sábado, agosto 25, 2007

Curiosa escala de valores

Por mucho que me esfuerce en comenzar diciendo lo que voy a decir a renglón seguido, sé que la continuación se considerará políticamente incorrecta. Soy incapaz de matar una liebre, aunque se meta dentro del coche (como de hecho sucedió en una ocasión), tengo un gato al que cuido como él se deja (es callejero), odio las corridas de toros. Me indigno cuando veo abrigos de pieles, odio las matanzas de focas bebes, la última barbaridad que he escuchado es el sacrificio de delfines para vender los ojos como amuletos, me reservo lo que opino sobre los propietarios de cabezas de animales disecadas, colgadas en los salones horteras, y un largo etcétera.
Pero estoy harta de una escala de valores bastante distorsionada, desde mi punto de vista. Mi amigo Gumersindo García Berlanga explica algunos casos con mucha gracia. A mí no me hizo demasiada toparme una mañana en la carretera N-111, cerca de Medinaceli, al salir de una curva, con un todoterreno de guardas forestales, en mitad de la carretera, con las puertas abiertas, intentando coger un águila herida. Esa mañana volvimos a nacer. Es un ejemplo de lo que es llevar las acciones al extremo.
Otro ejemplo sería el motivo por el cual, hace ya muchos años, no se pudo hacer una carretera de tan sólo tres o cuatro kilómetros, que hubiera unido la parte Sur de la provincia de Soria con Caracena. Impacto medioambiental para unos nidos de rapaces.
Y digo esto estando, como estoy, del lado de los ecologistas, y pensando, como pienso, que si no existieran este mundo ya se habría arruinado del todo. Pero vuelvo a los extremos. El último se ha producido, a mi entender, estos últimos días. El protagonista ha sido un tiburón hembra aparecido en las playas de Tarragona. Biólogos y personal técnico han estado pendientes del animal varios días. Finalmente y con gran esfuerzo, lograron capturarlo. Fue transportado en un vehículo especial, cuidado por más técnicos –o los mismos- con un aparato que le iba proporcionando el oxígeno necesario, o lo que necesitara. Una vez en Barcelona, lo trasladaron a la UVI de animales, lo acompañaron durante unas horas en piscinas especiales hasta que, finalmente, el animal pasó a mejor vida, momento en el cual le practicaron la necropsia para ver la causa de la muerte, entre ellas, el haberse tragado un anzuelo.
No sé el dinero que habrá costado todo esto. Supongo que todos los especialistas que han intervenido en el proceso están donde están precisamente para eso, para cuidar de ese pobre tiburón y, sobre todo, de todos los animales en peligro de extinción.
Creo que el animal que está más seriamente amenazado es el humano. Creo, también, que todos estos esfuerzos, todas estas actuaciones desmedidas, son producto de la confusión en la que navegamos los humanos, de querer abarcar –y tratar de dar solución- a todos los problemas que nosotros mismos hemos creado, de obviar lo fundamental para dedicarse a lo accesorio.
He escuchado demasiadas veces esa soberana tontería de muchos que prefieren los animales a los humanos, algo que me parece una carencia de empatía –como mínimo- de los que lo dicen, una dificultad, a veces patológica, para relacionarse. Mientras una sola cría de la especie humana sufra –y hay millones- creo que ese hecho es el fundamental y a ese hecho hay que dedicar todos, y digo todos, los esfuerzos, tanto oficiales como particulares.

martes, agosto 21, 2007

De qué nos evadimos

Hace ya demasiado tiempo que escucho, o leo, decir a personas de distintas edades y condición social, que viendo tal o cual programa de la televisión –ya sea telebasura, fútbol, o corridas de toros- lo que pretenden es evadirse.
He mirado las acepciones que para el término evadir da el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Son cinco, a saber: Evitar un daño o peligro. Eludir con arte o astucia una dificultad prevista. Sacar ilegalmente de un país dinero o cualquier tipo de bienes. Escaparse. Desentenderse de cualquier preocupación o inquietud.
Supongo que la mayoría se refieren a la última, desentenderse de cualquier preocupación o inquietud. Podría ser que esto fuera aceptable cuando la evasión dura un tiempo prudencial al día, más una parte de los fines de semana, puentes, vacaciones de verano e invierno, y demás etapas de ocio. El resto, digo yo, habría que dedicarlo precisamente a lo contrario, o sea, a inmersionar en la profundidad de los problemas que vivimos, no ya las clases altas, medias, medias-altas y medias-bajas, sino, por ejemplo, los millones de españoles que todavía viven por debajo del umbral de la pobreza. O los que llegan a nuestras costas en pateras, o los que mueren a decenas en medio del océano. O lo que está sucediendo en el mundo, al lado nuestro, a cuatro pasos como quien dice, donde la gente se mata por centenas, se muere de hambre. Porque, no nos olvidemos, de lo que pasa en el mundo somos responsables todos, unos por acción y otros por omisión. Es como si uno entra en casa, ve a los hijos apaleándose, y en lugar de poner orden, se coloca los cascos y espera que el conflicto se solucione solo.
Por otro lado, este pasotismo, en una sociedad occidental (la que comprende a las clases con los problemas básicos mínimamente solventados) tan absurda, en la que casi nada tiene demasiado sentido, es un acto de negligencia, de desidia y, en muchas ocasiones, de idiotez, porque esa apatía que obliga a la gente a sentarse delante del televisor podría convertirse en un revulsivo contra la absurdez del parte del mundo occidental en el que nos dejamos caer.
He leído mucho sobre la CNT, sobre la República, sobre los obreros, y tal vez porque no tenían televisión (quiero creer que no), la gente se dedicaba a ilustrarse en los ateneos. En Soria había uno, los libros fueron tirados a la calle y quemados, creo que en mitad del Collado, por unos simpáticos señoritos que vestían de azul. Además de eso, asistían a conferencias (hasta Machado dio alguna para ellos), a manifestaciones, representaban obras teatrales, a simpatizar con los problemas de los demás, que consideraban como propios. ¿Alguien recuerda ahora que entonces, estos obreros trabajaban cincuenta o sesenta horas a la semana y sólo libraban los domingos? Pues aún tenían tiempo para educarse y ser solidarios.
Sólo con que cada cual, desde su campo de acción, robara a la evasión, léase jodida televisión, un par de horas al día, e hiciera algo por tratar de solucionar lo que pasa en el mundo, a veces a dos pasos de ellos, el mundo sería mucho más habitable.
Recuerdo el poema de César Vallejo “Un hombre pasa”. Búsquenlo. Está escrito antes de 1938, fecha de su muerte. Voy a recordar sólo un pequeño trozo.

Un albañil cae de de un techo, muere, y ya no almuerza.
¿Innovar luego el tropo, la metáfora?
Un paria duerme con el pie a la espalda.
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?
Alguien limpia su fusil en la cocina.
¿Con qué valor hablar del más allá?

sábado, agosto 11, 2007

Muerte de un amigo y un hombre íntegro

Don José Martínez Quesada falleció el pasado mes de julio. Alguien podría preguntar ¿quién fue este hombre? No tenía relevancia política, ni intelectual, lo cual, a mi entender, le honra más. Era, fundamentalmente, un hombre íntegro, y eso, por desgracia, vende poco. Y era el padre de un buen amigo mío, además de nacido en la provincia de Jaén, o sea, paisano, aunque, como yo, vivió buena parte de su vida en Soria.
Aquí, en Soria, formó parte durante muchos años de la Banda Municipal de Música, su nombre y alguna foto, aparecen en la reciente publicación sobre la agrupación musical, cuyo autor es un jovencísimo Norberto Francisco Moreno Martín. Trabajó, además, en el Colegio Oficial de Médicos, donde le recuerdan con gran afecto.
Pero lo que me interesa reseñar de don José es su honestidad, su integridad, su forma de vivir en contacto con la naturaleza. Era un caminante impenitente, y su lugar preferido fue siempre la Sierra de Santa Ana. Tanto, que con sus propias manos construyó un refugio de piedra donde, de cara al río Duero y a la vieja ciudad castellana, don José reflexionaba, descansaba y contemplaba. Ese refugio, que servía a él y a todos los caminantes de descanso y protección, hace poco que ha sido arrasado por el fuego, de forma premeditada, un acto de gamberrismo, por ser moderada en el adjetivo.
Su otra pasión –además de la familia- era la música. Me ha dicho Santiago Cabrerizo –compañero suyo en la banda- que nadie como él hacía los solos de clarinete. Conservo un libro regalado por don José sobre Pau Casals, y dedicado por él “A mi gran amiga”.
Don José Martínez Quesada era viudo de una mujer sencilla, muy guapa, a quien yo también apreciaba mucho, Josefa Ortega, la señora Pepa. Les recuerdo paseando cogidos del brazo.
Creo que don José nació ya de izquierdas y republicano, y murió de la misma forma. Su despedida fue exactamente como él quiso. Al morir le envolvieron en la bandera republicana. No hubo ningún acto religioso. Fue incinerado acompañado solamente por la familia y algunos amigos muy íntimos, entre los que me encuentro. Una de sus nietas, con voz rota, recitó un poema de Machado
"Mediaba el mes de julio.
Era un hermoso día.
Yo, solo, por las quiebras del pedregal
subía, buscando los recodos
de sombra, lentamente.
A trechos me paraba para
enjugar mi frente y dar
algún respiro al pecho jadeante; o
bien, ahincando el paso, el
cuerpo hacia delante y hacia
la mano diestra vencido y
apoyado en un bastón, a guisa
de pastoril cayado, trepaba
por los cerros que habitan
las rapaces aves de altura,
hollando las hierbas
montaraces de fuerte olor
-romero, tomillo, salvia, espliego-.
Sobre los agrios campos
caía un sol de fuego."
Antonio Machado. Soria. Cerro de Santa Ana, 6 de julio de 2007
Después de su lectura, la nieta, con voz quebrada, pero firme, miró el ataúd de su abuelo, instantes antes de convertirse en cenizas para después ser mezcladas con el romero, el tomillo y otras hierbas, y gritó ¡Viva la República!
Unos sinceros aplausos despidieron para siempre a un hombre bueno, a un republicano impecable, a un amigo sincero.
Hasta siempre, don José.

martes, agosto 07, 2007

Esa gentuza incendiaria

¿Qué pasa por la cabeza de un ser humano cuando, cerilla en ristre, prende fuego acá y allá? ¿Y cuándo ver arder el bosque, la vida, el oxígeno, el bien más preciado para la vida? ¿Cuándo observa a los bomberos jugarse la vida y la salud tratando de remediar la catástrofe, sin conseguirlo hasta que el fuego ha devorado miles y miles de hectáreas? ¿Y cuándo ve a las personas llorar porque han perdido su casa y con ella su vida, su historia?
No puedo comprenderlo. Me dicen que en los arcanos del ser humano hay agazapado un pirómano, puesto que al tratarse de un trastorno sobre el control de los impulsos, a veces, a lo largo de nuestra vida, se puede presentar. Esto puedo entenderlo.
Pero también me comentan que la mayoría de los incendios no son provocados por pirómanos, sino por incendiarios, o sea, por gentuza que lo único que buscan es hacer daño. Son “El hombre de estos campos que incendia los pinares/y su despojo aguarda como botín de guerra,/antaño hubo raído los negros encinares,/talado los robustos robledos de la sierra”. Así los definió Antonio Machado a principio del siglo XX, y todavía sirve, y servirá, al parecer, por los siglos de los siglos.
Hay que decir, no obstante, que por aquellas fechas la conciencia ecológica no existía, o no era voceada. Que los bosques eran más compactos, que el peligro de la desaparición de ellos no se veía como algo peligroso, muy peligroso.
El terrible incendio de Guadalajara, hace algunos años, que se llevó por delante a doce personas, no fue provocado directamente, pero la culpa de que se incendiara el bosque la tuvieron un grupo de señoritos ociosos madrileños quienes, a pesar de las observaciones del guarda forestal, encendieron una barbacoa para degustar sabrosos productos a la brasa. Una imprudencia como otra cualquiera si no hubiera sido porque les costó la vida a muchas personas. El gilipollas de turno, que se autoinculpó en un gesto que le honraba, gracias a su abogado, donde dijo digo, dice diego, y no se sabe que habrá sido de él y de su conciencia, si es que la tiene. Ya lo dijo un escritor barcelonés del que no recuerdo su nombre “la delincuencia no acabará hasta que no entre en la cárcel el delincuente y su abogado”.
Estos de Canarias, que han achicharrado parte de las islas, al parecer han sido provocados. Uno de ellos, el más voraz, por un individuo, por un criminal, a quien no le gustó que le rescindieran el contrato de trabajo.
No sé de cuántos años –espero que sean años- será la sentencia, pero este delito lo es contra todos, no sólo contra el bosque y sus árboles. Yo, desde Soria o desde Creixell, me siento víctima de este delincuente. Sé que las cárceles están llenas de jóvenes que se han llevado mil, dos mil o cincuenta mil euros de un banco, o de chavales que “traficaban” con hachis. Estoy en contra de las cárceles, pero ya que existen, espero y deseo que se vacíen de muchos de los que ahora las habitan y se vayan llenando con esta gentuza.

¿Qué hacemos con el turismo?

Guste o no el turismo, parece ser que Soria apostó por él en un momento determinado, y se pasó a la puesta en marcha de casas rurales, a la ampliación de plazas hoteleras, a la oferta culinaria propia, a la escenificación de mercados medievales y tradicionales, y demás atractivos que hicieran posible el llenar esas ofertas.
A nosotras nos llegan peticiones de rutas, lugares para visitar y establecimientos donde dormir y comer. Atendemos escrupulosamente las peticiones, a excepción de los establecimientos hoteleros, por razones obvias: vivimos en nuestra casa, no pernoctamos en ninguno y, francamente, comemos pocas veces fuera.
Pese a eso, luego nos cuentan cómo ha ido el viaje y todos han quedado encantados con el románico, el paisaje, los ríos, y demás patrimonio. Con el ruego de que no lo publiquemos, también nos escriben sobre dónde han dormido, comido y el trato recibido. Con demasiada frecuencia para nuestro gusto, hay quejas. Y las hay sobre muchos aspectos, el precio en los restaurantes entre ellos, las dificultades para visitar iglesias notables, pese a las subvenciones con dinero público para su restauración. Las dos últimas han sido sobre un camping y su suciedad –referente al año pasado- y la otra sobre los ruidos y estrecheces de una casa rural, visitada hace quince días.
Cualquier casa no sirve para turismo rural, como su nombre indica. Una de las virtudes que ha de tener es el contacto con la naturaleza y el silencio, no se puede habilitar una casa en mitad del pueblo rodeada de establecimientos ruidosos.
Comprendo los lamentos del sector, ya que la mayoría lo hace bien y no ve suficiente respuesta. Pero creo que sería necesario que ellos mismos reflexionaran y, en lugar de culpar del relativo fracaso –o no tan relativo dada la ocupación anual confesada- a las instituciones, dieran toques de atención a aquellos de su gremio que no cumplen con las mínimas condiciones comerciales y éticas exigibles para con sus clientes.
Nosotras, que llevamos diez años apostando por Soria y sus recursos culturales y artísticos, sin anuncios en nuestro web, sin apoyo alguno, valiéndonos exclusivamente de nuestro tiempo y esfuerzo, sin que todavía organismo alguno se haya dignado enviar un mensaje de reconocimiento, nos sabemos con todo el derecho para hacer una llamada de atención al gremio de hostelería y turismo. Y lo hacemos por gratitud a nuestros seguidores, a los amigos que nos visitan, nos consultan y nos agradecen, esos que, con su ánimo, han hecho que nos mantengamos diez años en la red. Hace pocos días recibimos el mensaje de una soriana residente en Bilbao, en el que nos decía que pidiéramos a determinada institución que nos diera el dinero a nosotras y cerraran su web.
De nada valen nuestros esfuerzos y los de otros compañeros en la red, ni los del Patronato y otros organismos, mientras los que tratan directamente con el público no se esmeren lo suficiente.

martes, julio 24, 2007

Las madres de Pakistán

Del asalto a la Mezquita Roja, en Pakistán, días pasados, a decir verdad me interesan pocos aspectos. Sé la importancia –incluso trascendencia- que para el mundo Occidental tiene todo lo que sucede en el musulmán integrista, pero analistas tienen san Internet y otros medios de comunicación, con más conocimientos que yo en este y en tantos otros temas.
Me interesa, y mucho, el vídeo y las fotografías de las madres pakistaníes –mujeres que llevan la shariah a rajatabla- incitando a sus hijos, jóvenes, niños algunos, fusiles y otras armas en las manos, a la yihad.
Por un lado se puede deducir de esta actitud que estas mujeres –o la mayoría de ellas- se encuentra a gusto con su situación, con el estado de cosas terribles que viven, por lo que, muy al contrario de lo que opinaba mi querida Carmen Sancho de Francisco en sus clases de Geografía Humana, no es necesario luchar por ellas. Carmen –magnífica docente, recuerdo muy bien ese día en la UNED- se empeñaba en que era necesario abrir las puertas de algunos países musulmanes –recuerdo perfectamente que se refería a Arabia Saudita- y hacer ver a las mujeres su condición de inferioridad en la que vivían. Pues parece que a muchas de ellas eso no les interesa.
Por otro lado, como madre y abuela, me ha impresionado hasta lo indecible esa actitud de las madres pakistaníes incitando a sus hijos, hasta la muerte si fuera preciso, en nombre de una religión en la que, casi seguro, no se les pide tanto, o no se les pedía tanto en sus orígenes. Sacrificar a un hijo en nombre ¿de qué o de quién?
Es terrible. Siempre he creído que si las mujeres quisiéramos no habría guerras. Que si las madres nos tumbáramos, arropándolos, encima de los cuerpos de los hijos, ningún ejército se los podría llevar hacia la muerte de ellos, o de otros, hijos también o, en el mejor de los casos, hacia la destrucción de todo lo que encuentran a su paso.
Tal vez, desde mi postura de mujer occidental no puedo entenderlo. Quizá, si lograra hablar con ellas y que me explicaran. Pero, por ahora, esas actitudes no me interesan, ni quiero comprenderlo todo.

El ruido de las ciudades y la educación para la ciudadanía

Un estudio de la OCU dice que un veinte por ciento de los ciudadanos europeos están sometidos a contaminación acústica y que veinte millones sufren graves alteraciones del sueño y pueden acabar –de hecho acaban- sufriendo enfermedades tales como pérdida de capacidad auditiva, reacciones por estrés, alteraciones del sueño, funciones mentales afectadas.
Por pequeñas que las ciudades sean, por ejemplo Soria, el ruido, sobre todo en verano, resulta insoportable, sobre todo si se vive en el primer piso de un edificio viejo, en una calle que es de doble dirección, y que se dirige hacia la zona que se ha convertido en la más habitada de la capital, alrededor del Hospital viejo, o de la carretera de Logroño.
No sólo la calle Clemente Sáenz –a la que me estoy refiriendo- sufre el acoso del estrépito y el ruido. Parece que la ciudad termina en la plaza del Rosario y Tejera, y de ahí para arriba la Policía Municipal ni se conoce las calles. Tanto es así, que un día, hará más de un año, vi a un agente y le di las gracias, pero resulta que estaba controlando el derribo de una casa vieja.
Por la zona Norte de la ciudad circulan las motos a escape libre en busca del barranco que hay Mirón abajo, detrás de la colegiata. El ruido a veces es tan ensordecedor que tiemblan los cristales, y es cierto. Los vehículos de cuatro ruedas –ahora se han sumado los quads- al no encontrar ningún paso de peatones desde el inicio de la calle de Las Casas hasta la carretera de Logroño, ni bandas sonoras, ni semáforo intermitente, alcanzan –sobre todo en la madrugada- velocidades que, como conductora experta (treinta y cinco años de permiso de conducir y muchos miles de kilómetros a la espalda), puedo calcular, a ojo, que superan los ciento veinte kilómetros.
La noche-madrugada sigue con el camión de la basura que pasa, según sea verano o invierno, entre la una y las dos de la madrugada. Se me dirá que esto es inevitable, pero recuerdo que hace ya muchos años, Segovia encontró la forma y manera de que se recogiera la basura a horas menos intempestivas y con unos vehículos silenciosos. Y se completa –la noche-madrugada- con las personas ociosas que recorren las calles a grito pelado o tocan los timbres de los porteros automáticos –yo hace tiempo que desconecté el mío- o con los portazos en los vehículos, cuyos propietarios mantienen el contacto mientras se despiden de la novia o esperan que bajen los que ha venido a recoger. Da igual la hora que sea. Por no hablar de las televisiones a todo volumen, cada vecino con una cadena distinta.
Podríamos seguir con los ruidos innecesarios durante el día, como si esos no molestaran. Y aquí nos encontramos con los jubilados gozosos que se entretienen arreglando cosas innecesarias a golpe de taladro eléctrico. O abriendo, una y otra vez, zanjas. Todo está en construcción. Este país está en construcción desde hace cuarenta años y no acabaremos nunca.
De todo esto se deduce, en primer lugar, la falta de educación ciudadana, pues todos y cada uno de nosotros somos responsables de nuestra ciudad. En realidad no debería hacer falta que policía alguna estuviera por las calles, con que cada cual se supiera comportar con educación sería suficiente.
Por eso creo necesario, imprescindible, esa asignatura que debe ser obligatoria, para la educación de la ciudadanía. La cuestión religiosa, y por tanto espiritual, debe ser cosa de cada familia primero, y de cada uno después. El ser un ciudadano educado nos atañe a todos.

viernes, julio 06, 2007

Las Fiestas de San Juan y su pureza

Vaya por delante que cada año entramos en fiestas tres personas de mi casa, a saber, mi madre, mi hijo y yo. Antes entrábamos dos, pero desde el año que ganó el cartel más bonito –desde mi punto de vista- de toda la historia de las fiestas, mi hijo se agregó a eso de pagar. Por aquello de compensar, ya que muchos buenos sanjuaneros se molestaron y amenazaron con no entrar en fiestas, porque un personaje del cartel llevaba una camiseta donde ponía “No a la guerra”. Vivir para ver.
Este hecho de entrar en fiestas no quiere decir que me gusten ni que me dejen de gustar, sencillamente lo consideramos en casa como una muestra de buena ciudadanía. Ni voy a los toros, ni subasto, ni participo en nada, pero respetuosamente aguanto las molestias y comprendo que los sorianos vivan, quieran y disfruten sus fiestas, y colaboro.
Pero llega un momento que no se puede estar callada, sobre todo cuando algunos se empeñan en que las fiestas sean como ellos quieran y los añadidos y pegotes sean aquellos que les parezcan oportunos a unos pocos.
Acabo de leer el libro de mi buen amigo Joaquín Alcalde “De la Saca a las Bailas. Ni usos ni costumbres”. En él se hace un buen repaso de lo que eran y son las Fiestas de San Juan. Como es natural, con el paso de los años se han perdido unos usos y se han incorporado otros.
El Lavalenguas no existía, el desencajonamiento tampoco, el pregón nada de nada, el sábado no había corrida de toros. En cambio, los caballistas abrían, el Jueves la Saca, la comitiva por el Collado. El toro enmaromado se ha perdido, la costumbre de las bengalas también. El Domingo de Calderas hace mucho que dejó de ser Domingo de Caridad. Esto sólo por dar unos apuntes. Y qué decir del papel de la Iglesia, si son fiestas paganas nadie entiende las interminables procesiones del Lunes de Bailas.
Pero, insisto, mi respeto a las costumbres, y que cada cual celebre las fiestas como quiera. Y aquí viene el quid. Si de unos años aquí se han añadido homenajes, celebraciones y añadidos para mayor lucimiento ¿por qué no se deja que los jóvenes hagan los suyos?
Creo que a los puristas les debería preocupar que la parte de las fiestas comprendidas en los usos y costumbres –Saca, Agés, Calderas- lo poco que van quedando, se mantenga lo más pura posible. Si en medio, los jóvenes se pasean o no disfrazados, es algo accidental, algo que va con los tiempos y que no tiene la menor importancia. Tendrían que comprender que a los muchachos, los que se dejan la paga en bares, tiendas y discobares, les guste celebrar las fiestas de otra forma. Podría ser que se aburrieran con interminables desfiles, viendo cada año a las autoridades probando calderas, besando y entregando ramos de flores. Resulta que los jóvenes que se disfrazan, o se lanzan agua con pistolas de plástico, no interfieren con los puristas, que llevan camino de convertirse en fundamentalistas.
Ya les quitaron los tastarros, ya impidieron que desfilaran con las motos, ya les prohibieron los polvos de talco, todo ello, ciertamente, era molesto, excepto los tastarros, que todavía no acabo de entenderlo, pero es que demonizar también los disfraces me parece pasarse de rosca.

jueves, junio 14, 2007

La oscuridad de los anónimos

Vaya por delante que este blog es identificable. La persona que en él escribe tiene nombre y apellidos. Todo lo que en él se publica está suscrito por Isabel Goig Soler. O sea, en él se da la cara, que es la actitud que siempre he tenido ante la vida. Aunque ello ya me llevara a sentarme en el banquillo para responder por lo que escribía. Es una forma de ser. En la arena y no en la barrera. Esto, queda claro, no es un chat.
De todas las barreras de la vida, la más repugnante es la del anonimato, entendiendo por tal la actitud de determinados seres siniestros quienes, amparándose en él, aprovechan las puertas abiertas, de par en par, para inocular su particular veneno, casi siempre el veneno de la injuria, de la calumnia, respondiendo con ataques personales a razonamientos, incluso jurídicos.
El ser humano inventa cosas maravillosas, ingenios que hasta hace pocos años, ni siquiera se llegaban a soñar. Y parte de ese conjunto de seres humanos utilizan esos mismos inventos para sus particulares tejemanejes, llevándolos, a los inventos y a ellos mismos, a la categoría de basura.
El mundo virtual es una buena prueba de ello. Se ha convertido en el escondrijo de los pederastas, de los terroristas, de los traficantes y de los seres anónimos sin agallas, que se vuelven locos delante de un teclado, que se esconden como las ratas hasta de ellos mismos, para lanzar sus frustraciones, sus envidias, su mala leche y sus calumnias a los cuatro vientos. Son los Cepunto, Elepunto, Emepunto de la vida, la escoria.
Gente sin luz, gentuza que como las codornices, enturbian el agua para evitar que beban las que llegan detrás. Enfermos a los que, si se les estrujara, producirían un muestrario completo de sustancias. Hasta aquellos personajes metafísicos que los autores franceses sacaban en las comedias, llamados “malasbocas”, tenían cara y ojos. La gente de los anónimos venenosos son aquellos que queman los pinares con alevosía, son sucesores directos de los que, en plena contienda civil, sacaban por las noches a las personas de sus casas para darles un tiro anónimo. No nos quepa duda que de repetirse aquella guerra, estos solventarían sus cuestiones personales de la misma forma.
Siempre que pienso en estos ruines recuerdo a María, una mujer de un pueblo de Tierras Altas que vivió a principio del siglo pasado y murió siendo todavía joven, de depresión, porque los antecesores de la gente que ahora deposita el veneno virtual, los malasbocas, dieron en calumniarla con amores ilícitos mientras el marido conducía el ganado a extremo. Todavía su hija enseña la foto con sus padres, reclamando la confirmación de paternidad con un ¿nos parecemos, verdad? La tengo por bandera y siempre que puedo le rindo un pequeño homenaje.
También recuerdo una época (sería a final de la década de los ochenta), en la que miembros de un partido político soriano enviaban anónimos a diestro y siniestro. Siempre he dicho que en el mundo rural, endogámico, se sabe hasta lo que no es, y finalmente se supo, se murmuró quienes fueron, tratando de evitar que un miembro de ese partido, ajeno al cogollo, se presentara para un puesto de relevancia, si es que la política provincial soriana tiene alguna.
Y aún me tocó vivir, directamente, otros episodios de anónimos. Fueron dirigidos al propietario de un periódico –por aquel entonces mi marido- quien jamás negó la publicación a nadie, dijera lo que dijera, aunque fuera en contra de él, siempre y cuando estuviera firmado con el nombre y los dos apellidos, como hacía él. Pero no, usaron los anónimos.
Una no puede dejar de romper una lanza aquí a favor de todos los periodistas, sean del color que sean, defiendan lo que defiendan. Personas que cada día, desde los periódicos, desde las radios, desde las televisiones, suscriben todo lo que dicen. Eso es verdaderamente grande y además rico e interesante, pues con las mismas armas, el nombre y los apellidos, se puede llegar a producir intercambios de opiniones e ideas, acercamientos o alejamientos, pero siempre a cara descubierta.
Este blog pretende parecerse a eso. Aquí tienen cabida todos los comentarios, pero, cuando sean venenosos han de ir firmados, suscritos, pues en caso contrario desaparecerán de la visión. La puerta está abierta, se puede entrar sin llamar, pero una vez dentro hay que guardar la cortesía y la buena educación.
Y una última cosa, dicen los antiguos que la lengua de camaleón, arrancada en vivo, servía para que el que la poseyera ganara un pleito.

La decoración de las ciudades, villas y aldeas

Ignoro si en algún momento de nuestra historia se pondrán en valor, para dedicar al turismo cultural, algunos de nuestros pueblos, pero me temo que va a ser muy difícil. Salvo los que ya se han convertido en tradicionales, o están fuertemente protegidos por las leyes, algunos de l’Ampurdà en Catalunya, o monumentos concretos, como los Arcos de San Juan de Duero y la iglesia de Santo Domingo en Soria, por poner unos ejemplos, el resto del suelo patrio está dejado de la mano de los políticos.
A los alcaldes y regidores de urbanismo paletos y desaprensivos, al dinero sin ética ni estética, que parece sobrar por doquier, se les une, o lideran, las compañías eléctricas, que llevan años decorando bosques, calles y fachadas.
Como compañías capitalistas que son, su gestión debe presentar resultados positivos para los accionistas, dividendos creo que se llama eso. Lo demás importa poco. Si acaso, con dedicar unos pocos euros, una limosna, para apoyar tal o cual causa, sin demasiado fondo pero con forma colorista, les parece más que suficiente.
Los cables eléctricos acompañan al viajero. Nosotras los hemos sufrido ahora en nuestro recorrido por l’Alt Camp, están, como Dios para los creyentes, en todas partes y lugares. Los hemos visto y escuchado silbar, por mitad del monte, en forma de cableado de alta tensión, acompañando al castillo de Saburella o cualquier otro, no recuerdo bien. Se sabe que pueden provocar, y de hecho sucede, incendios forestales en pleno verano.
Pero donde lucen más hermosos es en el centro de los pueblos y ciudades. Sus postes, de madera u hormigón, se comen las aceras. El cableado cruza las calles en filigrana curva, caída y lineal y se apoya en las fachadas. Si un ciudadano pide aumento de potencia, sin ningún problema, se instala un cable más gordo, se coloca otro parche en la asaeteada fachada, y listos.
Si han de llevar electricidad a una finca rústica, se tira de nuevo de cable, se pasa por encima de cerezos, almendros, avellanos y lo que haga falta, se adorna el aire, y para adelante. Y se cobra ¡ojo!, se cobra todo, en plan capitalista, aunque la instalación sea una chapuza.
Hace muchos años que se reclama, sobre todo en algunos pueblos, que el cableado se soterre. Sugerir que se aproveche una de las múltiples veces en las que se destripan las calles para… ¿para qué? No sé, para arreglar los desagües, o la instalación del aagua, o del gas, es pedir demasiado. Eso significaría ahorrar dinero público, y el dinero, cuando es público, no se ahorra, se derrocha. Sea aprovechando el destripe, sea haciéndolo de nuevo, sería muy de agradecer que directivos y accionistas de las compañías eléctricas dejaran de ganar un poco y se fijaran en algo más que en sus Mercedes cuando van por la vida, o sea, que subieran la cabeza y vieran en qué han convertido los pueblos de este país, sus monumentos, sus calles, sus montes.
Sólo se les pide que mantengan lo público como hacen con sus casas. No creo yo que los jardines, piscinas y fachadas de sus chaletes estén decoradas como lo están los pueblos. Pero si ellos no lo hacen, que les obliguen. Parece que vivamos en una anarquía, pero capitalista y tolerada sólo para ellos. Esto es un sinsentido alucinante. Si a un señor le da por ganarse la vida montando un puesto de churros en mitad de la calle, segurísimo que no lo consigue, le fríen como a la masa. Ahora si a un grupo de mangantes de la categoría que sea, pero cotizando en bolsa, se le ocurre defecarse encima de cualquier monumento, incluso de nuestras cabezas, aquí no ha pasado nada.