Con motivo de los últimos acontecimientos internacionales, léase lo sucedido en Japón y lo por suceder en Libia –imprevisible- he vuelto a la nefasta costumbre de ver las noticias en televisión, aunque prometo que lo dejo ya.
Ayer una cadena abrió la emisión con los titulares propios, se detuvo un poco más en el de la muerte de seis miembros de la brigadas antiincendios en Teruel, pero rápidamente volvió a lo que les interesaba, con el tacto propio de un elefante en la cacharrería, dijo algo así como “vayamos a lo importante”, que en ese momento era esa guerra en la que nos han metido de nuevo, la de Libia. Supongo que las familias de los fallecidos estarán todavía acordándose de su madre, de la del presentador.
Para las televisiones lo que importa es la imagen, cuanto más escabrosa e impactante, mejor, aunque no aporten nada más que morbo. Y a muchos españolitos también, porque si no nos gustaran, las imágenes se las tendrían que guardar en la retaguardia. Eso de ver cómo caen los aviones incendiados, ver los heridos con la sangre fresca o las tripas fuera, les debe producir a algunos un placer que tal vez no sientan con otras actividades en principio más agradables.
Por eso, los herederos lorquianos que somos, no podemos entender la reacción de los japoneses, y hasta parece que nos fastidia verles comportarse con esa elegancia, esa espiritualidad y esa tranquilidad que les confiere la ausencia de una religión bárbara y sangrienta como el catolicismo, y no digamos la musulmana. Ese sincretismo, ese escoger lo mejor de cada religión, les han conferido, junto con su particular historia, una serenidad y un espíritu de superación de todas las desgracias, que en España, o se ve con envidia, o directamente no se ve.
Otro ejemplo del comportamiento de nuestros ínclitos medios de comunicación lo viví esta vez escuchando la radio hace unos días. Hablaban con un cónsul honorario de un pequeño país árabe, no recuerdo cuál, y el hombre, ante las preguntas alarmantes y alarmistas de los profesionales, respondió con un razonado “aquí no está pasando nada”, más o menos, tantas veces como los periodistas insistían. Cuando el hombre colgó el teléfono, le pusieron a caldo, lo más bonito fue, dicho con todo el desprecio posible, que “al fin y al cabo sólo es cónsul honorario, de esos que hay en algunas ciudades”. Querían carnaza.
Aquí somos muy de plañideras, de rasgarnos las vestiduras y el rostro, de bodas de sangre y de Bernarda Alba, con todos los respetos para mi querido paisano Lorca. Si no hay nada más que fijarse, ahora que llega la Semana Santa, en la imaginería, tortura y sangre en estado puro. En fin, lo que la naturaleza no da, la espiritualidad no presta.