viernes, agosto 29, 2008

Médico de cabecera, médico de familia, médico rural

Hace ya algunos años, Diego Rafael Cano García, médico, escribió unas historias sobre su experiencia en el medio rural, se titulaba “Tierras de San Pedro”. Siempre que puedo menciono este libro porque me impresionó las peripecias que debían vivir los médicos rurales en zonas como la de San Pedro Manrique, con caminos por donde sólo podían transitar las mulas o caballos, alejados unos de otros, y con nevadas que borraban los caminos. Pero allí estaban ellos, abnegados y respetados como si de la primera autoridad de la provincia se tratara, obsequiados con algún humilde chorizo de la matanza, o una docena de huevos.

En familias más pudientes de los grandes pueblos o capitales, contaban con su médico de cabecera, respetado igualmente, que se desvelaba por sus pacientes, les visitaba a diario si la enfermedad revestía gravedad, siempre previo pago de su importe. Aunque como esto de la medicina tiene mucho de vocación, esos mismos médicos tal vez atendían también hospitales para pobres o a pacientes que no podían pagar los honorarios.

En la actualidad tenemos una sanidad pública, accesible a todos, y unos facultativos llamados médicos de familia. Quiero referirme especialmente a este último grupo y a Soria, y más concretamente al equipo humano que forman el doctor Javier Gancedo, la doctora Maribel Granado, la doctora Bona, y la ATS (me gusta más llamarla enfermera) Mónica. No sé –ni me importa- si tenían obligación de actuar como lo han hecho, el caso es que ellos han conseguido que nuestra madre muriera exactamente como ella quería: en casa y atendida por sus hijas. Puede parecer una cosa pueril, pero la dignidad de los últimos días de la vida de una persona, y el cumplir lo que esa persona deseaba ha sido, para mis hermanas y para mí, cuestión de conciencia y de amor.

El equipo humano del doctor Gancedo han pasado muchos ratos a la cabecera de su cama, la han visitado sin que se lo pidiéramos (y también cuando lo hacíamos), han procurado que no sufriera, le han dado ánimos y afecto, y ella, que confiaba ciegamente en el doctor Gancedo, se ha ido pensando que él le iba a traer de EE.UU. una medicina que combatiría eficazmente el virus que sospechaba tenía.

Muchas gracias.

4 comentarios:

Manuel de Soria dijo...

Tiene que reconfortar y producir un verdadero sentimiento de paz verse rodeada por los seres queridos en el duro trance de dejar este mundo. Sin duda, las hermanas Goig han dado muestras de su gran amor a su madre y han sabido estar a la altura de las circunstancias. Esto -lo de sentirse arropada por los hijos- no siempre es así, por desgracia, lo que hace más loable, si cabe, su gesto. Y es en los momentos difíciles donde se mide la calidad humana de las personas. Como amigo de Isabel, acompañé a su familia en la colegiata y el cementerio de Berlanga el sábado 19 de julio. Me impresionó la unión y la entereza que mostraron todos los miembros de esta estupenda familia, a algunos de los cuales no conocía anteriormente. Y qué decir de los médicos de cabecera o los rurales que cita Isabel. Profesión humana donde las haya la del médico, que no tendría razón de ser si no va acompañada de vocación y humanidad. Por cierto, este verano he sabido de la muerte de D.José Ignacio García Fernández, el compañero de D. Diego Rafael Cano García, autor de "Tierras de San Pedro", y compañero de fatigas -nunca mejor dicho- en los duros tiempos vividos en el norte de Soria. Descansen en paz quienes nos dejaron.

Germán Ortigosa dijo...

Buena persona tuvo que ser la que trajo al mundo tan buenos hijos. Y con la misma discreción que vivió, nos dejó.

Anónimo dijo...

Te acompaño en el sentimiento. La forma de morir de tu madre huiera sido imposile en Barcelona. Mi padre murió en el pasillo de urgencias de Bellvitge. Es lo ueno de las ciudades pequeñas.
Un arazo
Silvia

Anónimo dijo...

Teníais el mejor equipo de atención primaria de Soria. Todos son buenos, pero el de Gancedo es especial.

José A. G.