sábado, enero 17, 2009

No es esto, no es esto


Palabras de Ortega y Gasset (“¡No es esto, no es esto!”), refiriéndose al cariz que habían tomado los acontecimientos, una vez puesta en marcha la II República Española. A mí me apetece más utilizar la expresión para con el Estado de Israel.
Muchas personas de mi generación (y adyacentes), hemos sido a lo largo de nuestras vidas pro-judías. Esta querencia venía, sobre todo, del corazón, y después se fue afianzando en la razón. Venía del corazón por el genocidio cometido contra los judíos (entre otras religiones y etnias), por parte del Estado Alemán, con Hitler al frente.
Cuando tuve capacidad de raciocinio, mis lecturas fueron, en su mayoría, sobre los judíos. La expulsión de España –Sefarad-, los pogroms rusos de finales del XIX, la intelectualidad judía repartida por el mundo, el Juicio de Núremberg, y novelas y libros relacionados con el tema, aquella maravilla de Éxodo, cuya película protagonizó Paul Newman. Recuerdo que me sabía de memoria las votaciones en las Naciones Unidas, en 1947, y las negociaciones entre unos y otros.
Fueron años de entusiasmo con Ben Gurión, Moshe Dayán y su bravura, después Golda Meir y sus viajes a EE.UU. en busca de dinero para hacerlo todo, absolutamente todo. Los judíos del mundo, por fin, tenían un Estado, se recibía a todo el mundo. Se acabaron para siempre los ghettos, las persecuciones, las expulsiones. Los kibutzs fueron –y siguen siendo- un ejemplo de economía y vida comunitaria y socialista. Desde el avión, me dijeron, se divisaba una mancha en el amplio desierto, una mancha verde, era Israel.
Creo que la mayoría de la gente de mi generación, siguió con pasión, en 1967, la Guerra de los Seis Días. Todas las fuerzas de cuatro estados árabes contra Israel, que en seis días ventiló el tema. Nadie que pertenezca al mundo musulmán quería, ni quiere, la existencia del Estado de Israel. Un estado donde conviven beduinos, judíos, cristianos y musulmanes.
Sin prisa pero sin pausa, las cosas han ido cambiando. En parte porque las nuevas generaciones no han vivido lo que vivimos nosotros. También porque la memoria es frágil, y los israelíes jóvenes han olvidado lo que sus antepasados sufrieron por la década de los cuarenta. Tan frágil, que hace pocos meses, detuvieron en una ciudad de Israel a un grupo de nazis. Aunque parezca imposible, así es. Y también porque un día apareció el grupo Hamas en escena.
Hamas, según su propia filosofía, sólo existe para aniquilar el Estado de Israel. He buscado fotos de esta organización, y son estremecedoras. En una de ellas, aparece un niño de unos cinco o seis años, armado hasta los dientes. Hamas, eso ya lo sabe todo el mundo, está considerada por la Asociación para la Defensa de los Derechos Humanos (creo que se llama así), por Europa, Estados Unidos, Australia y no sé cuántos estados más, una organización terrorista que ha cometido y comete crímenes contra la humanidad.
¿Justifica esto la reacción del Estado de Israel contra la Franja de Gaza? Desde mi punto de vista, no. Ni esto, ni que desde que la OLP se refugió, o actuó, en el Líbano no han quedado ni los cedros, ayudados, desde luego, por las guerras civiles entre los libaneses.
Un estado de pleno derecho, como lo es el de Israel, tiene otros métodos para solucionar problemas de terrorismo sin meter los tanques en las ciudades, matar indiscriminadamente y provocar una masacre entre la población civil. Un estado tiene, o debe tener, argumentos y, sobre todo, sensatez para evitar las provocaciones. No debe, sobre todo, ponerse al mundo en contra.
Comprendo el temor de sentirse rodeado de naciones que quieren su aniquilación, la impotencia ante los fundamentalistas que, de los dos sexos y desde la tierna juventud, se meten en transportes públicos con un cinturón mortal. Pero la desproporción de fuerzas resulta insoportable a los ojos del mundo, entre los que me incluyo.
Y el Estado de Israel, habitado en su mayoría por judíos, no debe ponerse enfrente al mundo. Todavía, en muchas sociedades, están demonizados como, por desgracia, lo han estado siempre. Si hace siglos lo eran hasta de las epidemias de peste, y los piadosos cristianos lo solucionaban quemando las juderías y, por supuesto, apoderándose de sus tesoros, ahora, si siguen así, acabarán siendo los culpables, y esta vez con razón, de que estalle el polvorín de Oriente Medio.
¡No es esto, no es esto! Con lo que hablan los judíos, pese a la mezcla de lenguas, sería estupendo que emplearan esta facilidad para solucionar, de una vez por todas, los problemas.


martes, enero 13, 2009

Sus Señorías


Parece ser que los jueces de este país están convencidos de su infalibilidad. De lo que no cabe duda es de que la mayoría de ellos caminan aquejados de una soberbia insoportable. Creo que para llegar a impartir Justicia –algo tan complicado sobre lo que ya filosofaba Clemence, el personaje de Camus en La caída- es necesario estudiar una carrera de Derecho y después prepararse unas oposiciones. Ni más, ni menos.
Una vez ocupado el sitial correspondiente en alguno de los estamentos donde se va a ejercer de juez, por mucho que se revistan de pelucas, se cuelguen las togas, miren directamente a los ojos del juzgado, o se entretenga mientras el secretario lee o los abogados alegan, el juez sigue siendo un licenciado con oposiciones aprobadas. Y, lo que es más importante, un ser humano.
Los seres humanos –algunos- que han creado todo este tinglado de sociedad que intenta ahogarnos, si no se tiene la suficiente fuerza para pasar de todo ello, somos los hacedores de lo bueno, de lo malo y de lo peor.
Los filósofos (Platón en más destacado), seres humanos también, distinguieron entre el mundo de las ideas y el de las sensaciones. Que ningún juez crea, ni tampoco ser humano alguno, que tiene algo que ver lo uno con lo otro. La Justicia es un concepto bastante alejado de una sentencia firmada por el juez que sea. El juez es un ser humano, el secretario también, los abogados que han defendido a uno u otro, supuestamente también son seres humanos. Aunque cuando se han seguido temas tan duros como el de la pequeña Alba, y hemos escuchado, por parte de los abogados del útero con patas y su compañero, pedir la absolución para esos dos cánceres de la sociedad, comenzamos a dudarlo. Y recuerdo el comentario de un novelista barcelonés cuyo nombre he olvidado, afirmar que la delincuencia (sobre todo este tipo de crímenes como el de Alba) no acabará hasta que no entren en prisión los asesinos y sus abogados.
Sigamos con los jueces. Como humanos que son los señores magistrados, cometerán errores, aún en el caso probable de que hagan lo imposible por evitarlos. ¿Tanto cuesta reconocerlo, asumirlo y pedir disculpas? Si humano, muy humano, es errar, tanto lo es asumirlo y someterse, ellos también, a la Justicia.
Esa es la verdadera asignatura pendiente de los distintos gobiernos que hemos padecido. Dotar a la Justicia, sí, pero meter en vereda a los componentes de ella. Situarlos en su calidad de funcionarios y de humanos, y bajarles del pedestal de la divinidad.

sábado, diciembre 20, 2008

Entrevista a Basilio Martín Patino

Me ha parecido interesante colgar esta entrevista que el soriano de Quintana Redonda, Luis E. Herrero, ha hecho a Martín Patino, director de cine, que deja bien claro lo que opina de las personas que, desde el poder, manejan todos los hilos, censurando e imponiendo su propio control social. La entrevista aparece en el número 91, del 11 al 25 de diciembre, del periódico quincenal DIAGONAL
ENTREVISTA CON EL DIRECTOR BASILIO MARTÍN PATINO
“Todo el que está en el poder es un censor”
LUIS E. HERRERO
Referente del ‘nuevo cine español’ en los ‘60, y autor de varios documentales que indagaron en las cloacas de la posguerra y el franquismo, Basilio Martín Patino sigue escribiendo en imágenes, aunque ahora lejos de la gran pantalla.
Cuando en 2007 es investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Salamanca, Basilio Martín Patino (Salamanca, 1930) presenta Palimpsesto salmantino, un montaje audiovisual creado para la ocasión. Según el diccionario de la RAE, palimpsesto es un “manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente”. La obra de Martín Patino, hombre afable y de tranquila voz, tiene la sensación que destilan estas palabras, la de un manuscrito personal que huele a memoria, a blanco y negro, a franquismo y antes. Aunque probablemente esto sea injusto con el resto de su obra...
DIAGONAL: La memoria es un tema recurrente en tus películas: sólo los recuerdos colectivos que son capaces de ser reconstruidos permanecen presentes en la sociedad. ¿Qué está ocurriendo con todo el proceso de las exhumaciones de cadáveres, la Ley de Memoria Histórica...?
BASILIO MARTÍN PATINO: Yo acompañé a Gibson, en aquellos años teníamos un proyecto de guión. Estuvimos en Granada, recuerdo que me llevó al cementerio y estaba obsesionado por encontrar a Lorca. Hasta me acuerdo que estuvimos en una especie de corral que estaba lleno de cadáveres putrefactos, te hablo de los años sesenta. Recuerdo también que me llevó a una tapia donde se veían los impactos de bala.
D.: ¿Qué tal te llevas con el establishment?
B.M.P.: No me llevo de ninguna forma, no los trato, no los soporto. Yo afortunadamente me liberé pronto de ellos. Con Canciones... fue una batalla porque se daba la circunstancia de que la película les gustaba mucho, algunos iban a verla con sus señoras pero al mismo tiempo la prohibían porque esas películas no se podían ver. Fue quizás lo más chocante. Carrero Blanco pidió verla con su mujer... La proyectaban en la Castellana, donde estaba el Ministerio de Información y Turismo, y había una salita donde veían las películas, y todos los viernes iba siempre algún ministro y su señora a ver las películas prohibidas. Según el proyeccionista, que era amigo, se regocijaban, y se reían y estaban encantados pero prohibían que la gente las pudiera ver. Era un caso patológico.
D.: Y de ayer a hoy ¿tus relaciones con las autoridades nunca han podido ser...?
B.M.P.: Normales... Yo nunca he debido ser buen tipo para ellos. Lo noto por ejemplo en televisión, mira que ahora ya ni somos “rojos” ni somos “peligrosos”, es aquella cosa de que “Patino cómo se va poner en televisión”. Hay películas mías que todavía no se han puesto y mira que es difícil porque la tele lo traga todo. Cuando me dieron la medalla de oro de la Academia se vieron obligados a poner una y se empeñaron en poner Canciones para después de una guerra, la película tópico y yo dije que no, que estaba ya muy vista, que si querían poner alguna que pusieran Queridísimos verdugos que estaba inédita. “Pero hombre ¿cómo se va a poner?” Mira, iros a la mierda, si queréis la ponéis y si no me dejáis en paz. A los 8 o 10 días me llamaron y dijeron que lo habían pensado y que la pondrían a ver qué pasaba. Pues hombre, qué va a pasar. Me jode porque todavía cuando vivía Franco pues éramos unos faltones, íbamos a por él y había una lucha de policías y ladrones a ver quien podía más. Había momentos divertidos. Ahora no tiene ya ninguna gracia; que estos mamones que están ahora sigan con esa mentalidad... Pero no me jodas, coño. Ahora no hay unas fuerzas como las que había entonces, que les atenazaban o les llamaban la atención. Ahora no hay nada.
D.: Ahora hay otras fuerzas que son el ruido mediático, otras formas de censura...
B.M.P.: Es posible, el ruido mediático... Son censores natos, todo el que está en el poder es un censor.
D.: Dice Godard que “el travelling es una cuestión moral” pero tengo la impresión de que muchos cineastas aparcan su moral para cuestiones puramente estéticas. ¿Dónde está la moralidad?
B.M.P.: Nunca he sabido qué es. Más bien es una palabra que me repele. No porque me las dé de libertino o así, sino que la moral... Tierno Galván, a quien conocí bien, tiene un estudio sobre la moral en el que demuestra que es un sistema de conveniencias. En todo grupo social suele haber un sistema de intereses que es lo que se llama la moral; hay que ir a por el que haga algo que no le conviene al grupo social .
D.: ¿Una forma de control social?
B.M.P.: Sí, cuando hay gente que discrepa hay que cortarles el ala, esto es la moral. Es una actitud moral, casi religiosa, que convierte en inmutables los principios de esa sociedad, ésa es la moral. ¿Quién coño va a creer a estas alturas en la moral? D.: ¿Y qué hay de tu manera de hacer cine?
B.M.P.: Soy muy poco dado a hablar de teoría, soy más de mis prácticas, de las cosas que he hecho y que me gustan. No tengo una línea concreta de actuación, cada cosa me sale como me apetece.
D.: En Espejos en la niebla, hay un momento en que el catedrático dice que Salamanca era una gran letrina...
B.M.P.: Salamanca en esa época era una letrina, no había sanitarios, la porquería corría por en medio de las calles... lo de letrina se queda corto. De todas formas creo que eso tiene un aire literario y metafórico. Salamanca está rodeada de polémicas como la que Unamuno tuvo con el obispo Cámara, los fachas que ha habido siempre... En la actualidad la metáfora está más disimulada. Salamanca ha evolucionado, hoy día notas que hay algo que tiende a reconciliarte con tu propio país, con tu propia ciudad.
D.: ¿Has estado exiliado de Salamanca alguna vez?
B.M.P.: Exiliado no, pero cuando hicimos las Conversaciones Cinematográficas tuvimos muchos problemas. Ese año era mi último de Letras y me llegó la noticia de que sería conveniente que me marchara de Salamanca, venía de parte del gobernador civil franquista de entonces. Recuerdo que me puse chulo y le dije que qué pasa si no me voy. Y éste me dijo: “Hombre, pues te puede pasar cualquier cosa, aquí la gente es muy bruta y a lo mejor te meten un cargador entero en el estómago”, algo así me dijo, vi que iba en serio y me marché a Madrid.

jueves, diciembre 18, 2008

La forja de un riojano



Vaya por delante que soy amiga de Lolo, como llamamos en la intimidad a Isidoro Sáenz. Y cuando digo amigo lo hago en todo su sentido, porque sigo la máxima de mi cuñado Vicenç, quien lleva años diciendo que “los amigos como los amantes, de uno en uno que cuesta mucho mantenerlos”, ampliándolo algo más, en cuanto a los amigos. Esa amistad no significa que me ciegue la pasión, pero no he visto ninguna escultura en hierro de Lolo que me haya dejado indiferente. Todas hablan.

Me ha fascinado siempre el trabajo de dominar el hierro, hacer de él, a golpe de martillo y fuego, lo que se desee. Sentirse Vulcano haciéndole las armas a Aquiles debe ser algo poderoso y magnífico. He comprobado, además, que los hombres que dominan el hierro son buena gente, como de una pieza, tan duros como el metal que moldean.

Isidoro es de esos. Riojano de nacimiento, selectivo con los amigos, acogedor en su casa de Oteruelos –donde también tiene el taller-, buen conversador y con un sentido del humor a prueba de impertinencias.

Decía que ninguna escultura me ha dejado indiferente. La propia envergadura de cualquiera de sus obras, ya impresiona, porque Isidoro no se dedica a modelar pequeñas cosas para llevarse a casa de recuerdo. “El caminante”, recuerda a don Quijote, y su silueta, colocada en un altozano, da la impresión de estar vigilando el valle, centinela, titánico. Las redondeces de sus barandas, o de la verja que rodea el olmo ante el Espino, de Soria, aporta una calidez chocante con el frío del material del que están hechos. U otras curvas, las de “Sujeto de sus encantos”, que recuerda a Marilyn en su época de esplendor. A veces aparecen espinas en sus árboles, la vida misma. Piezas que van saliendo de la fragua a fuerza de machacar el yunque, unas llenas de poesía, otras de fuerza, algunas de gracia, otras reivindicativas.

Son muchos los premios conseguidos, en Melilla, Rota, Quart de Poblet, Madrid, Castellón, Ciudad Real… y otros que irán llegando para regocijo de los amigos, quienes, de forma habitual, nos reunimos en Oteruelos, con él, Amparo, su mujer, y Mara, su preciosa hija preadolescente. Buen comedor, mejor bebedor –todos lo somos- damos cuenta de paellas cocinadas por su mujer valenciana y, sobre todo, de productos de su tierra, la vecina Rioja, a la que él se siente tan unido.

Mientras va fluyendo la conversación, siempre interesante, a veces nos vamos animando de tal manera que, como le sucede a Woody Allen cuando escucha a Wagner, nos dan ganas de invadir algo, de intentar cambiar el mundo. Y en esas reuniones, sobre el taller, a la vista de alguna de sus criaturas, se van afilando la conciencias y perfilando las amistades, ya muy consolidadas.


domingo, diciembre 14, 2008

Historias de la Alcarama


Título: Historias de la Alcarama
Autor: Abel Hernández
Gadir Editorial, S.L.
Madrid, 2008

Tener ante las manos y ante los ojos una publicación de Tierras Altas, ya es una alegría. Ese espacio de Soria inconmensurable, henchido de alma –que no de almas-, montes viejos y redondeados, vigilantes de valles que recogen aguas y crean pasto ya sobrante, produce sensaciones de grandeza natural, a veces de desamparo y soledad, porque, quien conoce bien esa tierra, sabe que sus habitantes hace ya muchos años que fueron expulsados, como Adán y Eva, del paraíso. Pero a la vez, las redondeces de madre producen un sosiego que se ve acompañado de algunas chimeneas que, aquí y allá, indican, todavía, habitación humana, dispersada por comunidades que se han resistido a abandonar su hábitat.
Desde los años cincuenta, Soria ha ido perdiendo, sin prisa y sin pausa, casi el cincuenta por ciento de su población. Buena parte del resto, vive ahora en lo que algunos llaman, con ironía, la “gran urbe”, la capital. Y los pueblos, sobre todo los de Tierras Altas, muestran desde hace años unas ruinas donde se mezclan papeles amarillentos en el interior de lo que un día fue hogar, con higueras asilvestradas, restos de molinos, zarzas, y alguna cornamenta de animal salvaje que ha tomado posesión de todo el pueblo, al confundirlo con la naturaleza. Una bellísima mezcla de vida y ausencia que, si bien sobrecoge, también hace reflexionar sobre tantas vidas que allí, durante generaciones, nacieron, vivieron y murieron, con todo lo que ello implica.
Uno de estos pueblos es Sarnago, en la sierra de Alcarama, alto, muy alto, con una panorámica que, de ser creyentes, se creería ver desde allí a Dios. Sarnago se despobló y, poco a poco, los que allí vivieron y sus descendientes, han ido rehabilitando o construyendo casas nuevas. Nunca lo abandonaron del todo. Cada año volvían, agruparon los enseres que habían servido para vivir en una sala, lucharon, y lo siguen haciendo, por un camino medianamente digno, por el agua de la fuente, por todo, y poco a poco, han ido consiguiendo cosas, como la fuente, o editar dos números de su revista. Cada logro es una fiesta compartida.
Abel Hernández nació en Sarnago. Allí vivió muchos años, en compañía de su madre –viuda desde muy joven- y abuelos, lo que le proporcionó una infancia riquísima, pues ya se sabe, donde hay abuelos hay sabiduría. Según leemos en la introducción, fue el primer habitante en toda la historia de Sarnago que fue a la Universidad. Su curriculum es brillante, pero ahora nos interesa su preciosa obra “Historias de la Alcarama”.
Hemos de decir, sin pretensiones, que casi nada de lo que en esas historias se narra nos es ajeno, porque, como Abel sabe, hemos recorrido esa tierra con frecuencia, y nos han contado, una y otra vez, cómo se vivía entonces. Pero en realidad, casi todo lo que se cuenta en la vida es sabido, lo que cambia es la perspectiva de cada cual y, sobre todo, la forma de contarlo. Y ahí es donde Abel Hernández consigue una historia –unas historias- narradas con cariño, pero sin nostalgia. Ponderando, aquilatando y ofreciendo el punto justo de alegría en un mundo que debió ser, necesariamente, difícil.
Dirigiéndose siempre a Sara, su hija, le va contando cosas pequeñas para conformar una historia completa. Le habla de los apodos, del oficio de tinieblas (que en algunos pueblos desapareció por las bromas que gastaban los muchachos, clavando las sayas a la madera del suelo), de los trasnochos, de los sorteos de mozos, de la matanza, el estraperlo, de la frugal comida, en fin, del ciclo de la vida en Sarnago, que era el ciclo de la vida en el mundo rural, porque, como dice la cita de Miguel Torga, que abre el libro, “Universal es lo local sin paredes”.
Se vive el libro. Se percibe la solidaridad –hubiera entre los habitantes rencillas o no- ante la muerte de un vecino, cuando todos se unían para recoger la cosecha a la viuda. Se escucha el hacer la leña, con lo cual se conseguía tener el monte limpio. Se confirma la importancia de la escuela en el mundo rural soriano, si algo había fundamental en la comunidad, eso era la escuela, para lo cual colaboraban Concejo y familias. Se escuchan las campanas de San Bartolomé, que, según el estudio exhaustivo llevado a cabo en toda España, sabemos que tienen los nombres de Santísima Trinidad (fundida en 1942) y San Bartolomé (en 1903). Ahora están a buen recaudo, desde que la espadaña se derrumbara en 2001.
Conforme se avanza en la lectura, una confirma lo que tantas veces ha dicho o escrito sobre el mundo rural. Casi todo tenía un porqué y todo era auténtico. El último elaborado en el horno comunal servía para aprovechar hasta el mínimo resto de masa. La matanza del cerdo, imprescindible para ingerir proteínas. Los minúsculos huertos que ofrecían las vitaminas. La caza como necesidad. La escuela como obligación ineludible. La leña, no sólo como calor, sino para mantener limpio el monte. La lectura, o las historias, alrededor de la hoguera, para mantener entretenidos e ilustrados a los muchachos, a la vez que se llenaba el ocio. La pregunta de ¿por qué pagar impuestos si no recibían nada a cambio? El alimento del espíritu a través de la Iglesia, y del cuerpo, con bailes y “echar los novios”, y celebrar las fiestas ¿cuándo? Cuando la cosecha estaba en los someros.
Al final del libro hay un glosario de las palabras usadas, porque estas palabras, que pueden variar de pueblo a pueblo, es otra de las aportaciones a la Cultura, la Antropología y la Etnología.
Por último, decir que el prólogo se debe a Julio Llamazares, el autor de otra novela imprescindible “La lluvia amarilla”, quien quedó impresionado por su visita a Sarnago, hace ya muchos años.

sábado, diciembre 13, 2008

Luces de Navidad


Hace unos días escuché en la radio que el alcalde de un pueblo de Jaén –creo, porque estaba en estado de duermevela- había decidido consultar a sus vecinos sobre las luces de Navidad. Parece ser que se trataba de que decidieran si luces colgadas o repartir el importe entre los parados, ya en forma de subvención, ya creando puestos de trabajo de periodo corto. El pueblo eligió lo segundo. Lo cual demuestra que al pueblo –en general- cuando se le consulta para cosas concretas, y no sólo cada cuatro años, acierta de pleno.
Esto me lleva a la primera reflexión, sobre la participación ciudadana en los temas que le interesa. Creo que no se deben tomar las votaciones –ya generales, ya autonómicas, ya municipales- como una patente de corso para deducir de lo global a la partícula. Es como si la Constitución no se hubiera desarrollado con leyes. Aunque en este punto dudo, con que se cumpliera la Gloriosa casi sería suficiente.
Lo más llamativo de la noticia, es que el alcalde de este pueblo de Jaén hizo cuentas, y el importe de la instalación de esas ristras de colores –algunas horrorosas-, más la adquisición de las deterioradas, sumado al gasto de electricidad, subía un pico que, no quisiera equivocarme, rondaba los quince millones de las antiguas pesetas. En un pueblo. ¿Cuánto supone esta moderna costumbre –contradicción en los términos- en capitales grandes? ¿Y la contaminación lumínica?
Por otro lado, en esta sociedad que nos toca vivir, existe, por parte de los dirigentes de uno u otro nivel, el malísimo hábito de no hacer puñetero caso a las minorías, que tal vez no lo fueran tan poco, algo que se sabría a nada que se consultara a la ciudadanía para hechos concretos, como este de los adornos y otros gastos superfluos en tiempos de crisis, cuando debe primar lo fundamental sobre lo suplementario más que nunca.
Que cada cual celebre a su gusto y manera el nacimiento de Jesús o de Mitra, los equinoccios y los solsticios, el ramadán o la pascua pero, por favor o por economía, que dejen de martirizarnos con aspavientos, canciones a todo volumen y adornos que posiblemente interesen a menos de los que los responsables políticos -¡siempre ellos!- se creen.

viernes, diciembre 05, 2008

Adiós, PSOE


En mi particular imaginario juvenil, allá por el principio de los años ochenta, existían dos hechos que nunca imaginé –y casi todos los de mi generación tampoco- que pudieran darse en la historia. Uno de ellos, el que un negro, o mulato, llegara a ser presidente de los Estados Unidos. Por fortuna así ha sido, y hemos podido asistir al llanto del reverendo Jackson, recordando, supongo, a Luther King. El otro hecho, tan impensable como el de Obama, es que el Partido Socialista Obrero Español llegara a gobernar como una derecha, digamos, civilizada.
Recuerdo el año 1982 como un hito. Fue el delirio para muchos españoles. Después, poco a poco, sin prisa, pero sin pausa, el PSOE se fue reconvirtiendo como las empresas del INI. Cuando todos deseábamos que Felipe metiera mano a la Banca, él, caballero andaluz, nacionalizó las agua subterráneas, por poner un ejemplo.
Ya resultaba mosqueante que se afiliaran a él burgueses y burguesitos, cubiertos de pieles y con servicio en casa, pero, había dar el toque chic a eso del obrerismo, y se pasaba por alto. Llegó lo de la gente guapa en Marbella, con los ministros –Solchaga al frente- alternando en Puerto Banús, y bueno, pues otro toque distinguido, como lo de Boyer –en su particular vida- que cambió a una intelectual por un envoltorio bombonero. Cosas del poder y el dinero.
Luego fueron apareciendo temas más peliagudos. OTAN, de entrada no, OTAN sí. Lo del GAL. Lo de los fondos reservados. Yo misma les he disculpado siempre todo. Fue tanta la ilusión con Felipe González, que cuando apareció Rodríguez Zapatero en escena pensé que era una mezcla del primer Felipe y Guerra (único y supongo que callado por lealtad romántica y como tal decimonónica), que venía dispuesto a devolver al PSOE lo que el desgaste de poder le había ido arrebatando. Sin darme cuenta, que la sociedad había ido ¿evolucionando? a la vez que el partido, o al revés, y que este era el PSOE que una parte de esa sociedad, aprendices de burgueses, hipotecados de por vida, quiere, desea y vota, si no es que se derechiza aún más.
En 2008 aparece en la escena un hecho esperanzador, y además, a nivel mundial. Se vislumbra que el sistema capitalista podría estar amenazado de grave enfermedad. Que los conceptos de nuevo cuño de ese mundo reducidísimo, esos Ibex y similares que no entienden la mayoría de los ciudadanos, podrían pasar a mejor vida. Y el PSOE, que podría haber aprovechado la coyuntura para, si no volver a sus orígenes puros, sí dar una lección de un socialismo, digamos, a lo chino, mezclado con una economía de mercado, se comporta como un país grancapitalista, a lo Bush (a quien debe envidiar Zapatero por las caras que pone cuando se cruza con él, entre apocado y seductor) y le da el dinero a los bancos, al sistema financiero como lo llaman los políticos.
Hace tiempo que uno de mis argumentos para defender al PSOE era la falta de maniobra que en Europa podía tener el gobierno español. La crisis mundial ha descubierto que no es así. Cada cual ha reaccionado según lo que ha considerado más interesante para su país, incluso nacionalizando parte de la banca.
¿De dónde han salido los miles de millones que el gobierno español ha dado, o prestado (porque en todo esto hay un secretismo iniciático) a la banca? ¿Lo tenía el gobierno a plazo fijo, o debajo de un ladrillo? ¿Cómo es posible que un gobierno de un partido socialista y obrero tenga todo este dinero y se lo dé, al revés que Robin Hood, a los ricos?
Se leen en los periódicos de izquierdas –y de derechas- comentarios escandalizados sobre este tema. ¿Es demagogia decir, que si el gobierno podía disponer de este dinero hubiera podido emplearlo, por ejemplo, en construir viviendas asequibles incluso a pensionistas, con lo cual hubiera cumplido uno de los mandatos de la Constitución y hubiera creado empleo?
Esos miles de millones de euros que un gobierno socialista ha dado a las entidades financieras para sacarles del apuro y con la intención de que ellos abran un poco, sólo un poco, el cierre de préstamos ¿no hubiera sido más fácil que lo administraran por medio de sus ministerios, o de otros organismos? Por lo visto, nada tienen que decir los pequeños empresarios, los autónomos con dos o tres empleados. Eso hubiera sido repartir la riqueza, que esas pequeñas empresas pudieran salir adelante sin más pretensiones que mantener el empleo y llegar a fin de mes dignamente, sin caprichos de todoterrenos ni segundas residencias, casas en la costa, barcos, etcétera, ni siquiera, si necesario fuera, una vivienda propia. O formar cooperativas.
Hemos tenido muchos años de gobierno socialista. Todo han sido remiendos. Por ningún sitio se ha visto ideología. Ha mejorado el sistema sanitario porque no podía empeorar, por la propia inercia, por lo mismo que han subido las pensiones y los salarios. El gobierno socialista no ha acometido ninguna reforma de envergadura, todo han sido parches y remiendos. El capital campeaba, campea y campeará a sus anchas. Cada año que pasa hay más diferencia entre ricos y pobres. Podríamos pasear por las grandes ciudades y fotografiar escenas de tercer mundo en un país europeo y gobernado por socialistas.
También será demagogia escribir que millones de personas viven por debajo del umbral de la pobreza, mientras que el gobierno de la nación a la que pertenecen –o a la que han arribado- dispone de dinero para solucionar su problema, pero se lo han dado a los ricos.
Para que pobres, mendigos, chabolistas, viudas, pensionistas y demás ralea, se conformen, habrá que decirles, como siempre, que ya vendrán tiempos mejores, o que pueden solicitar una vivienda, que, a buen seguro, nunca conseguirán, porque, oh paradoja, no tienen nómina o la pensión es muy baja. Cuando la crisis acabe, ellos serán igual de pobres, y tendrán que ganarse la vida como siempre, vendiendo droga o cogiendo cartones. Y a los pequeñitos empresarios, a los autónomos, recordarles que, dentro de uno o dos años, los ricos serán, por lo menos, lo mismo de ricos, y ellos, tendrán más dificultades para salir adelante.
Más allá de la crisis general, de hace cuatro días, está, se impone, la gran decepción que ha supuesto para muchos españoles, la ausencia de la justicia social y de la otra también.
Con el dolor que produce abandonar una ilusión que comenzó hace veintiséis años, he de decir, Adiós, PSOE.
Siempre nos quedará la esperanza de la revolución pendiente.

viernes, noviembre 21, 2008

Los montes sostenibles, o de cómo quedarnos sin recursos micológicos

Recursos turísticos tenemos en Soria. Nuestro web trata de retratarlos y comentarlos todos, hasta los que no lo son, pero que a nosotras nos lo parecen o, sencillamente, nos gustan. El propio acontecer diario, sin prisas ni tensiones. El poder desplazarse sin vehículo, aunque eso no se consiga, porque ¿si se tiene coche por qué no lucirlo, sobre todo si es un todoterreno, y molestar al contrario? Y los montes, sobre todo los montes.
Hoy, mi hermana Concha y yo, como hacemos habitualmente en otoño, hemos ido al monte, a buscar unas setas, una cestita pequeña, para hacer un revuelto o guisarlas, poca cosa, dos o tres horas. Es martes, evitamos el fin de semana, cuando más gente acude, y el lunes, para “dejar descansar en bosque”. El destino, Alconaba. Los pinares están –estaban- limpios, llanos, y no está acotado, aunque nosotras, en octubre, ya pagamos nuestra licencia. Hay en Alconaba varios grupos de pinares, entre tierras de labor, y hemos recorrido tres, para, finalmente, llegar a casa con algo más de un kilo de níscalos y pie azul. Hemos llegado contentas, en cuanto a lo recolectado, pero francamente “cabreadas” por el estado del monte.
El pinar había sido rastrillado tal como si por él hubiera pasado una manada de jabalíes machos en celo persiguiendo a una hembra. Se supone que buscaban níscalos, por lo que lepiotas y rúsulas, muy abundantes, estaban arrancadas y destrozadas. De paso, si cerca de ellas, estaba naciendo algún níscalo, había sido partido en su nacimiento, y había crecido verde y agusanado, o sea, inservible. En uno de los pinares, contamos hasta nueve latas vacías, que recogimos en bolsas para depositar en el sitio adecuado. Alguien había vaciado la basura de su vehículo, un gran plástico rígido troceado, dos envases de plástico, en fin, un etcétera largo.
Como decía mi hermana, destrozar el pinar para conseguir veinte kilos de níscalos este año, e inhabilitarlo para los dos siguientes. Este vandalismo, estoy segura, no lo practican los habitantes de Alconaba ni los de Soria. Y por supuesto, ningún setero.
Si sigue adelante el proyecto de hacer de Soria un enclave micológico, algo que me parece muy bien, tendrán que invertir mucho dinero en vigilantes, o nos quedamos sin ningún recurso en cinco años, por decir algo.
Lo de “sostenible”, aplicado como adjetivo a cualquier sustantivo, sobre todo si se trata de la naturaleza, no puede quedarse en un concepto como los de la Edad Media, sobre el que algunos filósofos analicen y diserten, sin llegar a encontrarle aplicación práctica.
Está visto que la mayoría de los humanos necesitan detrás alguien, como aquellos patricios romanos victoriosos, que les vaya recordando lo que ha de hacer, o no hacer, o, como a los superhombres, que son, simplemente, humanos.

lunes, noviembre 10, 2008

Las opiniones de la reina

No he leído ni el último libro que la Urbano ha escrito sobre la reina, ni el anterior, ni pienso leerlos. No sólo porque no me interesa el personaje, sino porque se comprende que todo lo que Sofía de Grecia haya contado a la periodista sobre su vida privada –la pública la conocemos- estará, como es natural, sesgado. Ella nunca confesará –aunque lo sepamos todos- que su matrimonio con Harald de Noruega se frustró tanto porque él estaba enamorado de verdad de otra persona, como por lo menguado de la dote de la entonces princesa. Todavía se llevaba eso de las dotes, reminiscencia de la Edad Media entre la realeza, la nobleza y el clero regular femenino. Tampoco dirá nunca, la hoy consorte del Jefe de Estado español, que su madre, Federica de Hannover, perteneció a las juventudes hitlerianas y apareció, hace unos años, en unas fotos antiguas con el brazalete nazi, y además creo que acompañada de su propia hija, adornada como ella con la cruz gamada. Alguien más, desde luego, mostraba la foto.
El tema es otro, se trata del revuelo que han causado ciertas declaraciones de la consorte real, que es lo que conozco de la publicación. Como para no conocerlo. Tal vez sea lo único que la señora haya dicho con sinceridad y sin cortarse nada. Habría que saber las intenciones de tanta sinceridad, o las de la autora de la “biografía” para incluirlas, o las de la Casa Real para permitirlas.
Creo que las declaraciones de Sofía de Grecia no deberían escandalizar a nadie. Por un lado no me parece mal que todos los ciudadanos, incluida ella, digan lo que les parezca. Por otro alborotarse por su personal forma de ver temas como el matrimonio homosexual, la religión –ella practicaba la ortodoxa y mudó sin inmutarse a la católica- la eutanasia, y en general todos los temas sociales que salgan un centímetro de la norma, me parece, como poco, una tontería. Si ella votara, lo haría a la derecha, derecha. No va a votar una reina que lleva en los genes toda la sangre real posible, a partidos revolucionarios, ni va a practicar la acracia. A más de un antecesor de la dama, el pueblo le cortó la cabeza. Aunque sólo sea por instinto de protección y conservación, un rey, una reina, las princesas, los nobles, se acercan –o se acercaban, ahora ya no es el caso, hay democracia y no pasamos hambre- a quienes podían protegerles con el poder y las armas. Y ese instinto de conservación queda grabado para la posteridad en todos los descendientes reales.
La opinión de la reina, que tácitamente se barruntaba, ahora se sabe con certeza. Es mejor conocer a fondo a la gente importante, a las instituciones –como la santa madre iglesia- y a los que nos mandan, manejan, conducen, o como se quiera llamar. Cada uno en su sitio. Así luego, si por fin se vota un referéndum para saber si los españoles quieren Monarquía o República, estaremos mejor informados y sabremos qué votar. El que dude.

La noche de difuntos


“Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales”
El Monte de las Ánimas. Gustavo Adolfo Bécquer

Faltaban unos minutos para las doce de la noche de la noche cuando, en procesión oscura y respetuosa, grupos de personas se dirigían, desde la plaza de Cuevas de Soria, hasta un paraje del monte. Seguían –seguíamos- una senda flanqueada por roquedales, que miran al Izana. Este río vertebra una comarca, una mancomunidad de gentes amables, que acudían esa noche de difuntos a participar en un rito. La luna –creciente o menguante, apenas un gajo- no conseguía hacerse hueco entre las nubes. La oscuridad era total, sólo aliviada por pequeñas linternas de los caminantes y las señales, colgadas de las risqueras, en forma de calavera apenas iluminada en color calabaza.


De pronto vimos la hoguera que veníamos oliendo. En el centro de un círculo como un nemeton, una pira de leña ardía. Había costado vencerla, nos dijeron, a causa de las lluvias recientes, pero al fin cumplía una de sus misiones. Las personas, de todas las edades, buscaban el calor del fuego, el frío era intenso.


Ese momento ya era mágico, a oscuras, en mitad de la noche y del monte, viendo crepitar la carrasca, cuando peticiones de más silencio alertaron sobre cuatro figuras que se abrían paso en el círculo, vestidas con toscos sayales y tocados con capuchas. Tres de ellos portaban antorchas y el cuarto un viejo libro, de cuyas páginas iba saliendo la leyenda del Monte de las Ánimas, de Bécquer.


Después la hoguera se fue desmenuzando en ascuas, dos hombres sabios convertían las ascuas en alfombra, algunos hombres valientes se remangaban los pantalones y descalzaban sus pies. Iban a pasar el fuego, iban a pisar sobre el carbón reluciente, solos o con alguna persona sobre la espalda. Iba a tener lugar, a oscuras, en silencio, en perfecta comunión, pasantes y espectadores, un rito sobrecogedor, el hombre en contacto directo con el fuego. Nadie se quemó. Tampoco nadie se volvió atrás cuando, delante de la alfombra terrible, se enfrentara con el fuego y los temores, tal vez vencidos en un instante, con los ojos cerrados y el espíritu encogido, para llegar, al final, a una explosión de alegría convertida en fuertes abrazos.