jueves, marzo 16, 2017

Miguel Hernández-Josefina Manresa



Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.




El poeta Miguel Hernández había nacido en Orihuela y apenas pasó tres meses en Jaén, en 1937, destinado al frente como comisario de Cultura para dirigir el periódico Altavoz. Se hospedó en una calle de la capital, junto a Josefina, conocida como Llana, en una casa del marqués de Villalta y luego de Blancohermoso. “Una casa inmensa con un primoroso patio acristalado, majestuosa escalera ennoblecida por la cruz procesional de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que allí se guardaba durante el año, y un delicioso jardín aterrazado que volcaba sobre las calles linderas una catarata de rosas de pitiminí”. Así la describe, en “El viejo Jaén”, Manuel López Pérez. Precisamente justo enfrente de otra donde unos quince años después irían mis abuelos a vivir.



Por su parte, Josefina Manresa, la mujer, nació en Quesada, donde permaneció hasta los once años y sólo volvió a visitar su pueblo en 1964, gracias al alcalde y otros señores que procuraron el viaje. Josefina, en sus memorias, se lamentaba de no haber visitado Quesada cuando Miguel y ella estuvieron en Jaén, por la lejanía del pueblo de la capital.

Quesada en un hermoso pueblo. Parte de su término forma parte del Parque Natural de la Sierra de Cazorla, Segura y Las Villas, y en él tiene su nacimiento el río Guadalquivir. Cuevas con arte rupestre, restos de la edad del bronce y de la época romana, y su rica gastronomía, hacen de este lugar un pequeño paraíso natural donde se enseñorean los olivos, como en toda la provincia.



Pese al corto espacio de tiempo que el matrimonio Hernández-Manresa permaneció en Jaén, a él, grandísimo poeta, le dio tiempo para componer “Aceituneros”, convertido en himno de la provincia desde 2012. Debió quedar profundamente impresionado cuando vio los campos plenos de olivos. Le dio tiempo también para acudir por las tardes hasta Jabalcuz y bañarse en las termas.
A partir del año 1942, cuando muere Miguel sin haber cumplido los 32 años, en el hospital penitenciario de Alicante, la vida de Josefina Manresa no iba a ser un camino de rosas, como se ha recogido en todas las publicaciones sobre ellos. A su padre, guardia civil, le habían matado unos milicianos cuando salía del cuartel. Su madre murió a edad temprana y ella se hizo cargo de los hermanos pequeños. Trabajó como modista durante toda su vida y creo recordar haber leído hace ya años, que el Ayuntamiento de Alicante, o Elche, le había concedido un puesto en el mercado municipal para la venta de fruta y verdura.




Además de ver morir, con un año, a su primer hijo mientras su marido estaba en las cárceles franquistas y después a su marido, hubo de pasar por el trance de ver fallecer a su único hijo tres años antes de su propia muerte. Como escribiera Miguel Hernández sobre él mismo, también Josefina había nacido para el luto y el dolor. Pese a ello, y al menos hasta el fallecimiento en 1984 de su hijo, Josefina reía recordando su vida, como puede verse en una corta entrevista publicada en las redes. En ella se puede apreciar que, como dejaría escrito Hernández, “te me mueres de casta y de sencilla”.

En 1986, Josefina Manresa cedió el legado de su marido, que guardaba en un baúl heredado de su madre, al Ayuntamiento de Elche a cambio de que éste se hiciera cargo de los estudios de sus nietos y una pensión de 50.000 pts. mensuales para ella que disfrutaría poco tiempo ya que, unos meses después, fallecería a causa de un cáncer.
+
Cuando la familia de Miguel Hernández, nuera y dos nietos, cedieron el legado a la Diputación Provincial de Jaén, para su posterior ubicación en Quesada, al no llegar a acuerdos con algunos pueblos de Alicante, muchos pusieron el grito en el cielo por los tres millones de euros (de los cuales buen bocado se llevaría Hacienda) pagados a la familia. Todavía no era el momento, para ellos, de que la familia de Miguel y Josefina accediera a un bienestar ganado con la vida y el sufrimiento por el poeta, y con el sufrimiento por su mujer.



Hoy me siento orgullosa y emocionada de que ese legado esté en mi tierra. De que la Diputación de Jaén haya construido, en un anexo al museo del pintor Rafael Zabaleta, un hermoso espacio donde pueden contemplarse manuscritos, cartas, dibujos, fotografías y hasta la maleta con la que el poeta hizo el primer viaje a Madrid, la máquina de escribir donde enseñó a Josefina, el carrito de juguete que hizo en la cárcel para su hijo, y hasta la lechera en la que le llevaban alimentos a la prisión. Un espacio donde puede escucharse el himno de Jaén, “Aceituneros”, cantando por distintos intérpretes. Además de la digitalización de su legado, llevado a cabo por la Diputación de Jaén, cinco mil seiscientos registros.






2 comentarios:

Anónimo dijo...

Poco que añadir a tan hermoso artículo. Lo de que "muchos pusieron el grito en el cielo" no me sorprende conociendo la catadura de alguna gente. Posiblemente la misma que ve herida su sensibilidad porque, aunque tardísimo, el ayuntamiento de Alicante decidió retirar de sus calles nombres que enaltecen lo que cualquier demócrata se sentiría avergonzado. Pero claro, recurre que algo queda, y se vuelven a retirar nombres tan provocadores como Nelson Mandela, Igualdad... porque hay que reponer el de quienes cualquier país se sentiría avergonzado. ¿Se imaginan esto en Alemania, por ej. : Avda del Führer, Avda de las SS, o de Himmler etc.? Paquillo Pajero.

Anónimo dijo...

Lo de Miguel Hernández y su relación con Alicante no debe extrañar cuando se lee su biografía. No deben de estar muy orgullosos de contar entre sus congéneres una persona de la catagoría del poeta. Desde que abandonó a la Iglesia y a sus revistas ultra católicas, se la juraron, aunque eso sucediera cuando tenía poco más de 20 años. En fin, España no sabe cuidar a sus intelectuales. Me alegro por la Diputación de Jaén y por Quesada. Soy de Úbeda, pero vivo en Barcelona. Gracias por el artículo.

Arturo Rebull