes familias de Jaén, sobre todo a las antiguas Explotaciones Forestales de Renfe. No eran muchos, pero se integraron muy bien en Soria y hoy son tan sorianos como el que más. Jaén y Soria comparten cierto olvido institucional nacional y autonómico -Sevilla y Valladolid- y sufren cierto injusto eclipse porque turísticamente "suenan" más Granada, Sevilla o Córdoba, por no hablar de Málaga, como Segovia y Ávila. Sin restar méritos a las citadas, de Jaén, como de Soria hay más de un "ni te lo imaginas": Úbeda, Baeza, el entorno de Sª Mágina, Baños de la Encina, Cazorla y sus pueblos serranos... por no citar el casco viejo de la capital. Y qué decir de Soria. Soria no sólo es la Laguna Negra, el Caón del Lobos o la Fuentona o Calatañazor. Soria es mucho más, como todos sabemos.