El letrerito de la foto está colgado en unos soportales, a dos pasos de la entrada al Ayuntamiento, de un lugar de Tierras Altas. Quiero creer que el teléfono lo han hecho desaparecer, o bien los propios vecinos, o bien alguna autoridad municipal, con el fin de evitar que quienes lo han colgado vean satisfechas sus intenciones.
No se trata del anuncio en sí, como papel que se pega para dar a conocer alguna actividad, lo que choca. Es que, en una zona donde la población puede que no alcance los dos habitantes por kilómetro cuadrado, y donde abundan los despoblados, este tipo de anuncios son, si no ilegales, sí tendenciosos. Se trata, ni más ni menos, que otorgar legalidad a la compra de bienes comunes que no deberían estar en venta.
Entre “monedas y billetes fuera de uso” y “cosas viejas”, también compran “figuras de santos” y “antigüedades”. Ahí está el quid de la cuestión. No creo que estén interesados en figuras de san Antonio, o de san Bartolomé, o de la Inmaculada, hechas en yeso, que es aquello que habitualmente las personas tienen en sus casas. Pienso que estarán más interesados en imágenes góticas o románicas, en cruces de plata, o en casullas bordadas en seda, por ejemplo, que son de propiedad común.
Y digo común, o del pueblo, porque existe descuido o indiferencia por parte de las autoridades civiles en intervenir en aquello que consideran propiedad de la Iglesia. Nada más alejado de la realidad, lo de la propiedad de la Iglesia, me refiero, y lo digo sin ninguna acidez, sólo a modo de información que, estoy segura, todos tenemos aunque la olvidemos.
Cuando se levantaron las iglesias románicas, o las catedrales góticas, e incluso la renacentistas y neoclásicas, y se decoraron los interiores con imágenes y retablos, y se acomodaron en las cajoneras de las sacristías las vestimentas litúrgicas, la Iglesia eran todos, no había forma de manifestarse ateo o agnóstico, aunque se fuera por convicción. Tampoco existía, para el pueblo, más arte que el religioso. El patrocinado por la realeza o la nobleza era de ellos, y sigue, bien protegido, en museos y palacios. El pueblo, repito, sólo tenía acceso al arte religioso, véase si no las distintas exposiciones de las Edades del Hombre. Y era el pueblo, precisamente, el que había financiado todo el arte sacro a través de los impuestos de diezmos y primicias (1), de los que nadie se podía evadir. Y esos impuestos pagados en especies se hicieron efectivos, religiosamente, nunca mejor dicho, durante la friolera de nueve siglos, desde el XI al XIX. Por eso, sin discusión, todo el arte religioso es patrimonio común, aunque hayan sido los curas y obispos los primeros en disponer de él. Como fue, por ejemplo, el caso de la iglesia de San Clemente, en Soria; la ermita de Parapescuez, en Aldehuela de Calatañazor; la de San Esteban, en San Esteban de Gormaz; la de Rejas de San Esteban, por hablar sólo de edificios.
Aquí y ahora, en estas tierras de Soria despojadas de buena parte de su patrimonio artístico, creo que es llegado el momento de que las autoridades civiles tomen cartas en el asunto y se acabe de una vez por todas con el expolio. Y para eso, y puesto que ese patrimonio es de todos, los primeros en implicarse deberían ser los propios vecinos con sus autoridades locales a la cabeza. Comprendo el aprecio que existe en los pueblos por sus imágenes, por sus insignias, cruces y demás patrimonio, pero el problema está en los amigos de lo ajeno, y será preferible mantenerlo lejos que perderlo para siempre. Y cuando digo lejos, me refiero, por ejemplo, a depositarlo en el Museo de la Catedral de El Burgo de Osma, en la sede de la Diócesis.
Otra solución sería la creación de un museo del románico en algún lugar de esta provincia, donde las piezas, todavía abundantes, estuvieran expuestas, protegidas y restauradas cuando fuera preciso. Estoy pensando en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, sito en el Parque de Montjuich, donde se depositaron imágenes y pinturas de las pequeñas iglesias desperdigadas por toda Cataluña, como es el caso de las del valle de Bohí, donde dejaron copias de las pinturas murales. Otra muestra de lo que digo –que no un ejemplo a seguir- es el Museo Marés (2), también en Barcelona, donde se exponen numerosas piezas, en especial de estilos románico y gótico, de procedencia, unas Castilla, y otras “desconocida”, aunque sea vox populi que ese desconocimiento no es tal, y su auténtica procedencia sea Soria.
Pese a que los políticos se siguen empeñando en la instalación de fábricas, que no llegan, y en la puesta en marcha de polígonos industriales, que ni se median, es la pequeña industria artesanal y la familiar alimenticia, junto con el turismo, lo que puede tener futuro, de hecho tiene presente, en Soria, y más tendría si algunos propietarios y/o gerentes de establecimientos acabaran profesionalizándose de verdad, y los precios se adaptaran a la realidad de lo ofertado. No cabe ninguna duda, que en estas tierras, donde el patrimonio inmueble de románico es abundante y rico, aunque en la mayoría de los casos sólo se pueda visitar la parte exterior, un museo de arte que agrupara las piezas que todavía no han desaparecido, sería un aliciente nada desdeñable.
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P(1) Para una población de 34 vecinos, en el siglo XVIII, sólo los diezmos suponían, cada quinquenio: 205 medias de trigo común, 103 de trigo centenoso, 50 de cebada, 18 de avena, 3 celemines de yeros, 3 corderos merinos, 6 corderos churros, 3 chivos, 9 pollos, 3 cerdillos, 6 libras de lino. Se repartían, una parte a la mitra y dignidad de la ciudad de Calahorra, y dos partes al cabildo eclesiástico de las iglesias unidad de Santa María y San Lorenzo de Yanguas para ser distribuidos entre los beneficios curados.
(2) (2) Frederic Marès (Gerona, 1893-Barcelona, 1991), fue un escultor y restaurador de las tumbas reales en el Monasterio de Poblet. Se hizo con el patrimonio castellano durante los años 1920-1940, donando el museo que había diseñado con ellas en 1946 a la ciudad de Barcelona.
