El presente es de todos y el futuro de los jóvenes, quienes, a su vez, tendrán que dejarlo a los de la siguiente generación. Parece que cuesta entender esta evidencia. La sociedad española de posguerra, levítica, miedosa, preocupada más por el vecino que por ellos mismos, no debe seguir sirviendo de ejemplo, y los jóvenes hacen muy bien en sacudírsela de encima cuanto antes. Esa sociedad, que en la actualidad puede establecerse con elementos entre los ochenta y los cincuenta años, ha sido, en general, el fruto de una España que comenzó con la masacre de la guerra y continuó con Franco y sus secuaces. Con una estética de procesiones, brazos incorruptos unos y en alto otros, palios cubriendo al dictador, películas con clasificación en las puertas de las iglesias, burgueses panzudos que rezaban el rosario por las tardes y acudía a los burdeles por las noches, y actos similares tan poco edificantes.
Unos luchaban y otros se dejaban vivir. Los que destacaron enfrentándose al régimen o a sus policías (que no siempre lo eran), no se les ocurre ahora preguntar qué quieren los jóvenes, ni cuestionarse el modelo con que cortan sus pelos, ni las tijeras con las que rompen sus pantalones. Los que se dejaban vivir ya es otro cantar. Querrían servir de modelo para toda la eternidad.
Ser joven en Castilla puede que sea más difícil que en otros lugares. La sociedad envejecida, los prejuicios, las convecciones sociales, suponen un obstáculo para seguir adelante con sus reivindicaciones. No se aburren los jóvenes. Conozco a muchos, hablo con ellos, les envidio, trabajan mucho y se responsabilizan de actividades y asociaciones. No siguen el ejemplo de las anteriores generaciones, porque no tienen modelos para esas reivindicaciones. Van más allá de las subvenciones y el precio de la remolacha. Miran más lejos, mucho más, de lo que miraban sus mayores.
Eso quieren los jóvenes, vivir su propia vida, tener derecho a que se les reconozca lo que reivindican, ser un grupo más dentro de la sociedad que les ha tocado vivir, y si pueden en algo aportar ideas que superen viejos conceptos y barran para siempre enquistados prejuicios, mejor que mejor. Forman parte de la sociedad, ese colectivo de jóvenes, millones, tienen el mismo derecho que otros colectivos.
El mundo es de ellos. Nosotros lo único que debemos procurar es dejárselo en las mejores condiciones posibles, porque estos jóvenes y los siguientes, y los otros, se van a encontrar con la tierra hecha una mierda, gracias a sus ancestros. A ver si nos enteramos de una vez que estamos de paso y que nada nos pertenece, todo lo más unos metros cuadrados colgados en la altura, que también acabará convertidos en escombros. Eso el que los tenga.