En mi particular imaginario juvenil, allá por el principio de los años ochenta, existían dos hechos que nunca imaginé –y casi todos los de mi generación tampoco- que pudieran darse en la historia. Uno de ellos, el que un negro, o mulato, llegara a ser presidente de los Estados Unidos. Por fortuna así ha sido, y hemos podido asistir al llanto del reverendo Jackson, recordando, supongo, a Luther King. El otro hecho, tan impensable como el de Obama, es que el Partido Socialista Obrero Español llegara a gobernar como una derecha, digamos, civilizada.
Recuerdo el año 1982 como un hito. Fue el delirio para muchos españoles. Después, poco a poco, sin prisa, pero sin pausa, el PSOE se fue reconvirtiendo como las empresas del INI. Cuando todos deseábamos que Felipe metiera mano a la Banca, él, caballero andaluz, nacionalizó las agua subterráneas, por poner un ejemplo.
Ya resultaba mosqueante que se afiliaran a él burgueses y burguesitos, cubiertos de pieles y con servicio en casa, pero, había dar el toque chic a eso del obrerismo, y se pasaba por alto. Llegó lo de la gente guapa en Marbella, con los ministros –Solchaga al frente- alternando en Puerto Banús, y bueno, pues otro toque distinguido, como lo de Boyer –en su particular vida- que cambió a una intelectual por un envoltorio bombonero. Cosas del poder y el dinero.
Luego fueron apareciendo temas más peliagudos. OTAN, de entrada no, OTAN sí. Lo del GAL. Lo de los fondos reservados. Yo misma les he disculpado siempre todo. Fue tanta la ilusión con Felipe González, que cuando apareció Rodríguez Zapatero en escena pensé que era una mezcla del primer Felipe y Guerra (único y supongo que callado por lealtad romántica y como tal decimonónica), que venía dispuesto a devolver al PSOE lo que el desgaste de poder le había ido arrebatando. Sin darme cuenta, que la sociedad había ido ¿evolucionando? a la vez que el partido, o al revés, y que este era el PSOE que una parte de esa sociedad, aprendices de burgueses, hipotecados de por vida, quiere, desea y vota, si no es que se derechiza aún más.
En 2008 aparece en la escena un hecho esperanzador, y además, a nivel mundial. Se vislumbra que el sistema capitalista podría estar amenazado de grave enfermedad. Que los conceptos de nuevo cuño de ese mundo reducidísimo, esos Ibex y similares que no entienden la mayoría de los ciudadanos, podrían pasar a mejor vida. Y el PSOE, que podría haber aprovechado la coyuntura para, si no volver a sus orígenes puros, sí dar una lección de un socialismo, digamos, a lo chino, mezclado con una economía de mercado, se comporta como un país grancapitalista, a lo Bush (a quien debe envidiar Zapatero por las caras que pone cuando se cruza con él, entre apocado y seductor) y le da el dinero a los bancos, al sistema financiero como lo llaman los políticos.
Hace tiempo que uno de mis argumentos para defender al PSOE era la falta de maniobra que en Europa podía tener el gobierno español. La crisis mundial ha descubierto que no es así. Cada cual ha reaccionado según lo que ha considerado más interesante para su país, incluso nacionalizando parte de la banca.
¿De dónde han salido los miles de millones que el gobierno español ha dado, o prestado (porque en todo esto hay un secretismo iniciático) a la banca? ¿Lo tenía el gobierno a plazo fijo, o debajo de un ladrillo? ¿Cómo es posible que un gobierno de un partido socialista y obrero tenga todo este dinero y se lo dé, al revés que Robin Hood, a los ricos?
Se leen en los periódicos de izquierdas –y de derechas- comentarios escandalizados sobre este tema. ¿Es demagogia decir, que si el gobierno podía disponer de este dinero hubiera podido emplearlo, por ejemplo, en construir viviendas asequibles incluso a pensionistas, con lo cual hubiera cumplido uno de los mandatos de la Constitución y hubiera creado empleo?
Esos miles de millones de euros que un gobierno socialista ha dado a las entidades financieras para sacarles del apuro y con la intención de que ellos abran un poco, sólo un poco, el cierre de préstamos ¿no hubiera sido más fácil que lo administraran por medio de sus ministerios, o de otros organismos? Por lo visto, nada tienen que decir los pequeños empresarios, los autónomos con dos o tres empleados. Eso hubiera sido repartir la riqueza, que esas pequeñas empresas pudieran salir adelante sin más pretensiones que mantener el empleo y llegar a fin de mes dignamente, sin caprichos de todoterrenos ni segundas residencias, casas en la costa, barcos, etcétera, ni siquiera, si necesario fuera, una vivienda propia. O formar cooperativas.
Hemos tenido muchos años de gobierno socialista. Todo han sido remiendos. Por ningún sitio se ha visto ideología. Ha mejorado el sistema sanitario porque no podía empeorar, por la propia inercia, por lo mismo que han subido las pensiones y los salarios. El gobierno socialista no ha acometido ninguna reforma de envergadura, todo han sido parches y remiendos. El capital campeaba, campea y campeará a sus anchas. Cada año que pasa hay más diferencia entre ricos y pobres. Podríamos pasear por las grandes ciudades y fotografiar escenas de tercer mundo en un país europeo y gobernado por socialistas.
También será demagogia escribir que millones de personas viven por debajo del umbral de la pobreza, mientras que el gobierno de la nación a la que pertenecen –o a la que han arribado- dispone de dinero para solucionar su problema, pero se lo han dado a los ricos.
Para que pobres, mendigos, chabolistas, viudas, pensionistas y demás ralea, se conformen, habrá que decirles, como siempre, que ya vendrán tiempos mejores, o que pueden solicitar una vivienda, que, a buen seguro, nunca conseguirán, porque, oh paradoja, no tienen nómina o la pensión es muy baja. Cuando la crisis acabe, ellos serán igual de pobres, y tendrán que ganarse la vida como siempre, vendiendo droga o cogiendo cartones. Y a los pequeñitos empresarios, a los autónomos, recordarles que, dentro de uno o dos años, los ricos serán, por lo menos, lo mismo de ricos, y ellos, tendrán más dificultades para salir adelante.
Más allá de la crisis general, de hace cuatro días, está, se impone, la gran decepción que ha supuesto para muchos españoles, la ausencia de la justicia social y de la otra también.
Con el dolor que produce abandonar una ilusión que comenzó hace veintiséis años, he de decir, Adiós, PSOE.
Siempre nos quedará la esperanza de la revolución pendiente.