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domingo, noviembre 25, 2007

Las pateras asesinas

Cuánto trabajo cuesta escribir de esto. El ser humano se acostumbra a todo, como decía Camus en su Calígula, lo triste, lo desesperante, es constatar que el dolor tampoco permanece, o algo así. Pero ¿hemos llegado a interiorizar la carga que cada patera lleva dentro? Una carga humana, la suma de setenta, ochenta o cien vidas, cada una de las cuales con su propia carga de dolor, de lucha, de miedo, de esperanza.

Qué desesperaciones inducen y conducen a esos seres humanos de piel negra y corazón rojo a lanzarse en la fragilidad de un bote al océano, durante días y noches negras, sólo al amparo de la intemperie, sabiendo, como saben, que muchos quedarán para siempre en el fondo de él. Qué tipo de hambrunas, de humillaciones hacen que imaginen la luz, la leche y la miel al final del tenebroso mar-tumba.

Y por qué ese coraje no es gratificado en un mundo con fronteras mezquinas, los propios límites del alma del hombre occidental, que durante siglos se dedicó a dejar el continente africano esquilmado de caucho, metales y fuerza humana, y que ahora le sobra de todo y se come a las cebras y acude a matarles los animales salvajes para colgar los trofeos en los salones inquietantes de sus mansiones horteras.

Que salgan los políticos de los países de origen, en compañía de los occidentales, los presidentes de grandes instituciones que se reúnen una vez al año previo pago de millonarias dietas, a bombo y platillo, los de las grandes palabras y cortos hechos, que se reúnan una noche y salgan en cayuco hacia la nada, con un trozo de tasajo, una manta y una garrafa de agua dulce, por compañeros alguna mujer embarazada, algún niño, hijo de ellos a poder ser. Que vean transcurrir los días y las noches rodeados de agua salada y vayan dejando caer al fondo los cadáveres de los que no resisten el hambre, la sed, el frío y el agotamiento. Un viaje de esos valdrá por toda una vida. Una experiencia semejante solucionaría el problema.

jueves, abril 26, 2007

Goreé, La isla de los esclavos (Senegal)

Patio de Gorée

Mi amigo, el pintor Jaime del Huerto, andariego como yo, me cuenta detalladamente sus viajes, de tal manera que me hago la ilusión de haber estado allí yo también. Ante la dificultad de poder hacerlo, resulta un agradable sucedáneo. Jaime cuenta muy bien.
Su última visita fue a Senegal. Desde allí me telefoneó tres veces, de tan emocionado como estaba, sobre todo cuando recaló en Gorée, La Isla de los Esclavos.
Los europeos primero, y sus alumnos respondones norteamericanos después, se han creído siempre el ombligo y los amos del mundo. Desde el llamado por algunos descubrimiento del nuevo mundo, por parte de los europeos, la mano de obra se hizo imprescindible, y les pareció muy bien buscarla en el África Negra. Así, de golpe, destrozaban dos continentes. La buscaron pactando acuerdos, monetarios, con algunas tribus para que secuestraran, a lazo como los animales, a negros más o menos fornidos, a sus propios compañeros de raza y penurias. Debe ser la condición humana.
El negocio, durante siglos, fue de los más lucrativos, como ahora el de la especulación urbanística. Los traficantes sentaron sus reales, las plazas fuertes, a lo largo de la costa africana, antes de embarcarlos para América. Los franceses, en 1683, dieron forma legal a este comercio, y fundaron la “Compañía de Senegal”, a fin de organizar el tráfico de esclavos.
Por la isla de Gorée pasaron portugueses, holandeses, ingleses y franceses. Todos querían hacerse con el control de tan suculento negocio, hasta que, en el XVIII, lo consiguió Francia. Nunca podrá Europa pagar el daño, moral y físico, infligido al continente africano. Tampoco deben tener sus dirigentes muchas ganas de hacerlo. Ellos no han sido, fueron sus antepasados, aunque algunos descendientes se sienten ahora en los tronos de sus países, como el rey de los belgas.
Algo han hecho para enjuagar sus conciencias. Por ejemplo, el rally París-Dakar. Por ejemplo, declarar la Isla de los Esclavos, en 1978, Patrimonio de la Humanidad. Y por fin, también, abrir las puertas del antiguo almacén de esclavos haciendo de ese horror terrible un museo.
En la actualidad, me contaba Jaime, la Isla de los Esclavos, o Gorée, es una pequeña ínsula a pocos kilómetros de Dakar, por donde no circulan coches, sus calles son de tierra, las puertas de las casas permanecen abiertas y delante de ellas, los artesanos ofrecen las piezas salidas de sus manos, ahora ya confiadas. Se habla francés (como en todo Senegal), se practica en general la religión musulmana, gozan de un suave clima oceánico, se come mucho pescado con arroz, y las mujeres, bellísimas como los hombres, visten trajes coloristas, preciosos, unos colores vivísimos, como si quisieran exorcizar el pasado terrible de sus bisabuelos.
Personas con conciencia, gentes que conocen ese pasado, apoyan con su presencia, o quieren compartir aquel dolor lejano con ellos, ser uno de ellos, maldecir con ellos a los blancos europeos que diezmaron el hermoso continente. Una de esas personas es Bob Dylan.
En Gorée todos saben cuánto lloró mientras cantaba, el de Minnesota, al conocer la muerte de su amiga, la princesa Diana de Gales. La solidaridad hace extraños compañeros de viaje. Salvo eso, que es muchísimo, nada más unía a dos seres tan distintos como Bob y Diana. Serían encuentros en actos solidarios, donde ambos se rascaban el bolsillo y el prestigio por los niños de Teresa de Calcuta, o por las minas personales, lo que trabó una profunda amistad entre los dos.
Cuando Dylan supo de la muerte de su amiga, se fue a la Isla de los Esclavos, a llorar, y no me extraña, no creo que exista en el mundo mejor sitio para llorar que ese. Se sabe en Gorée que, mientras enterraban a Diana, Bob Dylan, en la casa de la foto, tocaba su guitarra y su armónica, y cantaba buscando la respuesta en el viento. Pidiendo que le dijera que eso no es cierto, tell me that is isn’t true. Dime, debo saber, dime antes de que me vaya… Mientras, miraba el océano, donde irían a confundirse sus lágrimas y sus suspiros, como queriendo que con ellos el alma de su amiga comprendiera que, allí donde estuviera, él la acompañaba. Prometiéndole que la solidaridad a medias sería, desde ese momento, solidaridad en su memoria, en solitario, pero en su memoria.
Gorée Dylan