domingo, marzo 04, 2012

La emperatriz visita Peñaranda



Primer premio relatos Peñaranda de Duero, 2007
 
En octubre de 1916 una limousina Dion Bouton, negra, aparcó delante de la Colegiata de Peñaranda de Duero. La puerta del vehículo portaba unas armas entrelazadas que en el pueblo no llegaron a reconocer, a pesar de que todas ellas, por separado, podían contemplarse, desde siglos atrás, en la fachada del palacio. Era un escudo partido, con banda de sable y en orla una cadena de oro, y en el otro campo, dos lobos, bordeado todo por ocho aspas.  
 
El mecánico descendió del vehículo y abrió la puerta trasera donde apareció una anciana vestida de negro de la cabeza a los pies. Parecía una muñeca de porcelana de piel blanca y pecosa, apenas arrugada, con ojos azules y el pelo, que asomaba del sombrerito cogido con unas cintas por debajo de la barbilla, era una mezcla de pelirrojo y blanco. El hombre, a pesar de la ligera oposición de ella, la ayudó a bajar del coche, ofreciéndole su brazo, que ella rechazó todavía con energía. La hermosa anciana, apoyándose en un bastón con la empuñadura de plata, dirigió sus pasos al interior de la iglesia. Volviéndose ligeramente, le recordó al hombre que cogiera del maletero las flores que habían adquirido en Madrid.
 
Entró en la Colegiata, que había sido mandada erigir, primero como iglesia más modesta, en el siglo XVI, por su antepasada María Enríquez de Cárdenas, hija de Teresa La Loca del Sacramento, no dudando en hipotecar para ello, por 22.000 reales, el mismísimo monasterio de San Jerónimo de Espeja, en la vecina provincia de Soria, del cual era patrona.
 
Sin asomo de duda, con paso rápido, se dirigió al presbiterio de la nave mayor y levantó la vista, hacia el muro del lado del Evangelio, donde había una lápida de mármol negro, en la que, en letras de oro, pudo leer a pesar del cansancio de sus ojos: Detrás de esta lápida está el corazón del Excmo. Sr. Don Cipriano Portocarrero y Palafox, Conde de Montijo y de Miranda, Duque de Peñaranda & & Cuatro veces grande de España de 1ª clase, patrono de esta insigne Igª Colegial, falleció en 15 de Marzo de 1839: R.I.P..
 
Sin apenas esfuerzo se arrodilló en el suelo, pero el chófer le buscó un reclinatorio, la alzó y la ayudó a colocarse sobre él, mientras ella, por fin, se dejaba hacer. Se tapó la cara con las manos y, por fin, después de muchos años, lloró amargamente. Lloraba por el propietario del corazón, por el hijo muerto, por Paca, la hermana.
 
La anciana desolada sobre el reclinatorio era Eugenia de Guzmán Portocarrero Palafox y Kirkpatrick, hija de Cipriano Portocarrero y María Manuela Kirkpatrick (condes del Montijo, duques de Peñaranda de Duero, condes de Miranda, de Teba...) hermana de la duquesa de Alba, emperatriz de los franceses ella misma. Y contaba con más de 90 años de edad.
 
A la salida se fijó en el magnífico palacio, la casa de su familia, mandado edificar por Francisco de Zúñiga y Avellaneda hacia 1520, y construido en piedra y mármol del soriano Espejón. Su fachada parecía un tratado de heráldica. Las armas de los poderosos Enríquez, de la mismísima Juana de Aragón, la miraban de frente. Lástima que los franceses no se hubieran ocupado de investigar a fondo sus orígenes y fuera siempre tratada como la Señorita de Montijo, o la del Montijo, caprichosa y frívola española.
 
Después de orar ante el corazón de su padre, su mecánico la condujo hacia el convento mandado edificar, también, por sus antepasados. Cuando estuvo en el locutorio, ante la superiora, la buena mujer no podía creer que tuviera enfrente a la que fuera emperatriz de los franceses, hija del duque de Peñaranda y hermana de la duquesa de Alba, idéntica a sor Ana, criada en el convento casi desde la cuna, por expreso encargo de don Cipriano, su padre, quien la visitaba tres veces al año hasta el día de su muerte, cuando sor Ana tenía trece años, los mismos que Eugenia.
 
La superiora abrió la puerta y dejó que la emperatriz traspasar la verja que las separaba del mundo para esperar dentro a su anciana hermana que no tardó en aparecer, pequeña, pecosa, con los ojos azules. Sor Ana se inclinó ante Eugenia, pero ella, rápida, la levantó y la abrazó, emocionada. Entre cuatro novicias entraron dos sillones y otra llegaba con una bandeja donde destacaba una fuente de pastas elaboradas por las madres. Se acomodaron una muy cerca de la otra y durante horas intentaron recobrar el tiempo perdido, un tiempo que se detendría para ellas cuando acabara ese día y nunca volverían a retomar. Todo lo que tuvieran que decirse tendría que ser en esas horas.
 
Sor Ana parecía disculparse por su nacimiento, justificaba un amor inmenso, el de sus padres, que también fue grande por parte de Cipriano Portocarrero para con la madre de Eugenia. “Cosas de nobles”, diría Ana, “cosas de hombres, hermana”, respondería Eugenia. “El paseo de las Acacias, que está en la desembocadura del río Perales en el Arandilla, junto a la ermita de los Remedios, fue arbolado por orden de nuestro padre en honor de mi madre, que se llamaba como yo, Ana. Mi vida no tiene más interés, me he criado aquí, pero me han permitido salir varias veces para ver el palacio de nuestros antepasados y recorrer las calles de Peñaranda. He seguido la historia de nuestra Casa en los escritos e investigaciones de nuestra pariente, Rosario Falcó, y poco más. Bueno no sé si sabrás que el lugar donde está el corazón de papá ha estado siempre alumbrado y que una vez, con permiso del señor obispo y sin que nadie lo supiera más que la superiora, él y yo, lo vimos. El corazón de papá estaba en una caja de plomo y había sido tan bien embalsamado que se mantenía todavía fresco. Fue una emoción tremenda, sólo lo vi un instante, pero me pareció que palpitaba”. 
 
Eugenia no podía reprimir las lágrimas. Ella tenía tanto que contar que hubiera sido imposible en una tarde, por otro lado Ana estaba al corriente de toda su vida. Así y todo, tuvo lugar un relato en el que se entremezclaban los sentimientos reprimidos durante años por la educación recibida y la necesidad de hablar sin parar de una vida que ella misma nunca había contado y los demás se habían arrogado el narrarla a su manera.
 
“Creo que Paca no hubiera venido nunca a conocerte. Cuando supimos por mi madre de tu existencia, después de morir papá, Paca estuvo llorando horas y horas sin parar, hasta que maldijo a papá y mi madre le dio una bofetada que la tiró al suelo, lo que empeoró la inquina que tenía contra ti. Nos queríamos muchísimo y nisiquiera cuando se casó con James dejé de quererla. No, no es cierto que yo intentara suicidarme entonces, al final me di cuenta que nunca había estado enamorada de él y llegué a tener muy buena relación, incluso después de morir Paca. No sabes cuánto sufrí con esa muerte de nuestra hermana, tan joven. Nadie me dijo que estuviera tan enferma. Estaba yo de viaje por Argelia cuando su estado se agravó y también me lo ocultaron. No pude estar a su lado. Lo de la boda con el emperador fue cosa de mi madre. Nunca estuve enamorada de él, pero le respeté hasta el final. Yo sabía que esa boda no sería buena para mí, me puse un collar de perlas y el velo de encaje de María Antonieta ¡a quién se le ocurre! Para colmo, la corona imperial se me cayó de la cabeza cuando salía de la iglesia. Un desastre. Me rodeaba una gente que me odiaba, toda la familia Bonaparte, pero sobre todo Matilde, la prima de mi marido, que llegó a decir que Paca y yo éramos hijas secretas de la reina María Cristina, como si ella hubiera ocultado a sus hijos con el alabardero alguna vez. Bueno, tú de estas cosas no entiendes...”.
 
“Sí entiendo, sí, ya te he dicho que me conozco toda la historia y todas las historias, gracias a nuestra pariente Falcó, entre otras”.
 
“Es verdad. Pues en ese ambiente tuve algo de suerte al tener como amigo a Mérimée. El emperador sufrió un atentado terrible y desde entonces me insistían en que me pusiera chaleco antibalas, pero nunca hice caso. En realidad, me hacían más daño las aventuras de mi marido. Eso me hacía viajar constantemente. He conocido todo el mundo, hermana”.
 
“Pero yo presiento que no has sido feliz...”.
 
“No. Nunca. Sólo cuando tenía a Luis en brazos. Cuando nació sufrí mucho, pero después... ¡Qué guapo era! Ya sentí que había cumplido mi misión como emperatriz y mi marido se refugió más en los brazos de esa condesa italiana, esa espía que me imitaba. El día que murió mi hijo creí morir. Fue en África del Sur, seis años después de que falleciera su padre, luchando al lado de los ingleses y contra los zulúes. Un año después fui a ese lugar, me arrodillé y noté alrededor de mí muchas presencias. Pensé que me matarían, pero no, eran zulús que querían conocer a la madre del bravo muchacho que había muerto luchando, sin dar nunca la espalda...”.
 
“Ya lo sé. Todas las lanzadas las tenía por delante. No te lo he querido decir antes, pero el mismo día que Luis, tu hijo, moría, fue el que decidimos abrir el recipiente del corazón de papá, y creo que era cierto que palpitaba, tal vez desde arriba él supo el triste final que en ese momento estaba teniendo su nieto”. Eugenia lloraba calladamente. Por fin podía llorar delante de alguien, una mujer idéntica a ella, su propia hermana, que le tomaba de la mano y le secaba las lágrimas con un bellísimo pañuelo bordado con las armas de los duques.
 
“Muchos hombres se enamoraron de ti, Eugenia, y mucha gente te quiso. ¿Tú sabes que hace más de veinte años vino a visitarme el doctor Evans?”.
 
“¿Thomas? No puede ser. Me ayudó a escapar de París cuando entraron los prusianos”.
 
“Lo sé. Se enteró de mi existencia por el arzobispo de Burgos, en una visita que hizo a París. Thomas estaba locamente enamorado de ti y sintió curiosidad por conocer a una hermana idéntica a la emperatriz. Le saqué un secreto que nadie supo nunca, excepto tu y yo, unos polvos que inventó para mantener tus dientes siempre blancos. Sí, es cierto, no te rías, mira, mira. Ah! y cuando se marchaba se acercó a mi oído y dijo: Por fin puedo decir a otro ser humano lo profundamente enamorado que estoy de la emperatriz. Tómelo como secreto de confesión sor Ana”.
 
La tarde se marchaba lentamente y ellas lo notaban por el hueco estrecho y alto de la sala del locutorio. Llevaban mucho rato sentadas y habían dado buena cuenta de las galletas monjiles. Sor Ana, tomándola del brazo, la condujo al claustro. Pasearon entre las otras monjas que, en silencio, oraban con el libro de rezos entre las manos. Se dirigieron a la huerta para poder seguir hablando, recordando historias de su familia común. De los últimos años en Inglaterra y su amistad con la reina Victoria, del madrinazgo de Victoria Eugenia y su empeño en casarla con Alfonso XIII, y de desgraciada que se sintió cuando la hemofilia destrozó a la familia real.
 
Alargaban la tarde, sabían que era el primer y el último día que pasarían juntas. Eugenia quiso saber de la madre de Ana, y su hermana le habló de una mujer enamorada de aquel guapo pirata con el ojo parcheado que era el padre de ambas. Era una mujer guapísima, tan guapa como pobre, hija de un agricultor de Peñaranda, una muchacha que, cuando su hija le fue arrebatada y entregada al convento, se quitó la vida. Dijo que si no podía tener ni al padre ni a la hija, no quería vivir.
 
Cuando se separaron, sor Ana, que vio a Eugenia impresionada por la historia de amor, le dijo: “Si no guardas rencor a mi madre, te voy a pedir un favor. Antes de volver a Madrid –sé que está en el palacio de Liria con nuestro sobrino- ve a la ermita de los Remedios y camina unos pasos a partir de la fachada de poniente, coloca allí unas flores de las que le has traído a papá –seguro que lo has hecho- porque por allí está enterrada mi madre”. El abrazo fue interminable. Del brazo llegaron a la puerta de salida y sor Ana mantuvo la mano levantada hasta que el coche se perdió de vista.
 
La que fuera emperatriz de los franceses, Eugenia de Guzmán Portocarrero Palafox y Kirkpatrick, murió cuatro años después en el palacio de Liria de Madrid. Durante ese tiempo las dos hermanas se cruzaron cartas que permanecen custodiadas en el archivo de los duques de Alba, sus sobrinos y herederos. En su testamento, ampliado a última hora, una manda indicaba que, cada año, en conmemoración de la fecha en que ella y su hermana Ana se habían conocido, se colocaran dos ramos de flores silvestres: uno ante la lápida que guardaba el corazón de su padre y el otro en el lado de poniente de la ermita de los Remedios de Peñaranda de Duero.
 
Sor Ana murió el mismo día que Eugenia. Nunca supo lo de la manda testamentaria, al menos en este mundo.

miércoles, febrero 15, 2012

Tirso y "el nochebueno"


Tirso y su familia habían celebrado la Nochebuena con la dignidad que requería la fiesta. Su madre, dos días antes, había sacrificado el mejor pollo que vivía libre, picoteando por entre los guijarros de la calle. Después de orearse había aprovechado todo de él. La sangre la había frito con cebolla y pimientos. El cuello, las escarbaderas, la parte más fina de las alas y la molleja, junto con huesos de la reciente matanza del cerdo, habían ido a parar al caldo para hacer sopa de albondiguillas. Y el resto, bien guisado, para el segundo plato. Ese año, madre la había añadido ciruelas secas y almendras, según una receta de doña Cristina, una maestra llegada de la parte rural de Tarragona.
Pero claro, eran siete, y Tirso, el pequeño, tendría que lidiar con los hermanos por una tajada mejor. Menos mal que el dueño del ganado les había regalado turrón y unos días antes su madre había cocido tortas de chicharrones junto con el pan.
Tirso estaba extasiado escuchando a los mayores cantar el estribillo de las “cantinelas”: “ardía la zarza y no se quemaba, la Virgen María doncella y preñada. Ardía la zarza y no se quemó, la Virgen María doncella y parió”. Se preguntaba por el significado de esas palabras escuchadas a los chicos mayores entre susurros y risas. Para él parir y preñar eran los conceptos más claros del mundo aplicados a los animales y no entendía porqué les hacía tanta gracia a los mayores. En fin, cosas raras. Tomaba a sorbitos un culillo de anís que su padre le había echado en una copa pequeña, cuando su madre le dijo que ese año le tocaba a él obsequiar a los animales con el “nochebueno”, mientras colocaba en sus manos un plato con un trozo pequeño de lo mismo que ellos habían cenado.
Lo había visto hacer todos los años, y ahora era él el honrado, a quien ya consideraban mayor para llevar a cabo algo tan importante como llevarles al buey y la mula los presentes, el “nochebueno”, para que ellos también gozaran esa noche y para agradecerles el trabajo que, a lo largo del año, habían realizado por él y por toda la familia.
Camino de la cuadra iba Tirso con una cazuela de barro simétricamente dividida en dos, y en cada lado un trocito de pollo, dos albondiguillas, unas uvas y hasta un poco de turrón. Y a él su estómago aún le pedía algo más. No quería mirar la cazuela, pero los ojos no le respondían. Un trozo de pollo era el de la rabadilla, su preferido. No, no, eso era para la Torda y el Rojo. Pero no sabían hablar… Miró hacia atrás, nadie. No pudo evitarlo, se llevó a la boca el trozo de pollo. Volvió a mirar la cazuela, la mano se iba sola a la albondiguilla, y sola, sin que él tuviera nada que ver, aparecía en la boca.
Cuando estuvo delante de la mula y el buey, en la cazuela sólo quedaban las uvas. Él mismo acercó las frutas a las bocas de los animales, mientras les susurraba al oído: “no le digáis nada a madre, mañana os daré mi trozo de pan”. La Torda y el Rojo le miraron con ojos indiferentes y, ya despiertos, se acercaron al pesebre para comerse una buena ración de paja.
             

martes, enero 24, 2012

Despoblación, otra vez



Voy a intercalar entre los trasnochos un artículo de opinión, porque no me juré no hacerlo nunca más, bueno, y porque me apetece, que el blog es mío. He vuelto a leer en la prensa de hoy que se sigue buscando a 151.651 sorianos ¿dónde están? Es la misma pregunta que nos venimos haciendo desde años lejanos y es, más o menos, el mismo número de habitantes, o sea, real como las estadísticas: los que han ido muriendo se ha repuesto con los que se siguen marchando. La pregunta es fácil de responder, lo que ya resulta algo más complicado es aquella que inquiere ¿por qué se siguen marchando?
Cuando comenzó el éxodo las razones fueron unas, y ahora son otras. Yo escribí un librito, agotado hace mucho tiempo y que me siguen pidiendo pero que no me atrevo a reeditar porque ya sé cómo funciona esto de la edición, en el cual no tuve en cuenta una causa, que ahora, después de investigar sobre el tema durante años, la tendría que añadir: fue la posguerra como presión social, causa ésta, la presión social, que sí desarrollé más o menos, pero sin hacer hincapié en todos aquellos que debieron cerrar las puertas de sus casas porque se les hizo insoportable convivir con quienes habían sido causantes de la muerte en las cunetas de algún familiar, pero, y sobre todo, porque a los causantes de esas muertes, se les hizo todavía más insoportable el tenerles cerca, máxime cuando, además de haber contribuido a su desaparición para siempre, después declararon para que se les aplicara, no al muerto, pero sí a la familia, las responsabilidades políticas que les acabarían arruinando. Ya se sabe, se va directamente a por quien se ha ofendido, para seguir machacándole.
Dicho esto, el resto de causas y motivos que dieron lugar a que la provincia se deshabitara, a día de hoy, siguen siendo los mismos para aquellos años, los más sangrantes, la veintena que va desde los años cincuenta a los setenta. A día de hoy todo es distinto.

No voy a decir, porque lo desconozco (esas cosas no quedan reflejadas en los documentos) que todo lo que motivó esa despoblación estuvo planificado, pero se puede deducir por lo sucedido después, que algunas cosas sí. Por ejemplo en la zona Norte, lo que ahora damos en llamar Tierras Altas, con disgusto del economista Emilio Ruiz, que prefiere que se le llame La Sierra o Tierras de San Pedro, se planificó la repoblación forestal, para lo cual era imprescindible que desapareciera la población, y así sucedió, de mejor o peor grado, que de todo hubo. Con estas cosas pasa como con los programas basura, han de coincidir varios factores para que el hecho se lleve a cabo: propietarios y responsables de las cadenas sin escrúpulos, los que participan en ellos con todavía menos, y la gente que los sintoniza. En cuanto falla uno, el tenderete se desmonta. Con la repoblación sucedió otro tanto. Si todo el pueblo a una se hubiera negado a vender, o a ser expropiado, parte, sólo parte, de la población se hubiera sostenido. Pero se daba el hecho de que en esta zona la principal actividad era la Trashumancia, durísima, por lo que la Administración encontró terreno abonado y mató dos pájaros de un tiro (no sé si era su propósito), acabó con los pueblos y con la actividad principal. Hoy es un desierto humano.

La otra actividad principal, la agricultura, estaba en una situación lamentable, con fincas que más se asemejaban a macetas. Si el latifundio supone la pobreza de los braceros, en beneficio de los propietarios, el minifundio en provincias como Soria supone la miseria, incluso para el propietario, y eso, en unas familias de cinco, seis, siete y más miembros por unidad es insostenible. Se vieron, literalmente, obligados a marcharse, sin más.
A raíz de aquel hecho prolongado en el tiempo, la provincia se reestructuró. Administrativamente, fusionando ayuntamientos; técnicamente, reagrupando las tierras. Fue este el momento en que actuaron los caciquillos, porque estoy convencida que caciques, caciques, en Soria ha habido pocos, si no contamos a los caciques políticos. Por ejemplo, hubo uno que, poseyendo información privilegiada y sabiendo que por el Sur de la provincia iba a discurrir el AVE, compró, muchos años antes, las tierras a precio de saldo. Pero, ojo, se las vendieron, y ya volvemos otra vez a los valores de la ecuación. Otros, y no se les puede tachar de aprovechados, vieron la posibilidad de seguir viviendo en Soria, ya en mejores condiciones, con bastantes hectáreas de tierra a su disposición, con la concentración parcelaria hecha, ya fueran en propiedad ya en renta.
En esta provincia de Soria, como habrá sucedido con la de Teruel, Huesca y Zamora, por nombrar a las más significativas en cuanto a despoblación, se desmontó y rehízo, con mayor o menor ventura, todo, por unas u otras causas: la Trashumancia, la tierra en su estructura primitiva, los ayuntamientos, la extracción de resina, las pequeñas fábricas derivadas de ella, y de la grasa. Pero también es necesario contar con el sino de los tiempos, ya no son viables aquellas fábricas que producían productos demandados entonces.
Y ahí está el quid de la cuestión. No es posible volver a una provincia como la del siglo pasado, porque nadie de los que se marcharon volvería para vivir de la agricultura y la ganadería, y mucho menos de la silvicultura. A día de hoy, nos podríamos plantear una pregunta muy sencilla y muy a la orden del día ¿cuándo una pareja de divorcia, después de haberse hecho mil y una putadas, es posible que vuelva a convivir? Yo creo que no, y eso, aplicado al problema de Soria, vale también como pregunta y como respuesta.
Ahora, y aquí, Soria y sus tierras deben plantearse, con el fondo y sustrato de su propia idiosincrasia, otra forma de provincia, y en eso debemos implicarnos todos. En primer lugar los políticos, que para eso precisamente cobran y tienen a su disposición legión de funcionarios para que les solucionen los problemas técnico administrativos y ellos a pensar y diseñar. Después los ciudadanos. Se deberían haber dado cuenta ya los primeros, de que industria grande no va a venir a Soria, si eso no ha sucedido hasta ahora, en las actuales circunstancias mucho menos. O sea, que todos esos millones que llevan años gastándose en polígonos industriales que asoman, como fantasmas, por las márgenes de las carreteras, habiendo asolado primero parajes y montes, es, cuanto menos, dinero muy mal empleado.
Y qué decir de los ciudadanos. Sigo recorriendo las tierras de Soria, he hecho de ello mi forma de vida, no económica, porque me cuesta dinero, y cuándo me preguntan por qué lo hago, siempre respondo que además de porque me da la gana, porque me gusta más que pintar, o hacer macramé, que también cuesta dinero. Hablo con la gente, pregunto sin cesar, y sé que en los pueblos viven muy bien casi sin gente, a la que no echan de menos, porque los ven en verano y otras veces al año, pero casi todos viven con la sensación de que “esto se nos va de las manos y habría que hacer algo, industria pequeña”.
Ahí está la cuestión, y la solución, en la industria pequeña y artesanal, y en vender Soria para el turismo y la Cultura. Cuando digo turismo me refiero a todos, no sólo a los de corbata, como les gusta a algunos intelectuales a quienes también les agradaría que la provincia estuviera aún más deshabitada para ellos poder escuchar el silencio.

Pero la industria pequeña y artesanal, choca en esta tierra con otra presión, la fiscal. Muchos funcionarios para tan poca población. Y esto lo han visto muy bien las tiendas pequeñas de coloniales y esas entrañables casas de comidas que, de ser apoyadas, serían uno de los mayores atractivos turísticos y culturales, por ejemplo. En el 2009 me dirigí al presidente de la Junta de Castilla y León, solicitando exención de impuestos para el pequeño comercio, algo que me impulsó al hacer una visita a casa de la señora Teresa, en Montuenga, después de escuchar la presión fiscal que tenían encima para poder servir unas sopas de ajos, o un pollo de corral, o unos huevos fritos. La respuesta, del director general de Comercio, pronta y educada, todo hay que decirlo, fue recordarme los artículos 31 y 133 de la Constitución. Ya sabemos que los políticos son muy puntillosos a la hora de aplicar la Constitución en casos menores, como este, con lo que se ha conseguido que cierre el setenta por ciento del pequeño comercio en Soria.
Pese a ello, sigo creyendo que son esas pequeñas industrias artesanales, junto con el turismo y la Cultura, los que sacarían a Soria del sopor: queserías, embutidos, repostería, torreznos, picadillo, cardo, miel y derivados, jabón, cerámica y, por supuesto, apoyados por unos políticos que sepan venderlos y dedicar buena parte del dinero que emplean en polígonos industriales, en subvenciones para ellos, siendo como soy reacia a las subvenciones, pero una vez caminando, se quitan, y punto. Sucede que estas pequeñas industrias no dan relumbre a los alcaldes y concejales, y prefieren intentar colgarse unas hipotéticas medallas que no van a llegar nunca.
El otro futuro de la provincia son los parques eólicos, con los que estoy, por edad y educación, completamente de acuerdo. Pero todo tiene su cara y su envés. Como los ayuntamientos se fusionaron y pasaron de unos cuatrocientos a menos de la mitad, es la cabecera la que se hace con todos los ingresos, que no redundan en beneficio de los más pequeños, o agregados, dándose la circunstancia de que un pueblo del Sur ha querido caminar por él mismo, sin haberlo conseguido.
Sé que se está haciendo un gran esfuerzo por potenciar el turismo, y aquí entra en juego, de nuevo, la ciudadanía, más concretamente algunos propietarios de establecimientos hoteleros varios, que tienen muchísimo que aprender, no ya para no cargarse su propio negocio, eso sería lo de menos, y sí para que dejen de estropear la labor conjunta.
Es difícil todo esto, pero no imposible de solucionar. En mi caminar por estas tierras he escuchado quejas, algunas demenciales, como ese hombre que pretende que las tierras que le fueron concentradas a su padre, se vuelvan ahora a dividir en cuatro por cuestiones de herencias. O ese colegio con quince niños, con maestros muy quejosos porque el último curso el alumnado ha aumentado –en tres- y eso les produce mucho trabajo, pero eso forma parte de la solución. Son pequeños salpullidos que no es necesario tener en cuenta.
Dejemos de buscar a los sorianos ausentes, están en Madrid, Barcelona, Bilbao, Navarra, País Vasco…, y si vuelven, es para hacerlo jubilados y pasar los últimos años en la tierra que les vio nacer, que la nostalgia es la nostalgia. Y pongamos las pilas a los políticos, que dejen de perderse en mezquindades y discusiones bizantinas (no está el asunto para reinos de taifas) y busquen muchas soluciones pequeñas para un problema grande. Por cierto, y hablando de ellos, cuando tienen valía, también quieren irse de estos lares. Por ahí tenemos cuneros que, de haber permanecido viviendo la realidad de la tierra, tal vez hubieran conseguido colaborar para conseguir una provincia mejor. Y ahora tenemos en Soria el ejemplo del alcalde, un hombre válido donde los haya y, que por serlo, en cualquier momento dará el salto a la política nacional.
Es el sino de Soria.


jueves, enero 12, 2012

La cadena de Zayas de Torre



Andaban a pasos los de Zayas de Torre arreglando, como cada año, los destrozos de la dehesa, afanados en terminar cuanto antes y sentarse a merendar. Mayores, jóvenes y chavales colaboraban en la hacendera, haciendo cada cual lo más apropiado para su edad y conocimientos. Corría el año 1961. Todo iba quedando en buen estado de utilización, los portillos, la acequia y las alambradas, para que el ganado boyal pudiera descansar después de las duras jornadas, bien provisto de agua fresca y hierba, sin posibilidad de escapar.
 Cuando la faena estuvo hecha, el alguacil llegó con buenas cántaras de vino de parte del Ayuntamiento y los hombres se colocaron formando grupos o corros, según familiaridades, amistades o afinidades. Herminio lo hizo junto a su abuelo Mario, ambos a la orilla del arroyo que iba a desaguar al río Perales. El chaval tenía doce años y le encantaba escuchar las historias del abuelo, y Mario quería mucho a ese nieto que no le tachaba de pesado o de antiguo, aunque los otros nietos sólo lo hicieran con la mirada o la actitud, en aquellos tiempos a los abuelos se les trataba de usted y no se les llamaba pesados.
 Cada cual sacó de la taleguilla lo que las mujeres tuvieron a bien colocarles para merendar y acompañar al vino. Casi todo se componía de productos de la matanza y un buen trozo de pan, sobre el cual se cortaba, con la navajilla, el tocino, el pedazo de lomo, la parte magra de la costilla o, en el mejor de los casos, el trozo de jamón.
 Herminio le pidió a Mario que le explicara de nuevo lo de la cadena de oro que dejaron los moros, y el hombre trasegó un trago de vino de Langa, se pasó la mano sarmentosa, de buen agricultor antiguo, por la boca recia, se apoyó en el chaparro y le contó a Herminio la historia de la cadena.
 Por los tiempos de los moros, le decía, Zayas estaba rodeada de murallas. No se sabe si las levantaron unos u otros, el caso es que estaban y tanto servían para defenderse de unos como de los otros. Cerca de nuestra casa, donde le dicen “Cuesta de la puerta”, había, en efecto, una gran puerta. En una de las ocasiones en que Zayas estaba en poder de los moros, éstos, para que nadie pudiera entrar ni salir por su cuenta, fabricaron una gran cadena de oro y con ella cerraban todas las noches el portón, abriéndolo al día siguiente.  Cuando las fuerzas de los cristianos se adivinaban a lo lejos, más allá del río, y los que en ese momento ocupaban Zayas se dieron cuenta de que no podrían hacerles frente, cogieron la cadena, huyeron al monte, y la enterraron, de forma tal, que nunca nadie ha logrado dar con ella.
 En el paraje que se conoce como “boca de los moros”, donde han aparecido trocitos de tinajas, puntas de lanza y esas cosas pequeñas que parecen tan importantes para los entendidos, buscaron bien a fondo, y nada, nunca apareció. Hasta llegaban a ese lugar gentes de la capital con unos aparatos para detectar los metales, y durante años estuvimos siempre atentos, por si aparecía algo y se lo llevaban. Pero nada, de la maldita cadena nunca más se supo.
 Pues sí que es raro abuelo, dijo Herminio, porque la abuela dice que lo que se pierde siempre acaba apareciendo, mire si han aparecido todas las vírgenes que se enterraron cuando los moros. Ya, ya, pero las vírgenes son de madera y tienen menos valor que el oro, tal vez por eso unas cosas aparecen y otras no.