lunes, marzo 12, 2007

¿Por qué Mallorca no es todavía Patrimonio de la Humanidad?

Al aparecer Mallorca en mi blog con frecuencia, se entenderá que, como tantas otras personas, quedé fascinada por la belleza de la isla. A esta fascinación debe añadirse la que siento por su monarquía medieval legítima (gracias a mis amigos Pep Mas, Miquel, Climent Picornell), que finalizó con Ysabillis, regina maioricorum, allá por el 1404, cuya figura ocupa (gracias de nuevo, Pep), buena parte de mis dos últimos años de vida.
Como leo todo lo que se posiciona, o posiciono, ante mis ojos, sobre esta bellísima isla, y como la he visitado dos veces y pienso volver en breve, me pregunto (y conmigo seguro que lo harán millones de personas) ¿Por qué no es todavía Mallorca patrimonio de la humanidad?
Pues no hallo respuesta. O sí, pero resulta duro. La especulación, seguro que se trata de la especulación urbanística. “Toda Mallorca está en venta”, me dicen que dijo, desde un helicóptero, un especulador. Y lo creo. Pero algo debe hacerse. Mallorca no puede convertirse en pasto de especuladores, como si se tratara de un cadáver putrefacto al que acuden los buitres.

Para que un lugar sea incluido en el Patrimonio de la Humanidad, debe tener un valor universal y debe satisfacer, al menos, uno de los criterios de selección, que son diez. Uno de ellos es “aportar un testimonio único o al menos excepcional de una tradición cultural o de una civilización existente o ya desaparecida”. Otro dice “el ofrecer un ejemplo eminente de un tipo de edificio, conjunto arquitectónico o tecnológico o paisaje, que ilustre una etapa significativa de la historia humana”. Y aún rescataremos un tercero: “Ser un ejemplo eminente de una tradición de asentamiento humano, utilización del mar o de la tierra, que sea representativa de una cultura (o culturas), o de la interacción humana con el medio ambiente, especialmente cuando este se vuelva vulnerable frente al impacto de cambios irreversibles”.

Los tres se dan en la isla, por ejemplo, en su cultura talaiótica. Las cuevas prehistóricas usadas como viviendas de Son Comellas y Son Company, el poblado taialótico de Son Fornés, en Montuïri. El Rafal (Santa Eugenia) con su tayalot. El yacimiento megalítico de los closos de cam Gaià (nueve navetas) y otras que me dejaré en el tintero, porque aún no las conozco.
¿Podría aportar la monarquía mallorquina y sus monumentos un testimonio excepcional, o un conjunto arquitectónico? Fueron más de setenta años si contamos hasta la muerte de Jaume III, casi cien si nos referimos al fallecimiento de su hijo Jaume IV, pero si alargamos los años hasta que muere Isabel, quien se tituló siempre Regina Maioricorum, se cumplirían alrededor de ciento veintinueve, puesto que no se sabe con seguridad la fecha de su muerte.
Sin ánimo de alargarme, veamos las obras más importantes que Jaume II, Sanço y Jaume III dejaron, o ampliaron, o consolidaron, para la posteridad. La Seo de Palma, única catedral construida a la orilla del mar. El palacio del rey Sanç en Valldemossa, primero árabe, luego cartuja, más tarde universalmente famosa por sus no menos famosos inquilinos. Miramar, colegio para la enseñanza de las lenguas orientales, donde enseñó Raimon Llull. Los castells de Pollença, Alaró, Sineu, Capdepera, Bellver, La Almudaina… Y todo lo que ello conlleva: la ruta de Lluchmajor, las Leyes Palatinae…

Veamos otro requisito, y recordamos que con uno que se cumpla se puede pedir la inclusión en Patrimonio de la Humanidad. “La interacción entre el hombre y el medio ambiente es reconocido como paisaje cultural”. Pues bien, habrá un inventario de los antiguos molinos de viento en la isla de Mallorca, con la misma función que los que actualmente están muy de moda, por fortuna, para proporcionar energías alternativas. Ignoro el total de ellos, pero sé que sólo en Porreres hay cuarenta.

No sé, o prefiero no saber, porqué motivo Mallorca no es ya Patrimonio de la Humanidad. He repasado la lista de aquello que sí lo es, y la isla se lo merece como el que más. No hablemos de lo que a veces se propone. Aunque a me gustaría que todo lo fuera, de esa forma evitaríamos todas las barbaridades que se están cometiendo.

Mallorca, Patrimonio de la Humanidad, YA.

miércoles, febrero 14, 2007

Viaje a Andorra

Confieso que nunca había viajado a Andorra, aunque sí, y varias veces, a los Pirineos, sobre todo a la parte de Lérida. Tenía prejuicios y eso, para todo en la vida, es muy malo. Pero cuando mis hijos me propusieron hacer un viaje en familia, el pasado fin de semana, acepté encantada, más por la posibilidad de viajar con los nietos, que de visitar Andorra.
El apartamento alquilado en Soldeu ya ofrecía posibilidades, por el entorno. Enseguida me informé del nombre del río que se abría paso entre la nieve, d’Orient, luego Valira y algo más abajo, bien alimentado de arroyos y arroyuelos, convertido en Gran Valira. Eso me dijeron, como también que muy cerca del precioso apartamento abuhardillado, tenían casa dos deportistas andorranos, aunque vayan por la vida de catalanes o españoles.

Mientras hijos y nietos se dedicaban a esquiar primero y a relajarse después en un balneario muy de moda, yo, cotilla impenitente, recorrí parte de tres parroquias, Encamp, Escaldes-Engordany y Andorra la Vella, sin saber donde acaban unas y comienzan las otras. Al principio sólo veía tiendas y más tiendas, con precios muy asequibles, por lo del IVA, me dijeron, que en Andorra no lo pagan. También me sentí gratamente sorprendida por las estatuas que lucen por doquier, aunque la más entrañable es la de una joven haciendo puntes a coixí.
Pero quería encontrar algo que no fueran tiendas, ni rutas naturales, un detalle al menos que me enseñara algo peculiar del único estado de los Pirineos, de la época en que perteneció a la noble familia Foix, o a los Castellbó, o a los Caboet. Quizá una señal de dónde se escondían los cátaros que huían de la Cruzada.

Y encontré unas iglesias pequeñas, prerrománica una, románicas las otras, sobre pequeños oteros conservados entre la maraña de carreteras, caminos y senderos, en la pequeñez del valle, unos templos pirenaicos, como los de las comarcas que circundan a Andorra, recogidos, tímidos, ofreciendo a algunos visitantes que acuden allí buscando algo más que tabaco y licores, una imagen medieval, histórica y sencilla. También encontré dos puentes muy viejos y bien conservados.
Lo demás lo imaginé, eliminé de las laderas de las montañas las modernas edificaciones –adecuadas al entorno, techadas de pizarras-, las grúas, las calles llenas de escaparates, y vi unos valles impresionantes repletos de rebaños trashumantes pastando en los prados de verano, o marchando a los de invierno, llevando con ellos los secretos de la herejía cátara. Vi a los pastores parando en esas pequeñas iglesias de esbeltos campanarios.
Y vi, ya de vuelta, por la Cerdanya (uno de los últimos reductos de la protagonista de mi última novela “Nos, Ysabillis, Regina Mayoricorum”), a Isabel, triste, volviendo de Soria, donde había dejado a su hermano, el rey, enterrado en el monasterio de San Francisco, dirigiéndose, rozando tierras andorranas, a las de su pariente y amigo, en conde de Foix.
Antes, nos esperaba un feliz yantar familiar en un restaurante que recomiendo vivamente, El Refugi Alpí, en Andorra la Vella. Un alarde de exquisiteces, quesos, gratinados, carnes, frutas con chocolate, y un largo etcétera, con una relación calidad-precio que pensaba ya olvidado.

Una ciudad muy ecológica

Todo esto que ves aquí, hijo mío, estuvo a punto de ser un día, hace ya cincuenta años, una “ciudad muy ecológica y muy medioambiental”. Le decía un padre a su hijo de apenas diez años. Apremiado por el chico, el hombre fue explicando la historia del paraje, un lugar que mostraba gran variedad y riqueza de yacimientos arqueológicos.
A principio del siglo XXI, unos políticos –esa especie que ya está erradicada de la faz de la tierra- dieron en tratar de especular con el paraje que nos rodea, en vista de que ya no quedaba ni un palmo en la vieja ciudad de Soria y alrededores con el que urdir tejemanejes. Con el señuelo del medioambiente, se trataba de recalificar terrenos de nobilísima propiedad –los nobles tampoco existen ya, hijo mío- y de otros nuevos ricos que les bailaban el aire a los primeros.
Algunos habitantes de Soria se quedaron perplejos ante la engañifa, porque en sus entendederas de proletarios, agricultores y ganaderos, entendían que eso del medioambiente consistía más bien en “no hacer” que en recalificar y construir. O sea, que la naturaleza es sabia y sabe cómo mantenerse y regenerarse si nadie le toca las raíces ni los gallarones. Sabían también que en esa “ciudad del medioambiente” no iban a construir naves para el ganado, parideras ni, mucho menos, viviendas sociales.
Así que rozando el monte sagrado de Valonsadero, rascando las márgenes del gran río Duero, a la vista cercana de la ciudad de los numantinos (para algunos un nemeton, un lugar sagrado), comenzaron las obras de excavación según proyecto que rozaba la ilegalidad (si no la infringía directamente), con el apoyo, bendiciones y subvenciones de los distintos gobiernos azules que regían los destinos de la tierra de Soria.
Desde allá donde estuvieran, los miembros de la Asamblea de Notables que convocara Antonio Ruiz Vega en su novela “La Isla suspendida”, sin haber podido todavía sosegarse a causa de lo que sus ojos eternos veían, una vez vueltos a lo telúrico, decidieron tomar cartas en el asunto al grito de “Hasta aquí hemos llegado”. Lo que necesitaban lo tenían debajo de la tierra. Con rapidez se pusieron de acuerdo sobre los métodos a seguir, y en el espacio de tres meses, lo que debía ser una urbanización de lujo en unos terrenos recalificados, se convirtió en una pesadilla para los encargados de trabajar en ella, quienes, hay que decirlo rápidamente, no sufrieron ni un rasguño.
Los hechos comenzaron como la cosa más natural del mundo en una provincia como la soriana, es decir, saliendo a la superficie con un cierto toque de magia y a poco que se excavara, urnas funerarias del Hallstatt, guerreros numantinos adornados con torques, restos romanos de todo tipo incluida una calzada, sepulturas antropomorfas, vírgenes románicas y hasta columnas renacentistas, eso sí, con un cierto orden de aparición y a distancias prudentes
Inasequibles al desaliento los promotores y algo amoscados los trabajadores, iban cambiando la ubicación conservando lo aparecido, no de muy buena gana, pero cerca de las obras había un campamento de ecologistas, historiadores y otras gentes de mal vivir que no les quitaban ojo.
En vista de que no acababan de conseguir su propósito, la Asamblea de Notables tomó una decisión que no acabó de gustar a todos, pero que aceptaron como un mal menor. Se hicieron con todas las sustancias fumables posibles, y allá donde estaban abundaban, descendieron la cota de situación y, unos fumando directamente, otros mediante artilugios de lo más sofisticado, hicieron descender nubes y nubes de un humo que propició que los currantes visionaran desde los cazadores de pinturas esquemáticas danzando delante de hogueras, hasta un taurobolio, pasando por los elefantes de Aníbal.
Allí acabó la aventura. Aquello se convirtió en un lugar tan sagrado y tan intocable, que se ha mantenido así hasta nuestros días.

lunes, enero 22, 2007

Estamos acabando hasta con los buitres

Recuerdo un día de otoño con mi hermana Luisa, por una vereda de la Sierra de Alcarama, cerca de San Pedro Manrique, buscando un camino que nos llevara a El Vallejo. Íbamos en coche, una cabra ya por entonces destrozada, con la que nos habíamos recorrido la provincia recabando datos para nuestro Soria Pueblo a Pueblo.
En un momento y sin saber por dónde habían venido, nos encontramos rodeadas por un número incontable de buitres leonados, orondos y lustrosos, magníficos, que nos miraban con los ojos fijos, algunos desde el mismo capó, o sea, a centímetros del cristal delantero. Recorrimos con la mirada los árboles y arbustos, y todo eran buitres. Un auténtico espectáculo que no hemos vuelto a presenciar.
He de confesar que pasamos miedo, mucho, tanto, que poco a poco recorrimos la vereda marcha atrás sin perder de vista a los alados, unos tranquilos y otros inquietos, y sin decir palabra, mudas por el miedo y por la belleza de lo presenciado. Sabíamos que estas rapaces, que pueden llegar a pesar hasta nueve kilos, no atacan, pero eran muchos. Después nos dijeron que nos habíamos metido justo en el lugar donde los chacineros de la zona arrojaban los despojos, precisamente para alimentar a la colonia de buitres.
Recorriendo las tierras de Soria es fácil ver a estas rapaces poderosas volar en círculo, esperando que una presa acabe la vida para ellas comer la carroña y continuar así el ciclo perfecto de la vida.
Llegaron los hombres de finales del siglo XX y, algunos de ellos, sin ningún escrúpulo, dieron de comer a los herbívoros harinas fabricadas con cadáveres de otros animales, dando lugar a la enfermedad conocida como de “las vacas locas”. ¡Cómo no iban a volverse locas! Los hombres somos capaces de todo, hasta de acabar con nosotros mismos.
Los hombres decidieron que en los muladares no se depositaran más animales muertos, rompiendo así el ciclo de la vida animal, en el que el buitre es un importante eslabón de la cadena.
Ahora, los alados carroñeros comienzan a buscar animales vivos para su alimento. Con el tiempo, los buitres y otros de su especie, serán condenados a desaparecer porque se habrán convertido en una amenaza para el hombre. Pero es justamente al revés, el hombre es una auténtica amenaza para todos los animales, incluso para él mismo. ¿Cabe más incultura e insensatez?

Denuncias falsas por malos tratos -Esto se veía venir-

Hace poco más de un año entraron en funcionamiento los Juzgados de Violencia sobre la mujer e inmediatamente las denuncias por malos tratos se incrementaron en más de un cuarenta por ciento.
Pregunté a una amiga letrada, especializada en divorcios, o matrimonialista, las ventajas que podrían tener para las mujeres estos juzgados, y la respuesta fue, todas para obtener un divorcio ventajoso. El marido es detenido de inmediato, se verá en poder de una orden de alejamiento, tendrá que abandonar el domicilio conyugal y el banquillo de los acusados será el lugar desde donde se traten las condiciones del divorcio.
Me pareció bien. Pensé que todo bien nacido debe alegrarse de lo malo que le suceda a un maltratador. Pero a los pocos meses se comenzaron a escuchar voces que ponían en duda la veracidad de algunas denuncias. Por otro lado ¿quién no conoce o tiene amistad con hombres que se quejan amargamente de su situación tras el divorcio, de las falsedades de las denuncias? Yo misma conozco tres casos directos. Uno de ellos marcha a China, desesperado, el mes de marzo. Malvive como puede después de haber perdido la casa, los hijos, y encontrarse con la nómina embargada.
Una noche-madrugada de este mes de enero, Radio Nacional de España realizaba una entrevista a una mujer -¿letrada, juez?- y ésta decía que según un estudio hecho en Andalucía, casi el setenta por ciento de las denuncias por malos tratos son falsas, se hacen con el fin de quitarse de encima el hombre que molesta y obtener un divorcio rápido y ventajoso.
Es la condición humana, por lo visto. Este estudio sorprende a pocas personas, a mi no, desde luego. Pero lo que sí me dejó perpleja fue la respuesta de la entrevistada a la pregunta de la periodista
¿qué se hacen con estas denuncias? Se archivan.
O sea, no se persigue a la falsa denunciante de oficio. No se le hace pagar el perjuicio ocasionado a los funcionarios de Justicia y a toda la sociedad, el tiempo dedicado a ellas en detrimento de las verdaderamente maltratadas, de las que mueren.
Con ser éste un trastorno, creo que incluso delito, no es lo más grave de la situación. Ese hombre, al que la mujer denuncia falsamente, tiene hijos que, tal vez, influidos por una madre semejante, dudarán seriamente de la inocencia del padre. Ese hombre tendrá madre, hermanos, familia directa, que sufrirán lo indecible, tanto o más que el falsamente denunciado. Ese hombre vive en una sociedad que cada día ve con peores ojos los malos tratos –de verdad- infligidos a la mujer, puede incluso perder su trabajo, puede –y de hecho sucede- llevarle a la desesperación, convirtiéndole en un verdadero maltratador.
Ellas se van de rositas, con los hijos, la vivienda y buena parte de la nómina, la denuncia falsa se archiva, y aquí no ha pasado nada.
Desde aquí, reclamo que estas mujeres sean tratadas igual que los verdaderos maltratadores. Por respeto a las mujeres que mueren, o viven un calvario de sufrimiento y vejaciones.

domingo, enero 07, 2007

Casas por libros

La pasión por la Historia, además del conocimiento de los hechos anteriores, reporta otras alegrías al indagar en hechos supuestamente pequeños, según quien o quienes los interpreten.
El supuesto oscurantismo de la Edad Media, en especial de la Alta, ha sido rebatido por historiadores. El estudio parcial de historias concretas que, juntas, forman la Historia, ha dado resultados a veces sorprendentes. Ya sabemos que el jabón se fabricaba y se usaba, que algunas plazas y calles se alumbraban, en especial algunos días importantes, y todavía, en las puertas de algunos castillos o de entrada a las villas, se han conservado enrejados para colocar las antorchas.
Existían los relojes, los astrolabios, los Cresques habían hecho su Atlas, y las casas ricas compraban especies para cocinar. La anécdota del ajo como único condimento, fue cosa de Fernando de Aragón, ya en el siglo XVI. Los juglares estaban muy bien considerados y los instrumentos musicales abundaban, así como los bailes, alguno de los cuales ha llegado hasta nuestros días. La gente se bañaba en grupos mixtos, esto y otros hechos lo sabemos por los maestros canteros quienes, además de reflejar escenas de la vida, de la Biblia y de la naturaleza, gastaron bromas y tomaron el pelo a varias generaciones, lo que indica la libertad con la que trabajaban. Lástima que la Iglesia se encargara de cortar las alas a toda la humanidad. En fin, hasta los más pobres y desheredados danzaban por cuenta de los jurados o responsables de los gobiernos de las villas, en días señalados.
Sobre todo, por encima de todo, estaba el alto sentido del honor en los caballeros, nobles y soberanos. Cuesta entender los hechos de la Edad Media y eso es porque se analiza desde nuestra actual perspectiva, ya se sabe que al ser humano le cuesta mucho bajarse del pedestal y ponerse en el lugar del otro o en la época pertinente.
Todo esto viene a una pequeñísima historia, casi una anécdota, que acabo de leer en el riguroso estudio de Santiago Sobrequés, titulado Els Barons de Catalunya. Véase si no. A principio del siglo XI, el vizconde, después obispo de Barcelona, Guislabert, cambió unas propiedades suyas, que consistían en una casa en el Call y un terreno en la Magòria, por dos libros de Priscià. Consideraba que a unos alumnos suyos le iban a ser necesarios para el estudio de las Matemáticas.
Sin más comentarios, ni de los valores morales ni de los materiales.

La casa de la vida

Mi amigo es escritor, poeta, sobre todo pintor y, en general, artista. Tras pasar unos años en soleados países, tomando prestadas arrugas, gestos, lágrimas y formas, volvió a su tierra natal, en la provincia de Soria. Alquiló al poco tiempo lo que él creyó la casa de su vida, ciento sesenta metros cuadrados –dos pisos unidos- en un esquinazo, con sol por delante y por detrás y vistas a lo que fuera un hermoso jardín, convertido en decadente y romántico gracias a la ausencia de la mano humana.
Durante años tiró tabiques, cambió ventanas, bajó techos y remodeló servicios. Después lijó, pintó y encargó muebles a medida para su nutrida biblioteca. Más tarde decoró con hermosos cuadros salidos de sus manos, sábanas antiguas bordadas reconvertidas en cortinas y metal sobredorado con signos árabes.
Perfecto, el hogar era perfecto. Además, la casa sólo tenía otro piso, debajo del suyo, vacío para más gozo. Un día, la dueña del edificio le anunció que iba a alquilarlo, pero sólo una parte y a un hombre solo. Hombre solo que a la semana se había traído una compañera con niño de tres años. Pareja con niño que a los quince días había aumentado con dos niños más de similar edad. La situación era normal, podría decirse, pareja con tres niños de entre tres y cuatro años, niños que corrían por el pasillo, chutaban el balón, rompían las bombillas, se peleaban a gritos, sin cortapisa alguna, pero más o menos normal. Los fines de semana los habitantes del piso de abajo recibían a sus amigos (diez, ocho, catorce…), y de vez en cuando se quedaban a dormir. Normal también
Hasta que el escenario comenzó a cambiar también por las noches. Esos visitantes se hicieron asiduos a altas horas, escuchaban música a tope, palmeaban, bailaban, en fin, esas cosas que se hacen en las reuniones hasta las cuatro de la mañana. Pero mi amigo resistía, y resiste, pese a la última hazaña, viendo ya –eso sí- sus esfuerzos de años tirados por la borda.
Un día del largo puente de la Constitución, sobre las once de la mañana, hasta los oídos de mi amigo llegó un sonido como de soplete. El hecho no hubiera tenido más relevancia si no hubiera sido porque a la vez entraba por sus fosas nasales un olor desconocido, fuerte, que se iba convirtiendo en nauseabundo. Investigando, investigando, se acercó a la terraza que da al jardín decimonónico y allí, a dos metros de sus ojos, un grupo de hombres se hallaban ¡chumascando un enorme jabalí! El resto del día transcurrió entre terribles golpes de hacha que troceaban al fibroso puercoespín.
A partir de ese día, los inquilinos del piso de abajo decidieron que ese era un buen lugar, no sólo para churrascar y descuartizar jabalíes, si no también para hacer un corralito con distintas aves, y allí están, picoteando, haciendo sus necesidades, cacareando y sirviendo de proteínas, como si se hallaran en una granja en mitad del campo.

viernes, diciembre 08, 2006

El "ladrillo" subvencionado

Diari de Tarragona, dissabte 2 desembre 2006, de EFE, recoge: Naciones Unidas alertó sobre la “especulación urbanística desenfrenada” del mercado de la vivienda en España, y considera que el Gobierno debería modificar el sistema de deducciones fiscales a la compra de inmuebles porque, en su opinión, se “está subvencionando a los promotores con dinero público”, según explicó ayer el relator de la ONU para vivienda, Miloon Kothari.
Hace muchos años que algunos contribuyentes se quedan pasmados, sobre todo si no están acostumbrados a pasar por el ordenador PADRE (creo que se llama), cuando la funcionaria pregunta ¿Propiedades? Ninguna. ¿No tiene usted hipotecas? Con voz de asombro. Pues no, vivo de alquiler y sólo puedo declarar el sueldo (mínimo casi siempre) por ver si me devuelven parte del IRPF deducido. La funcionaria (casi siempre son mujeres) resuelve, por mediación del PADRE, que la declaración sale a pagar.
Claro, se trata de un pringao que vive de alquiler, porque de tener dos pisos con hipotecas, más un apartamento en Salou con hipoteca también, le hubiera salido a devolver un auténtico pastón. Y el inquilino mileurista, con un hijo o más, sin dinero (ni negro ni blanco) para pagar la entrada de un piso, ni posibilidades de que nadie le avale ni, por supuesto, de poder hacer frente al recibo mensual de la hipoteca, se le queda cara de gilipollas y piensa, con razón, que en este caso, también, las leyes están hechas para los ricos.
¿Es posible que con tantos años como ha gobernado España un partido Socialista Obrero, se siga subvencionando a los ricos con el dinero público? Claro, piensa el mileurista, cayendo por fin de la higuera, se subvenciona al que compra, pero los más beneficiados son los promotores.

Fichar a un adolescente

Si a un chavalillo le detienen por estar pintado grafittis en una pared, la culpa no la tienen el o los policías, desde luego, la tienen los encargados de hacer las leyes. Si a una prostituta le hacen pasar la noche en Comisaría por estar ejerciendo el único oficio para el que no le piden papeles, de nuevo los culpables no serán los encargados de hacer cumplir una ley que han parido los responsables de ello. Si a un muchacho de diecisiete años le detienen por estar repartiendo con otros dos muchachos de más o menos la misma edad, las plantas de marihuana que han cultivado en una maceta –grande, pero maceta- la culpa la tienen, de nuevo, los encargados de hacer leyes. Así podríamos continuar durante horas, diciendo también que por muy fieras que fueran los grises, les mandaba el ministro de turno, afín al jefe, o sea, Franco. Otro debate sería quien o quienes se vestían de gris existiendo otros trabajos.
O sea, que los señores diputados hacen las leyes y los agentes del orden se encargan de que se cumplan. Esta es de esas preguntas que aparecen en los exámenes para cubrir plazas de freganchines en los lugares públicos. De ello se deduce que los encargados de hacer las leyes son unos ineptos, unos vagos, unos antiguos y cada cual que siga aplicando los adjetivos que les parezca. Lo más grave de todo es el pastón que cuestan a todos los españoles. Con esos sueldos que cobran y esas prebendas de que gozan, podrían estar al día y saber qué pide, qué necesita y qué quiere la ciudadanía, pero toda, cada grupo, no sólo lo que les interesa a la gente de su clase social.
La mayoría, y digo la mayoría, de la gente joven y no tan joven, quiere que se legalice la marihuana, y lo quiere, y lo ha demandado, desde hace ya muchos años. Este hecho evitaría el tráfico del hachís, el que se adulterara y se enriquecieran unos pocos a costa de muchos, dejaría hueco en las cárceles para los corruptos del ladrillo, por ejemplo. Y evitaría el que a muchachos de diecisiete años se les fichara de por vida (fotos de perfil, de frente y huellas) con el sofocón, el disgusto y la lacra social que en lugares pequeños conlleva ese hecho. ¡Cómo si no hubiera delincuentes sueltos! Otro ejemplo, los que no pagan la pensión a sus hijos.
Discutir aquí y ahora los beneficios de la marihuana no procede, ya lo han hecho mentes preclaras. A mí, cuando me diagnosticaron un glaucoma, tres médicos, extraoficialmente, me aconsejaron que la fumara, y el glaucoma desapareció, sin que por ello me acostumbrara a la maría y me haya convertido en drogadicta.
A ver si de una vez podemos tener unas leyes para la sociedad y no una sociedad para las leyes.

sábado, diciembre 02, 2006

El golf y su simpleza

Hace unos días escuché a Iñaki Gabilondo informar sobre la existencia de trescientos campos de golf y el proyecto de poner en servicio cuatrocientos cincuenta más. Es decir, que la existencia de campo de golf en una urbanización es un valor añadido a la hora de emplear el dinero –ya sea negro, ya de color, o blanco- en la cosa del ladrillo.
Estamos inmersos en la cultura del ocio –no sé de dónde saca la gente el dinero- y las personas distinguidas deben pensar que eso de tratar de meter la pelotita en un hoyo queda de lo más, de lo más. A mi me importaría poco la forma en que se divierte la ciudadanía, pero resulta que los campos de golf necesitan una enorme cantidad de agua y que se construyen al Sur y en Levante, donde el sol broncea más las pieles, o sea, donde el agua escasea, a veces de forma alarmante.
El agua es un bien indispensable y, por tanto, el abundante gasto en caprichos como los campos de golf debería estar, directamente, prohibido y considerarse como delito ecológico, sobre todo en el Este y el Sur.
El golf es lo que los pastores de toda la vida llaman la gurria. Pues que jueguen a la gurria como lo hacían los pastores, en el monte, entre las matas, los arbustos, los árboles. Si no quieren pintar círculos que hagan agujeros, si no les gustan las cayatas, que se encarguen buenos palos o como se llame la herramienta con la que intentan meter en el hoyo, y las pelotas no es necesario que las hagan con madera de brezo, pero que dejen el agua para menesteres necesarios, por favor.